¡Campaña y se acabó!

Al final, tampoco ha sido para tanto. La campaña que se acaba hoy, digo. Estaba el miedo a la contaminación del pifostio español, y la cosa se ha quedado en casi nada. Cierto, no porque no lo hayan intentado los recalcitrantes visitantes de las cuatro franquicias españolas. Para nota, de hecho, el intento a la desesperada de Pedro Sánchez, en fase regresiva a Ken y copiando el tono no se sabe si a Félix Rodríguez de la Fuente o a DJ Pablo, postulándose desde Portugalete como alternativa al que le suda el yameentienden que haya o no terceras elecciones. Y aun así, poco parece que va a rascar entre nosotros, más allá de unos titulares de aluvión y unos blablablás de los todólogos de guardia. Que le aproveche.

Por lo demás, y quizá habla por mi una suerte extraña de síndrome de Estocolmo, no ha faltado entretenimiento a esta quincena de veda abierta para la caza del votante. Las gildas como mejor oferta, el euskera convertido en asustabobos, el desempoderamiento más descaradamente empoderado (o viceversa), los desahucios trucados para el selfi de rigor,  y la letanía falsaria que asegura que lo que importa es la economía. Queda todo eso como tachuelas coloreadas de las que empezaremos a olvidarnos en medio rato.

Venga, va, y también el momentazo del debate, ese silencio torpón que se tornó en Pili, levántate y anda. Pena que no tuviéramos ocasión de asistir a la recíproca porque hay cosas que todavía no se pueden decir. Y como argamasa para dar sentido a todo, esas encuestas que han sonado a peligroso canto de sirenas para la fuerza señalada obstinadamente como vencedora de largo. Cualquiera se fía.

Desembarco de mandarines

Tienen que estar las franquicias vascongadas de los partidos españoles como los chorros del oro. Me imagino a los dóciles (¡y sufridos!) militantes locales bayeta y fregona en ristre, comandados por los dirigentes tocados con una cofia, dejando los suelos, las paredes y el mobiliario en perfecto estado de revista para la visita de los respectivos señoritos madrileños. Mejor dicho, para las visitas, en plural amplificado, porque a lo largo de esta campaña, ya jodida de llevar de por sí, se va a batir el récord interestelar de desembarcos de mandarines y segundos, terceros o cuartos de a bordo. En muchos de los casos, además, con contumaz reincidencia.

¿Y a qué vienen estos émulos de aquel célebre maestro Ciruela que, sin saber leer, puso escuela? Francamente, a mi también me encantaría saberlo, porque mi nariz y mi estómago de votante de a pie me dicen que, en el momento actual, el mayor favor que podían hacer los caudillos centrales a sus agencias regionales es abstenerse de poner el pie por estos pagos. Desde luego, cualquiera que decida su sufragio tras una migaja de reflexión puede caer en la cuenta del soberano despelote que es escuchar las pontificaciones ex cathedra de unos tipos que llevan casi un año demostrando su letal mezcla de ineptitud y vileza.

Sorprende y cabrea, por lo demás, la permisividad, casi sumisión canina, de los que ejercen de anfitriones ante las muestras de osada ignorancia y/o directamente groseros insultos que acostumbran a gastar sus invitados para con los naturales del lugar de su turisteo. La hospitalidad bien entendida no debería estar reñida con un mínimo respeto

El PSE, a lo Donald Trump

Venga, va, la perra gorda para el PSE. Quería atención y la está teniendo. Ha conseguido, efectivamente, que corran ríos de tinta y saliva. ¿Por sus propuestas constructivas? ¿Por sus interesantes aportaciones? Más bien no. La sucursal regional de Ferraz debe su cuarto de hora de fama a un vídeo pochanglero, tan pésimamente hecho, que hasta el mensaje principal llega equivocado al espectador. Se entiende exactamente lo contrario que pretende acotar en su parrapla final —entonada de un modo manifiestamente mejorable— la candidata a lehendakari de una formación que está pregonando a grito pelado su terror a la irrelevancia.

