Participación inútil

Se pregunta uno a santo de qué se vendrán tan arriba algunos partidos con la milonga de la participación, si a la hora de la verdad, de lo que tiran es del dedazo de toda la vida. ¿Cuántas primarias (supuestamente) abiertas de par en par están acabando estos días en el vertedero de las buenas intenciones? Se pierde la cuenta. En IU de Madrid, la candidata escogida por militantes y simpatizantes tiene que montarse un partido porque la dirección no deja de hacerle la trece-catorce. También en la villa, corte y comunidad, pero en el PSOE, la cúpula se cepilla sumarísimamente a Tomás Gómez, el tipo que había recibido el respaldo de las bases. En el PSE alavés, a la aspirante a la alcaldía de la capital, que además era la única que había optado a ello, no le queda otra que tirar la toalla porque la ejecutiva pretende calzarle en la lista a dos menganos que no entraban en sus planes.

Si bien el PP no le echa tanta literatura a lo de la democracia interna a gogó, cabe añadir a los casos que enumero el de su candidatura a la alcaldía de Donostia. Como es bien sabido, la que escogió la directiva de Gipuzkoa fue laminada y sustituida por una más conveniente desde el despacho de Arantza Quiroga. Tirando no sé si de cinismo o de honestidad brutal, un miembro de la formación gaviotil con el que comentaba el episodio me situó en la que podría ser la clave correcta. En su experimentada opinión, un partido debe funcionar de acuerdo con el principio de máxima eficacia. Eso implica organigrama claro y verticalidad. Si no se actúa así, me decía, el remedio es peor que la enfermedad. A la vista parece que está.

Leyes no escritas

A su edad, con su currículum, su carácter y su patrimonio, Mario Fernández es uno de los pocos seres humanos de nuestro entorno que pueden permitirse el lujo de no andar midiendo las palabras. O de conducirse con una sinceridad que, rozando la soberbia en algunos casos —Kutxabank c’est moi —, resulta singular cuando lo que se lleva alrededor son los sobreentendidos, los eufemismos, las miradas hacia otro lado y, como muchísimo, las medias verdades. Quizá hubo un tiempo en el que el expresidente de la-entidad-más-solvente-de-españa tuvo que vestirse de lagarterana, pero parece que ya no está por la labor. Y la prueba es la torrencial nota que hizo pública el viernes, coincidiendo con su declaración ante la fiscalía del País Vasco por el caso (más bien casillo) de los 243.000 euros perdidos y hallados en el templo.

Sin pelos en la pluma, Fernández deja negro sobre blanco que quien le pidió el favor de buscarle una canonjía remunerada a Mikel Cabieces fue “un líder del PP”. Bonito ¡zasca! para la sustituta del aludido aunque no nombrado, Arantza Quiroga, que días atrás había bocabuzoneado que el marrón era obra del binomio PNV-PSE. Anotado el enésimo ridículo de la irundarra, no perdamos de vista el meollo, que está en la justificación de los hechos que, como si tal cosa, deja caer el veterano banquero. La colocación de cesantes obedece a “una ‘ley no escrita’ que ha funcionado con todos los gobiernos y todos los partidos durante los últimos 30 años”. Si bien se refiere a cargos relacionados con la lucha anti-ETA, no recuerdo una explicación tan clara del funcionamiento de las puertas giratorias.

Cambios y recambios

He renovado el carné las veces suficientes como para recordar con nitidez los carteles con el careto de un joven Felipe González mirando al horizonte con arrobo sobre el lema “Por el cambio”. Tampoco he olvidado lo pronto que quedó claro que aquello no fue otra cosa que —nótese el matiz semántico— un cambiazo de tomo y lomo. Más talludito y con el concepto de decepción aprendido y hasta aprehendido, como gustaba decir a los pedagogos progres de mi época, he ido asistiendo a un sinfín de anuncios que llevaban como reclamo la magnética y resultona palabreja. El penúltimo que me viene a la memoria sin esfuerzo alguno, porque fue anteayer como quien dice y todavía padecemos no pocos de sus efectos, es el “gobierno del cambio” que trapisondaron PSE y PP en la demarcación autonómica de Vasconia. Y aún habría de llegar el mismísimo Mariano Rajoy, hace tres años, dos meses y nueve días a arramplar su (letal) mayoría absoluta a lomos de la divisa “Súmate al cambio”.

