24 días

Rajoy ensayando para estadista. Le queda grande el traje. Y no es el único, ojo. O quizá es simplemente que la épica es cosa de los novelistas del futuro. Mientras se viven los acontecimientos que han de pasar a la Historia —por lo menos, estos—, se diría que prima lo chusco y lo bufo. Gresca tabernaria, tópicos de cinco duros en los discursos, improvisación a favor y en contra, y hasta turistófobos declarados haciendo turismo porque a nadie le amarga un selfi acompañado de tal o cual carga de profundidad. Y menos si, allá en el fondo, se paga con dinero público, vayan ollas y vengan días. Concretamente, 24 a partir de hoy para el de la verdad, ese uno de octubre en el que habrán de hablar (o no) las urnas.

En la irreversible cuenta atrás, lo único claro es que no está nada claro. Por descontado, hablo de mi, que ya me consta que hay quien conoce con pelos y señales lo que habrá de suceder sin lugar a dudas, y así anda contándolo. Yo, sin embargo, confieso mi absoluta incapacidad siquiera para imaginármelo. Cada vez que intento hacerme una idea cabal del desenlace, embarranco. Cualquier previsión se me antoja posible e imposible al mismo tiempo. Como lo leen, al mismo tiempo; no primero lo uno y después lo otro, tal es mi confusión.

Nada me dicen las continuas apelaciones a una legalidad a punto de caducar o a la que se hace a toda prisa y aún está por estrenar. Lo mismo me pasa con las represalias de fogueo o las amenazas que, a fuerza de repetirse, no tienen atisbo de credibilidad. Solo se me ocurre pensar en lo fácil que habría sido evitar el todo o nada. Sencillamente, escuchando a la ciudadanía.

Amenazas y represalias

Pecho hinchado, mentón en alto, gesto de desafío y a modo de chincha y rabia, una frasecita que manda pelotas en según qué labios y con qué bibliografía presentada: “que la realidad no te estropee un buen titular, ¿eh?”. Como prueba del tremebundo delito, una nota firmada por el alcalde de Oñati y un miembro (¡uno!) de la ya extinta plataforma contra la implantación del puerta a puerta en la localidad en la que se desmentía que la disolución obedeciera, como se había publicado, a la existencia de amenazas. Tras un par de cagüentales sobre la insidiosa manipulación interesada, se exhortaba a los malmetedores medios que habían difundido la especie —entre ellos, este— a ceñirse a la carta de despedida del grupo. Hagámoslo.

Verdad y requeteverdad, en la misiva no se mencionaba amenaza alguna. Se hablaba —bah, detallito menor— de represalias contantes y sonantes. En estos términos exactos: “Represalias estas que hemos vivido en nuestras propias carnes con ciertas pintadas, pancartas alusivas y frases dolorosas por alguna persona cuya actitud no es precisamente ni la más ejemplar ni democrática a estas alturas”. Si el cofirmante de la nota (puesta en circulación desde la página oficial de EH Bildu, por cierto) representa a toda la plataforma ya disuelta, nos encontramos con un autodesmentido en toda regla. Pongámonos bizantinos si queremos, pero en el mus de la coacción una represalia ganará siempre a una amenaza. Eso, aceptando por no discutir que una pintada en el portal con el lema Errausketarik ez no sea técnicamente una intimidación.

Esto no va de si es mejor recoger selectivamente la basura o quemarla. Ni de las siglas que se inclinan por lo uno o por lo otro. Ni siquiera de los intereses oscuros, medias verdades o trolas apabullantes que pueda haber tras las tomas de postura. Lo que se dilucida es infinitamente más primario: el derecho a defender lo que cada cual estime oportuno.