Lo que preocupa

La respuesta está en el último CIS. Y no, por supuesto que no me refiero a la parte de tiovivo electoral, con subeybajas cocinados al gusto del encuestador, o sea, de quien controla el gabinete demoscópico presuntamente público. ¿El ascenso estratosférico de Ciudadanos? Meno lobos. Invito a quien tenga humor y tiempo a comprobar cuántas veces el CIS —o cualquier otro barómetro— ha acertado con los naranjitos, da igual prediciendo que se salen del mapa o que se hostian. Ya se lo digo yo: las mismas que en los sorpassos de Podemos al PSOE, es decir, cero.

Por eso digo que no es en esa parte entretenida para las tertulias o los onanismos mentales donde debemos fijarnos. Me parece mucho más relevante el capítulo de lo que la población percibe como principales problemas. Ahí comprobamos ya que inmediatamente después del comodín del paro se ha situado lo que en el cuestionario aparece como “La independencia de Catalunya”. Aparte de que el enunciado da para una tesis —¿Se da por hecho que ya se ha consumado, quizá?—, nos encontramos ante una perfecta y perversa mezcla de causa y consecuencia. Es lo que explica y al tiempo justifica la actuación del Gobierno español.

Haber conseguido que la preocupación tape las otras, empezando por la corrupción, es el primer triunfo. El segundo, más jugoso si cabe, es que esa inquietud de los ciudadanos es traducible en comprensión hacia las medidas más contundentes que se tomen contra los que son identificados como causantes del quebradero de cabeza. ¿Intervención del autogobierno? ¿Cárcel? ¿Huida? Lo que sea, con tal de acabar con lo que quita el sueño a los españoles.

¿Qué nos preocupa?

Del inútil romper de olas del último pleno de política general en el parlamento vasco, sólo ha quedado la espuma del conejo penitenciario que sacó de la chistera Patxi López. Habrá que reconocer esta vez a sus discursistas la maña para convertir en noticia, trending topic y materia para el blablablá lo que no es más que una voluta de humo. Primero: lo del cumplimiento de las penas en el lugar de arraigo de los penados está desde hace un rato en la legislación; otra cosa es que no se cumpla. Segundo: como se ha recordado profusamente, la cámara de Gasteiz ya pidió hace catorce años esa obviedad. Tercero y fundamental: ni López, ni el Gobierno en funciones de Madrid que dice avalarlo, ni mucho menos un candidato que va a palmar tienen la menor posibilidad de llevar a la práctica la cuestión.

Ahí se debería haber terminado la vaina, pero como se trataba de un charco facilón, nadie ha resistido la tentación de revolcarse. Objetivo cumplido: el resto de lo que se dijo en el maratón parlamentario se fue por el desagüe, empezando por las cosas de comer, es decir, las que tienen que ver con la economía. Lo de la preocupación por la crisis empieza a oler a pose y a conversación de ascensor. Qué mal estamos, esto se hunde cualquier día, dónde iremos a parar, uy, perdón, que este es mi piso, me bajo aquí, hasta mañana.

¿Por qué esa parte, la de la pasta, que ocupó varios turnos de palabra (aunque fueran, en general, vacíos), no llegó a los titulares gordos ni a los editoriales? En la respuesta —yo no la sé, lo confieso— está la explicación de cómo nos luce el pelo o, peor, de cómo nos lucirá cuando la cosa se ponga todavía más jodida. En todo caso, es muy sintomático que cada vez que tenemos una oportunidad de mirar de frente al toro, encontremos una excusa para no hacerlo. Y aun es más revelador que esa excusa nos la proporcione quien, por lo menos nominalmente, gobierna este país.