Aplicando la filosofía de las tapas del yogur —“Siga jugando; hay muchos premios”—, Podemos, ha proclamado 2015 como el año del cambio de verdad de la buena. Decenas de miles de personas, una inmensa multitud sin matices, participaron ayer en Madrid en lo que en la terminología clásica se denomina “una jornada festivo-reivindicativa”, quizá más lo primero que lo segundo, bajo la consigna “Empieza el cambio”.

Son de sobra conocidos mis recelos hacia la indiscutible formación emergente y también mi escepticismo congénito. Pues fíjense que aun así, tengo el pálpito de que esta vez sí cambiarán media docena de cosas, y no necesariamente para mal.

Fracking, no y punto

Para desmemoriados: la primera noticia sobre algo llamado fracking que tuvimos la mayoría de los mortales de la Comunidad Autónoma llegó de la mano del entonces lehendakari, Patxi López. No es difícil datar el momento, pues fue durante aquel fastuoso viaje a Estados Unidos que coincidió, mecachis la porra, con el comunicado del fin de las acciones armadas de ETA. Dos días antes de la patética foto del tren, los servicios de prensa difundieron otras instantáneas que provocaron risas a este lado del Atlántico. En ellas aparecía el ingeniero López con un casco azul de currela y gafas de sol de espejo durante la visita a un secarral de Dallas donde no sé qué multinacional obraba el milagro de la conversión de piedras en gas. En la nota que acompañaba el reportaje gráfico, el amanuense de turno nos anunciaba, con toque de pífanos, la inminente autosuficiencia energética de la Vasconia autonómica, pues a ojo de buen cubero se calculaba que en la llanada alavesa había gas natural para aburrir. Solo era cuestión de ordeñar las rocas con un método prodigioso denominado fractura hidráulica o en el inglés obligatorio, fracking.

Fue cosa de días que descubriéramos el trozo que nos habían ocultado: el procedimiento en cuestión acarreaba brutales consecuencias para el entorno. No de esas jeremiadas apocalípticas de ecologista de pitiminí, no; desastres perfectamente documentados. Pareció zanjado el asunto. Salvo los proponentes —PSE y PP—, nadie daba la impresión de estar dispuesto a jugar a la ruleta rusa energética. Me causa asombro que hoy, aún con más datos, el fracking no esté totalmente descartado.

La toalla de Patxi

Los titulares hacen bis con cambio de nombre. En menos de 24 horas, donde ponía Alfredo puso Roberto, y un periquete después, Patxi. Pero cuidado con los tiempos verbales. El no muy original “López tira la tolla” debería ser “López tirará la toalla”. Lo anoto porque de aquí a septiembre queda un rato largo y pueden pasar muchas cosas —entre otras, el congreso de la nave nodriza—, pero también porque guardo en la memoria ciertas promesas del protagonista que no se cumplieron. ¿O ustedes no se acuerdan de aquel compromiso solemne de no pactar con el PP que fue roto unas semanas después de haberse formulado? [El coro de voces replica: “¡Como para olvidarse…!”]

Y si van más allá en el calendario, se encontrarán al mismo personaje, nombrado entonces como “el hijo de Lalo”, ebrio de felicidad (por ahí debe de andar el audio), proclamando en un mitin de las autonómicas de 2001 su adhesión inquebrantable a su líder, Redondo Terreros, todavía con el traje arrugado del abrazo de tornillo con Mayor Oreja en el Kursaal. Fue cosa de meses que lo apuñalara como Bruto a Julio César y se quedara con su puesto, tras birlar también un puñado de ideas vasquistas a Odón y Gemma. En efecto, la mano que mecía la cuna era la de un tal Rodolfo, mientras el de las cosas de Jesús observaba entre las sombras.

