Me quedo con OT

Los retratos sociales son así. La gala de los Goya, en comodón sábado noche de temporal en toda la península, tuvo la peor audiencia del último decenio. La final de Operación Triunfo, en jodidísima madrugada de lunes a martes —la victoria de Amaia Romero se certificó a la 1.39—, batió su récord de espectadores, casi cuatro millones. De la repercusión en redes sociales y de la diferencia del tono de los mensajes, crítico hasta lo cáustico en el reparto de premios del cine y entusiasta sin matices en el concurso musical, mejor no hablamos.

Y no saben cómo me alegro. Sí, yo, que hasta horas después del momento de autos apenas había visto de refilón a la recién encumbrada supernova navarra, y sigo desconociendo el aspecto que tiene el tal Alfred y no digamos el resto de los participantes de la cosa. Por no mentar que, con mi dureza de tímpano, las canciones versionadas me suenan a aquellas cintas de gasolinera ejecutadas por meritorios que no tenían derecho ni a nombre en la carátula diseñada para que picasen los incautos.

Pero me da igual. Por ajeno que me resulte el fenómeno, celebro el sano júbilo de sus variopintos seguidores, lo mismo milenials con los dientes aún de leche que cuarentones y cincuentones sin complejos. Y festejo más si cabe el crujir de dientes de los campeones mundiales de la superioridad moral, venga y dale con la murga de la malvada industria musical que en lo sucesivo esclavizará a la inocente víctima de Mendillorri. Cuánto intenso, y yo qué viejo para tomarme en serio los secuestros de las buenas causas a la mayor gloria del ego y el caché de reivindicarores profesionales.

Lo que va de Bollain a De la Iglesia

Hace como siete u ocho años, después de aplazar media docena de veces una entrevista que iba a ser de alfombra roja, un agente de prensa de Iciar Bollain me mandó, literalmente, a la mierda. Aquel tipo -llamado Alberto, creo recordar- me dijo que no había nada que explicar sobre las cancelaciones en el ultimísimo momento y que era mi problema si me había tenido que vestir tantas veces de lagarterana para llenar el cuarto de hora provocado por su ausencia. Antes del exabrupto final, me recordó que su representada tenía el derecho a no descolgar el teléfono si no le apetecía, aunque se hubiera comprometido a hacerlo. En ese mismo instante dejé de creer en el buen rollito que espolvoreaba la directora en sus películas y en sus declaraciones. Otra decepción más para el coleto. Una de las cosas malas de mi oficio es tener la posibilidad de acercarse un paso más que el común de los mortales a las personas que se admira.

Bronca a De la Iglesia

Me ha vuelto a la cabeza la anécdota al leer el rapapolvo público que Bollain se ha permitido echarle a Álex de la Iglesia por haber cometido el tremendo delito de escuchar a los que están al otro lado de la acera en el fárrago de la Ley Sinde. “Ha abierto una crisis innecesaria y muy dañina en el seno de la Academia”, acusaba al bilbaino, y añadía: “Estábamos a punto de hacer una gala muy bonita, todos metidos de lleno en los Goya, y de repente, este lío enorme”. Ajustado autorretrato de la cineasta comprometida. Todo lo que le preocupaba de este asunto en el que tanto y tan importante hay en juego -el futuro de la relación entre creadores y disfrutadores de su trabajo- era que el sarao, esa función de fin de curso que de mayor quiere parecerse a la entrega de los Oscar, quedase lucido y resultón. Pues fale, que diría un personaje de Forges.

Bendita crisis, si es que es verdad, la que De la Iglesia ha podido provocar con su valiente paso al frente en una institución que lleva apestando a naftalina desde su nacimiento. Es muy curioso que muchísimos de los que quieren contarnos la realidad desde las pantallas vivan en una burbuja que se han hecho a medida. No caeré en la cantinela facilona de llamarlos “faranduleros de la ceja”, pero debo reconocer que ayer me ruboricé al comprobar que coincidía casi letra por letra con lo que había escrito Alfonso Ussía -¡sí, él!- sobre el suntuoso lugar elegido por Penélope Cruz y Javier Bardem para el nacimiento de su hijo. Cuesta aceptar lecciones de ética de quienes se pueden pulir cien mil dólares tan alegremente.