De eso va la cosa en realidad: aunque al primer bote sentí la misma oleada de irritación que cualquiera, pronto la bilis se convirtió en una mezcla de pena y vergüenza ajena con vetas de resignación. Fíjense que ni siquiera creo que tras el artefacto audiovisual haya un asco genuino al euskera como parece desprenderse de su guión y ejecución.

Se trata, y ahí está lo triste, de un producto de siniestro laboratorio o Think Tank, como se dice en fino ahora. Buscando nichos de mercado —y tómenlo en sentido casi literal—, alguna luminaria determinó que el único espacio por pelear era el hediondo limo del antivasquismo más cañí. El mismo, claro que sí, por el que se las tienen a dentelladas los naranjitos, el ultramonte (sobre todo alavés) del PP y, desde luego, esa flatulencia llamada Vox. Más que un insulto, esta torpe incursión del PSE en el Donaldtrumpismo apenas llega a desgarrador último cartucho de quien ha concluido que, después de la dignidad, ya no le queda nada que perder.

La humillación de Pedro

¿Cómo puede aspirar a ser presidente del gobierno un individuo al que en su partido se le discute públicamente su capacidad para ser secretario general? Triste sino, el de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, chuleado de la manera más ruin por los mismos que lo subieron al machito casi literalmente por su cara bonita. Cierto, y también porque sus hechos anteriores —dos trienios de culiparlante en el ayuntamiento de Madrí y otros tantos en el Congreso— lo convertían en la nulidad perfecta para mangonear desde la sombra.

Fausto de andar por casa, Sánchez alquiló su alma a la diablesa Díaz para ganar a Eduardo Madina en aquellas primarias que parecieron la hostia de democráticas y resultaron un remedo de las elecciones que ponían y quitaban a Cánovas o Sagasta. Y ahora está pagando a la cacique de la Bética y la Penibética el préstamo de apoyos a base de humillación sin fin y ninguneo inmisericorde.

Daba lástima verlo, con todo su buen porte de galán de serie B, sudando tinta china y trabucándose al leer un papel por el que en realidad hablaban sus señoritos del comité federal. Qué escasamente convincente, amén de ramplona y de pésima estofa, la utilización de ETA como comodín y excusa de mal pagador. Toda la puñetera campaña dando la brasa con las soluciones políticas a la cuestión catalana, y cuando Pablo Iglesias le pone una a huevo —un referéndum en el que probablemente ganaría el no a la independencia—, el líder nominal del PSOE se rila y demuestra que no pinta una higa. Claro que su culpa y su oprobio son también los de sus compañeros que callan y otorgan, entre otros sitios, desde Bilbao o Iruña.

Sangre rentable

Palabras grandilocuentes, golpes de pecho, concentraciones, fotos, lazos, hashtags, ramos de flores, reuniones solemnes, gestos adustos, firmezas ensayadas, compromisos rimbombantes, llamamientos a la unidad. ¿A la qué? Cuento hasta cien. Borro las palabras descarnadas que me había dictado el estómago. Cambio esas expresiones por una pregunta que me urge: ¿De verdad van a aprovechar electoralmente la matanza de París y, con ella, eso que llamamos de forma tan difusa como impotente Amenaza yihadista?

Qué estupidez, faltaría más. Votos son votos. La sangre siempre ha sido muy rentable. Lo hemos visto durante años. Sin vergüenza, sin rubor, a cara descubierta. ¿Cómo no hacerlo ahora que los muertos —de momento— parece que pillan una gotita más lejos? Y luego, que si los suelos éticos, que si el reconocimiento del daño causado, la autocrítica, la contrición, el flagelo público. Váyanse ustedes al guano, demócratas-de-toda-la-vida.

