Fascistas de brocha gorda

Otsoportillo, la sima de la vergüenza, pudridero durante décadas de seres humanos arrojados por las manos impunes de los vencedores de la Santa Cruzada. Por segunda vez, los orgullosos herederos de los asesinos mancillan la escultura de José Ramón Anda que clama contra el olvido y la barbarie junto al infame agujero de la sierra de Urbasa. En la parte izquierda de la pieza de hierro oxidado, el yugo y las flechas. En la derecha, escrita con caligrafía y ortografía manifiestamente mejorables, la chulesca amenaza: “Aún hay sitio para más”. Llueve sobre mojado. No hace ni tres semanas que otro monumento que reivindica la memoria de quienes murieron luchando por la libertad sufrió un ataque prácticamente idéntico. Tan siniestro como extemporáneo, el símbolo de la Falange apareció pintarrajeado en La Huella, erigida por el artista Juan José Novella en el bilbaino monte Artxanda.

La parte positiva es que, en ambos casos, la denuncia ha sido, además de inmediata, prácticamente unánime y con una contundencia en la que no se ha dejado el menor lugar a la reserva. Como no podía ser de otra manera, una acción absolutamente intolerable se ha rechazado con la proporcionalidad discursiva que correspondía. Nadie ha puesto en duda la gravedad de los hechos ni ha caído en la tentación de justificarlos, contextualizarlos ni, desde luego, minimizarlos. Tampoco se ha tachado de exagerados y amarillos a los medios que han otorgado relieve informativo a las agresiones. Y creo que procede señalarlo porque una de las mil y pico similitudes que tienen los fascistas de cualquier camada es la querencia por la pintura.

Épica de la violencia

Siento que me han pillado a contrapié. Mientras en esta parte del mapa llevamos unos años —no sabría decir cuántos— inventando un discurso deslegitimador de la violencia, un poquito más abajo, bastantes de los que nos miraban con desdén porque a la mínima se liaba parda en nuestras calles parecen haber descubierto la taumaturgia de las piedras y los contenedores ardiendo. Sin recato ni rubor, se proclama que a un sistema que no escatima precisamente en el uso de la fuerza hay que darle donde más le duele y devolverle cada golpe con otro golpe. Cualquiera que haya renovado varias veces el carné recordará ambos eslóganes, quiénes los aventaban y qué se solía decir al respecto. Con la suficiente perspectiva y una abundante relación de hechos tasados y testados, también podemos comprobar la nula eficacia de todo aquello. Al contrario: si nos está costando tanto salir del berenjenal es, en buena medida, porque no se puede arreglar de un día para otro lo que se ha jodido durante décadas.

Claro que a ver quién es el valiente que se lo explica a los que celebran exultantes la paralización del proyecto urbanístico aberrante de Gamonal. Con toda la razón del mundo, argumentarán que lo que no hubieran conseguido mil concentraciones pacíficas ha sido posible gracias a las imágenes de lunas rotas, barricadas incendiarias e intercambios de adoquines por porrazos. ¿O hay alguien tan cínico como para sostener que el alcalde ha dado su brazo a torcer al comprender súbitamente que su plan (o el de su amo) no contaba con el respaldo popular?

La lectura automática y sin filtrar de este episodio es que el modo de conseguir lo que el poder niega al sentido común es a hostia limpia. Y si hacen falta padrinos intelectuales, se cita a Chomsky, que desde un mullido sillón afirma que la violencia nunca surge de la nada. El problema es que eso también es aplicable a la violencia del represor, que tiene más fuerza.