Operación Papeleta

Gloriosa gesta de la Guardia Civil. Esta vez no fue al alba y con viento de Levante, sino en la sobremesa tripera de Farias y copa de Fundador, y, como mucho, con una brisilla tontorrona. El peligrosísimo objetivo, una imprenta de Tarragona, sospechosa de estar fabricando, a base de tinta y papel, esas mortíferas armas que son las papeletas para la consulta del uno de octubre.

Tan grotesco y, a la vez, tan tremebundo como suena. Los aguerridos beneméritos habían acudido a la perversa factoría “tras el soplo de sus trabajadores”, según se engolfaba en comentar en portada uno de los diarios oficiosos de la Una y Grande. Tuvo que ser digno de ver el intento de requisa, seguramente con los agentes apuntando a montañas de papeles que resultaban ser folletos de ofertas del supermercado o, quizá peor, libros. Lástima, sin embargo, que la operación no se viera coronada por el éxito. A la hora de escribir esta crónica bufa, siguen sin aparecer la mayoría de las dichosas bombas, digo las papeletas. Pero, calma, que es cuestión de tiempo que se desmantele el arsenal de ejercer la voluntad popular. Cacareaba el otro órgano mediático del eje del bien, el dirigido por el Comisario Honorífico Marhuenda (no es coña), que la fuerza tricorniada está buscando las urnas… adivinen dónde: “En naves de la CUP y de radicales vascos”. Tal cual.

Cuesta trabajo decantarse entre la risa, la sensación de bochorno indecible y el acojono ante tamaña sucesión de chusquedades cuarteleras. Pero así se está escribiendo esto que, como anotaba el otro día y seguiré subrayando, se supone que habrá de convertirse, ¡ay!, en Historia.

Del miedo a la pena

De lo sublime a lo patético hay un cuarto de paso. Lo tremendo es tener que explicarlo, especialmente cuando han pasado más de 24 horas del estrambote de la CUP en Sabadell y ha habido tiempo para bajarse del cerrilismo inicial. Que está muy bien la simpatía y el corazoncito de cada cual (o querer resarcirse vicariamente de la leche de hace una semana), pero basta echar una ojeada enfrente para caerse del guindo. ¿A nadie le resultan indicativas las caras de relax y choteo estratosférico de los representantes más caspurientos del llamado unionismo español? Tanto amagar con el 155 de la Constitución, los tanques y la excomunión, para que ahora les arregle el desaguisado una asamblea convocada para poder desdecirse de una promesa electoral.

Uy, sí, ya sé, la democracia funcionando a pleno pulmón, un ejemplo de transparencia del recopón, y a ti te encontré en la calle. Allá quien se lo trague. En el mejor de los casos, el infierno empedrado de las mejores intenciones, la buena acción que no se salva del castigo o, sin más, un recital de bisoñez de aquí a Lima. Pero como resumen y corolario, una estocada mortal al tan mentado procés.

Y lo peor, cambiando lo épico por lo grotesco, la herida en noble y brava lid por el tiro froilanero en el pie. Ese inmenso cínico que fue Josep Tarradellas decía que en política se puede hacer todo menos el ridículo. Mala cosa, en efecto, pasar de dar miedo a dar pena. Aunque también cabe —nos conocemos a los clásicos— enfadarse, no respirar y empuñar la garrota contra quien blande el espejo. A 600 kilómetros, qué ganas de embarcarse en una aventura igual, ¿a que sí?

Los huevos de Maroto

¿Pero qué me está diciendo? ¿Que, con los huevos que le echa a todo el alcalde campeador de la vitorianidad, esos bellacos del Guiness dicen ahora que no fueron suficientes para batir el récord universal de cuajar megatortillas de patata? Esto va a ser cosa del Fede ese de SOS Racismo, que seguro que hubiera preferido que la ciudad compitiera por hacer el Kebab más grande de la Zapa a la Meca para que sus moros subvencionados se lo trincaran como hacen con la RGI. O de los pérfidos abertzalosos —los blanditos y los menos blanditos, todos son igual—, que echaban las muelas porque la tortillaza ensamblada por parciales era española. O de alguno de esos tiñosos de Bilbao que se creen que solo ellos tienen derecho a hacer fantasmadas para salir en los programas de Ana Rosa o Mariló.

No se me asusten. Era solo ironía o un sucedáneo, porque creo que es mejor tomarse a chunga el fiasco tortillero de Maroto y su troupe de ocurrentes propagandistas. Habrá que reconocer, además, que si no se superó la marca anunciada, sí se ha pulverizado un nuevo registro de ridiculez y patetismo cateto. Todo sirve para el convento. Fíjense lo que pasó en Borja, que desde hace dos años no da abasto a recibir turistas que quieren ver in situ el Ecce Homo restaurado a la remanguillé por la señora Cecilia. Apuéstense algo a que el del apellido que rima con moto y con foto encontrará el modo de darle la vuelta a la cantada. Y si no, siempre queda el cartucho definitivo: puede impulsar una recogida de firmas para que la fuerza de la calle certifique que se pongan como se pongan los siesos del Guiness, ese récord va a misa.