La clave del Sociómetro

Lo bueno del Sociómetro vasco, como de cualquier otro estudio de opinión, es que ofrece la posibilidad de escoger el titular que más se adapte al gusto y/o las necesidades de cada medio, mejorando, ejem, lo presente.

Apuesto (y seguro que gano) a que al informar sobre la entrega más reciente del sondeo habrá unos cuantos que tiren por el mínimo histórico que vuelven a marcar los partidarios de la independencia de Euskadi, con un tristón 17 por ciento. Justo enfrente estarán —o, vaya, quizá estaremos— los que destacarán la amplísima mayoría, casi un 60 por ciento, que es partidaria de que se convoque un referéndum sobre el marco de relación con España. Y como me conozco el paño, estoy convencido de que no faltarán los que, tirando de una derivada del dato anterior, preferirán subrayar que más de tres cuartas partes de los encuestados ven poco o nada probable que llegue a haber un acuerdo el gobierno español para convocar la deseada consulta. Otra opción será simplemente obviar la noticia o relegarla a alguna esquina perdida por el miedo a quedar en pelota picada ante la evidencia de que la ciudadanía de los tres territorios va por libre respecto a ciertas doctrinas proclamadas como mayoritarias en los discursos del día a día.

Llámenme raro, pero sin dejar de ver como razonables todas esas opciones, yo encuentro más útil poner el foco en la parte socioeconómica del informe. De entrada, en el hecho de que el mercado laboral siga siendo de largo la principal preocupación, incluso cuando el 69 por ciento afirma llegar a fin de mes sin dificultades. Ahí tienen la clave de la política vasca actual.

Cita con la Historia

A la hora en la que lean estas líneas, habré aterrizado en Barcelona. Es lo más parecido a una certeza que albergo ahora mismo. Bueno, no es la única. También estoy convencido de que pase lo que pase, salga como salga, estaré viviendo un acontecimiento destinado a ocupar su lugar en la Historia. ¿Lisboa el 25 de abril de 1974 o Berlín entre el 9 y el 10 de noviembre de 1989? Quizá no tanto, porque algo me dice que aún quedan más episodios, pero parece difícil negar que ya se ha cruzado la línea de no retorno. Incluso aunque la fuerza bruta se imponga y el titular de urgencia sea que no se ha podido votar, todo el mundo, incluyendo a los que manejan los hilos judicioso-policiales, tiene bastante claro que esto ya no se arregla con el viejo esquema del cambalache, el apretón de manos y las palmaditas en la espalda. Se ha marcado un antes y un después.

Ante tal evidencia, lo inteligente —y lo justo— sería no tratar de detener con violencia lo que ha demostrado ser una determinación firme y ya inalterable de lo que, se mida como se mida, constituye una amplísima mayoría social en Catalunya. Y no hablo de quienes aspiran a la independencia, sino de las ciudadanas y los ciudadanos que exigen algo tan primario y tan simple como ser escuchados.

La tremenda, casi perversa, paradoja es que si hace un tiempo se hubiera pactado un referéndum, es altamente probable que se habrían impuesto los partidarios se seguir formando parte de España. Siempre quedará la duda de si ha sido la torpeza o el cálculo frío e intencionado lo que nos ha traído hasta estos minutos cruciales de los que me dispongo a ser notario.

Lo épico y lo patético

Rajoy en USA mientras en su amado país ocurren acontecimientos que, sin lugar a la exageración, formarán parte de la Historia, ¿a quién me recordará? Y todo, para abrazarse a un oso despreciado de confín a confín del planeta. Que Santa Eduvigis conserve la perspicacia del asesor que le agenció en el Ebay de las vanidades esa fotografía con Donald Trump, doctorado en catalanología parda por la universidad de su sobaquera. Menudo sonrojo, escuchar al llamado líder del mundo libre que la secesión no se va a producir porque “sería una tontería marcharse de un país tan bonito”. No sabe uno dónde meterse, si bien es cierto que, por lo menos, no dijo que hay que destruir Catalunya.