Si será curiosa la política, que de aquella turbia maniobra surgió el mejor PSE que se haya visto. Se arrancó la caspa terrerista, subió a Loiola, pisó el banquillo por jugársela por la paz y dio la sensación de alternativa firme y creíble. Fue apenas ayer. Quizá la cacareada renovación esté en una moviola.

Alborotar el cementerio

Era previsible que sería así y hasta comprendo los motivos, pero me resulta un tanto infantil que PNV y EH Bildu anden declarándose vencedores de las elecciones europeas según veamos la estampa a siete, a cuatro o a tres territorios. Aparte de que en cualquiera de los casos, la distancia es de un puñado de votos, espero que tengamos la suficiente madurez política para entender que estos comicios no son los más adecuados para meterse a la medición de hegemonías. Basta comparar los resultados de una y otra formación con los que cosecharon en las últimas autonómicas, municipales o forales para ver que no salen las cuentas. A ambas se les han quedado unas miles de papeletas en casa, muchísimas menos —eso también es cierto— que a PSE y PP, cuyo batacazo no admite ni medio matiz.

Por ahí justamente empezaría mi lectura en positivo de lo que ocurrió el domingo. Además del mordisco en la ingle al bipartidismo en el conjunto del Estado, en nuestro trocito del mapa, siempre con mayor biodiversidad, las urnas les han sido favorables a las fuerzas que apuestan por el derecho a decidir. Pero como eso puede sonar un tanto abstracto, personalizaré: en ese mastodonte amodorrado que es el Parlamento europeo habrá de saque dos escaños cuyos ocupantes no van con espíritu de balneario. Izaskun Bilbao lo ha demostrado en los cinco años precedentes y no tengo la menor duda de que Josu Juaristi actuará con similar brío y entrega. Me alegra intuir que no serán los únicos. Entre un puñado de los recién electos de otras siglas se perciben unas sanísimas ganas de alborotar el cementerio de elefantes. Buena falta hace.

¿Frentes? ¿Qué frentes?

Para prolongar el gustirrinín provocado por las fotos del Carlton y de las calles de Bilbao a reventar, nada mejor que la quejumbre ramplona de los que andan con tembleque de piernas. No me refiero a la talibanada ultradiestra —Marhuendas, Federicos, Abascales—, cuyos regüeldos están amortizados, amén de resultar divertidos por lo patético, sino a los de un poco más acá en la gradación ideológica. Hablo de congregantes de una derecha que se pretende templada, del centro sedicente (e inexistente) y hasta de esa izquierda que tal vez lo fue pero hace tiempo que no lo es. En un alarde de brillantez intelectual, es decir, de toda la que son capaces de reunir tipos y tipas que no pasan de destripaterrones de la política, andan anunciando el nuevo apocalipsis del frentismo.

¿Frentismo? Las pelotas, treinta y tres. Los últimos episodios de esa peste que nos tocó padecer, les recuerdo, fueron el interminable trienio sociopopular en la demarcación autonómica y el aun más extenso periodo del binomio UPN-PSN en la foral. Está bastante demostrado que los que verdaderamente se pirran por las santas alianzas hasta el punto de no tener más programa que promoverlas son los que enarbolan la rojigualda en una mano y la Constitución en la otra. De hecho, la inmensísima suerte que tienen es que, especialmente en la CAV, al otro lado no hay un frente sino dos fuerzas (un partido y una coalición) que pugnan por la hegemonía. El día que cambie eso, que me temo que va para bastante largo, las plañideras tendrán motivo para llorar en serio… mientras otros sonrían.

Así que menos lobos, y menos agitar espantajos. Todo lo que ha ocurrido en las últimas horas es que la estupidez supina al tiempo que perversa —tanto monta— del aparataje del Estado español consiguió el prodigio de unir a ambas formaciones para exigir en la calle algo que ni siquiera tiene que ver con ser o dejar de ser abertzale: el respeto.