El PSOE ha vuelto

Si la vida es eterna en cinco minutos, como cantaba Víctor Jara, en un año ni les cuento. ¿Quién se acuerda que fue ahora hace doce meses cuando el PSOE reventó por todas las costuras y se lio la mundial? El punto álgido fue aquel Comité Federal del 1 de octubre —vaya fecha— en el que prácticamente acabaron a hostias los representantes de las dos banderías que se disputaban los restos de serie del partido que fundó Pablo Iglesias Posse. Luego, Pedro Sánchez confesó sus pecados, se arrepintió de ellos con propósito de enmienda ante el padre Jordi Évole, y comenzó a reclutar aguerridos voluntarios para reconquistar Ferraz.

Qué vítores y qué albricias, cuando tras una campaña a cara de perro, hizo doblar la cerviz a la sultana del sur, su encarnizada rival, que había contado en el envite con toda la artillera pesada mediática y el concurso de los generales en la reserva. Había sido el heroico triunfo, según se dijo y escribió, del ala izquierda, la unión de jóvenes turcos, viejos rockeros e inconformistas de variado pelaje. El primer y casi único objetivo de los inesperados vencedores era limpiar la mancha de la oprobiosa abstención que permitió que Rajoy fuera reinvestido presidente del gobierno español. No se pararía hasta echarlo.

Ese era el plan… hasta anteayer, cuando Sánchez en persona contó sin cortarse que se había reunido un porrón de veces con el inquilino de Moncloa. La bronca catalana había sido la coartada para esos encuentros en los que ha quedado recompuesto el frente constitucional. Yo te apoyo con el 155, tú te avienes a estudiar una reforma y me dejas salir en las fotos. ¡Venga!

Aquí no se reforma

Ahí tienen a la Constitución española: 38 años y una mala salud de hierro a la altura de la de aquellos gerontócratas de la URSS que iban superando autopsia tras autopsia hasta que palmaban de aburrimiento. Desde que este servidor recuerda —que es desde el mismo instante de su debate, referéndum y proclamación—, siempre ha estado en entredicho. Que si es un papel, un apaño temporal destinado a caer en cuanto caiga la breve (¡ja!) monarquía de Juan Carlos, un texto mejorable cuando la muerte del bajito de Ferrol esté lo suficiente lejos… Incluso en la época de la glorificación redondomayororejista, cuando los dos partidos turnantes dividieron el censo entre constitucionalistas y lo que fuera, se abría la puerta a unos retoques de chapa y una mano de pintura, siquiera en plan Lampedusa, cambiar para que nada cambie.

Mucha palabrería traducida en ningún hecho. Miento. En realidad, sí ha habido una reforma —más bien ñapa— en el texto supuestamente sacrosanto. El 2 de septiembre de 2011, en los estertores del zapaterismo, PSOE y PP le dieron un meneo al artículo 135 de modo que la soberanía financiera se fue a hacer gárgaras, dejando en manos de los supertacañones de Bruselas la potestad de marcar el límite de déficit que les saliera de la sobaquera.

Es verdad. De entonces a hoy han cambiado unas cuantas cosas. El bipartidismo ya no es lo que era. De hecho, hay una tercera fuerza que ya es segunda en la mayoría de las encuestas. Pero siguen sin salir los números para una reforma de fuste. Desde luego, no en lo territorial ni en la forma de Estado. No digo que me guste en absoluto, solo que es así.

Inútil rectificación

Antecedente que tiende a olvidarse: el 23 de agosto de 2011, en los estertores del gobierno de Rodríguez Zapatero, PSOE y PP, que sumaban el 90 por ciento de la representación en las Cortes, modificaron el artículo 135 de la Constitución española para introducir el concepto de estabilidad presupuestaria. En trazo grueso, la traducción del eufemismo es que en lo sucesivo todas las administraciones estarían sujetas a un tope (ínfimo) de gasto que no se podría superar aunque la población fuera desfalleciendo de inanición. Se trataba de la enésima exigencia de la malvada madrastra Europa, y como ocurrió con todas las anteriores, a cada cual más bruta, el gabinete equinoccial de ZP echó rodilla a tierra para lamer los mocasines de Merkel.

Dado que esta vez el recado era morrocotudo y requería nada menos que meter mano a la (para otras cosas más necesarias) intocable Carta Magna, los socialistas —es un decir— hubieron de humillarse también ante el entonces aspirante Mariano Rajoy para que sumara sus imprescindibles votos al apaño constitucional. Aparte de algún pescozón condescendiente, no hubo el menor problema, pues el PP se sabía inminente ocupante de Moncloa y tenía claro que el cambalache del 135 sería fundamental para aplicar su política de tijera, serrucho y hacha.

Resumiendo, la reforma se hizo con agosticidad, alevosía y el impulso inicial del PSOE, el mismo partido que ahora aboga por dar marcha atrás. De sabios es rectificar, ¿no? Pues en este caso, no está claro. El axioma colaría si los números actuales dieran para revertir la reforma. Dado que no es así, estamos ante otra impostura.