De propina, Tancredo disparatando con que no le corresponde a él declarar unilateralmente la independencia [sic] o rebautizando como Madero a Maduro. ¿Efectos del jet-lag? Más bien, de las gambas a la plancha con alioli de Sevilla y el pollo con glaseado de membrillo y jerez romanesco que se metieron entre pecho y espalda las dos luminarias de Occidente. “Menú claramente español”, apostillaba el cronista de uno de los periódicos al servicio de la cruzada por la unidad de la patria. Tiene guasa que los que afean los vicios de los nacionalismos que no son el suyo anden batiendo el récord sideral de catetismo en rojo y amarillo. ¿Saben que una asociación anti-independentista ha puesto en marcha una denominada Operación jamón para avituallar con perniles ibéricos y vino de Rioja a los aguerridos miembros del Escuadrón Piolín acantonados en territorio comanche? Está claro quién se ha quedado con lo épico y quién con lo patético.

Las garantías del 1-O

Tremenda escandalera. El lehendakari ha dicho que el rey va desnudo. No me refiero al Borbón joven, que la verdad es que tampoco se ha tapado mucho, sino al del cuento clásico de Andersen. Ya saben, el del emperador que iba en pelota picada mientras los súbditos glosaban la elegancia de su nuevo traje, hasta que una criatura soltó lo que todo el mundo veía y nadie quería o se atrevía a reconocer, que en el caso que nos ocupa es la falta de garantías del referéndum del 1 de octubre sobre la soberanía de Catalunya.

Pues sí, otro enemic del poble, de esos que mentaba ayer en estas mismas líneas, con el agravante de que sobre Urkullu siempre había pesado la sospecha o baldón de desafección a la causa. Era de manual que su enunciado de lo evidente, de lo palmario, de lo obvio, de lo impepinable, desataría la furia infinita de los que no admiten el menor matiz, ni siquiera (o menos aún) si se trata de una realidad, ya les digo, que cae por su propio peso.

Aquí es donde procede citar a Agamenón y su porquero o traer a colación la célebre frase nunca dicha, por lo visto, por Galileo: “Y sin embargo, se mueve”. Es decir, que el referéndum es justo y necesario, que nace de las más nobles intenciones, que es lo menos que se podía hacer frente la cerrazón del gobierno español, que tiene una indudable vocación democrática y, desde luego, pacífica… Pero que, pese a ello, las circunstancias en las que tendrá lugar harán imposible que su resultado pase los filtros mínimos que cualquiera exigiría a una consulta popular. A partir de ahí, cabe engañarse y tratar de engañar a los demás o ser honesto y reconocerlo.

24 días

Rajoy ensayando para estadista. Le queda grande el traje. Y no es el único, ojo. O quizá es simplemente que la épica es cosa de los novelistas del futuro. Mientras se viven los acontecimientos que han de pasar a la Historia —por lo menos, estos—, se diría que prima lo chusco y lo bufo. Gresca tabernaria, tópicos de cinco duros en los discursos, improvisación a favor y en contra, y hasta turistófobos declarados haciendo turismo porque a nadie le amarga un selfi acompañado de tal o cual carga de profundidad. Y menos si, allá en el fondo, se paga con dinero público, vayan ollas y vengan días. Concretamente, 24 a partir de hoy para el de la verdad, ese uno de octubre en el que habrán de hablar (o no) las urnas.

En la irreversible cuenta atrás, lo único claro es que no está nada claro. Por descontado, hablo de mi, que ya me consta que hay quien conoce con pelos y señales lo que habrá de suceder sin lugar a dudas, y así anda contándolo. Yo, sin embargo, confieso mi absoluta incapacidad siquiera para imaginármelo. Cada vez que intento hacerme una idea cabal del desenlace, embarranco. Cualquier previsión se me antoja posible e imposible al mismo tiempo. Como lo leen, al mismo tiempo; no primero lo uno y después lo otro, tal es mi confusión.