Vuelvo a contar otra vez hasta cien. Mejor doscientos. Respiro hondo. Reparo en que he empezado por el final. Toda esta diatriba, toda esta descarga, todo este cabreo infinito es porque en el Parlamento donde se supone que están mis representantes no ha habido bemoles a consensuar una puñetera declaración de condena de los ataques del otro día. Con ser tremendo eso, lo peor no es la imposibilidad de acordar el puñado de líneas de rigor, sino la infamante constatación de que PP y PSE tenían de saque la intención de provocar el disenso para luego correr a denunciar, como en los añorados viejos tiempos, supuestas tibiezas, cuando no complicidades, con la violencia. Qué asco.

(Otro) día de la memoria

El Día de la Memoria empieza a ser el de la marmota. Con este, van ya seis años en los que, matiz arriba o abajo, hemos vuelto a ver, escuchar y, por lo que a los de mi oficio toca, contar prácticamente lo mismo. Incapacidad para la unidad entre los partidos, desmarques, acusaciones cruzadas de utilización de las víctimas o de hipocresía, intentos de monopolizar el sufrimiento… La tentación del hastío es demasiado grande. Eso, entre los que todavía estamos dispuestos a dedicar tiempo, neuronas y energías a un asunto del que el común de los paisanos —pregunten a sus vecinos en el ascensor— ni siquiera llega a tener conocimiento. Y si lo tiene porque en los medios nos empeñamos en dar la chapa, el interés alcanza la millonésima de segundo necesaria para poner la mente en blanco y hacer que las palabras y las imágenes resbalen sin dejar el menor poso.

Claro que tampoco hemos de fustigarnos por eso. Mil veces he escrito, y con esta, mil una, que ese desinterés no necesariamente responde al egoísmo o a la falta de sensibilidad de todos los que lo manifiestan. En más de un caso, diría incluso que es síntoma de que, sin necesidad de tanto palabro buenrollista y tanta prosodia, una parte considerable de esta sociedad ya está practicando eso sobre lo que no dejamos de teorizar. A falta de un término mejor, normalidad se llama.

Por lo demás, sigo pensando que la instauración de esta conmemoración no fue una idea muy brillante, y que el bienintencionado esfuerzo por mantenerla conduce a aumentar el caudal común de la melancolía. A pesar de todo, aprecio sinceramente algunos de los gestos que se han dado.

Desplazar a Maroto

En general, no me gustan los frentes ni los cordones sanitarios. Más de una vez y más de seis hemos visto cómo las presuntas santas y nobles alianzas de todos contra uno eran, en realidad, uno de los disfraces de la intolerancia y de la prepotencia y han tenido como resultado algo muy similar al apartheid. Sin embargo, entiendo que hay casos que reúnen tal cantidad de motivos para el aislamiento higiénico, que merece la pena correr el riesgo de equivocarse. Impedir que Javier Maroto siga siendo alcalde de Vitoria-Gasteiz es, en mi humilde opinión, uno de ellos.

¿Por qué? Casi es más procedente preguntar por qué no. De hecho, el último que puede asombrarse de que en la capital alavesa haya una tan amplia como diversa corriente política y social que propugna su desplazamiento es él mismo. De sobra sabían Maroto y sus consejeros áulicos sin escrúpulos (ni probablemente corazón) las consecuencias de la indecente estrategia que eligieron para ganar las elecciones, es decir, para no perderlas. Al tirar conscientemente por la vía del incendio, era de cajón que el precio del éxito de la misión sería gobernar sobre una ciudadanía bastante chamuscada. Tanto, como para no resignarse a volver a ceder el mando a los pirómanos.

Y hasta aquí la teoría. La parte práctica corresponderá a las fuerzas políticas, que deben encontrar el modo de mandar a la oposición a quien, no lo olvidemos, ganó los comicios con holgura. Pero no bastará solo con eso. También tendrán que elegir a una persona de consenso que encabece la corporación y acordar unos mínimos para gobernar en común durante cuatro años. No es tan sencillo.