Nada me dicen las continuas apelaciones a una legalidad a punto de caducar o a la que se hace a toda prisa y aún está por estrenar. Lo mismo me pasa con las represalias de fogueo o las amenazas que, a fuerza de repetirse, no tienen atisbo de credibilidad. Solo se me ocurre pensar en lo fácil que habría sido evitar el todo o nada. Sencillamente, escuchando a la ciudadanía.

Consultas, según

Es un vicio encabronar a tirios y troyanos de boina a rosca. ¡Lo ponen tan fácil, además! Resulta digno de estudio de veterinaria el modo en que entran al trapo, el tamaño de su enfurruñamiento zangolotino y, cómo no, lo ramplonamente previsible de sus encorajinadas respuestas. Puto facha, puto separatista, te espetan con similar entonación y cabreo, una vez les mandas una pelota un milímetro por encima de la chapa.

Basta señalar, por ejemplo, lo curioso que es que los mismos que aplauden a rabiar la consulta venezolana contra Maduro deploren la catalana sobre la soberanía. Y viceversa, claro: buena parte de los propugnadores del derecho a decidir a toda costa en Catalunya tachan de gusanos a los que ponen urnas de cartón en Venezuela. Para que el embrollo sea aún más divertido, unos y otros se lían a tirarse a la cara los mil titulares de cada medio afín en que queda patente la brutal contradicción de apoyar esto y deplorar lo otro. Ni así caen en la cuenta de que son tal para cual.

Lo confirman cuando la bancada correspondiente salta como un resorte a gritar que no es lo mismo, siempre siguiendo la vieja ley del embudo que establece que las cosas son como me sale de la entrepierna. Por supuesto que uno tiene la edad y la capacidad de discernimiento suficiente para comprender que ambos procesos, movimientos, o lo que sean tienen sus propias particularidades y se defienden, en general, desde obediencias ideológicas y vitales que rozan lo antagónico. Y, sin embargo, la semejanza es aplastante: igual en Catalunya que en Venezuela, la solución es dejar que el pueblo escoja democráticamente su destino.

Lo dice el niuyorktaims

Y en esas llegó el New York Times y se cascó un editorial sobre la cuestión catalana. 352 palabras, según tuvo el humor de contar cierto opinador partidario de la independencia que lo celebraba tal que si pasado mañana Puigdemont fuera a firmar el ingreso en la ONU o, como poco, en la FIFA. ¿Tan a favor era? Pues eso, oigan, queda al gusto del lector y a su facultad para hacerse trampas al solitario. Hasta donde a servidor le dan las entendederas, el autor, no sin practicar el clásico eslálom ni dejar de dar la impresión de un conocimiento básico del asunto, sí acababa propugnando que se permitiera el referéndum. Eso sí, para que luego el pueblo soberano votara en masa que prefiere seguir en España. Para entendernos, la postura de Iglesias Turrión, llena de lógica y totalmente legítima.

Vamos, que el amanuense del diario estadounidense no descubría la luna. Ocurre, sin embargo, que ese puntito paleto del que jamás nos desprenderemos convirtió su prédica en motivo para el festejo o a la diatriba, según a qué bandería se perteneciese. Para el soberanismo es un espaldarazo del copón de la baraja y una humillación a Rajoy como la copa de tres pinos. Para los de la una y grande, sin embargo, era una membrillez de un garrulo que no tenía ni puta idea. Lo divertido a la par que revelador del tremendo embuste en que nos movemos es que ustedes y yo sabemos que si el gachó hubiera escrito que ni consulta ni hostias, las reacciones habrían sido idénticas a la inversa. Es decir, el españolismo glosaría el tino y la sabiduría del referente periodístico internacional y el catalanismo se ciscaría en sus muelas.