La palabra del año

Como no quería taza, me han tocado tres. Vaya puntería la mía, que hace unos meses echaba aquí las muelas por la difusión, mayormente en labios y dedos muy finolis, del palabro “aporofobia”. Pues ya ven, ahora resulta que el artefacto verbal ha sido declarado “palabra del año 2017” por la llamada Fundación del Español Urgente, más conocida por su (creo que) acrónimo, Fundeu. Conste que es una organización que, en general, nos resulta muy útil a los que nos movemos en los andamios de la lengua castellana, pero como ya vamos para viejos zorros, bien sabemos que en no pocas ocasiones sus recomendaciones se las sacan de la sobaquera. Y luego hay un hecho en el que tendemos a no reparar, pero que si quisiéramos, nos haría ver el mecanismo del sonajero: la entidad está costeada por uno de los dos principales bancos de España.

Es gracioso al tiempo que hartamente revelador que una institución cuyo mecenas es una corporación financiera sin un gramo de piedad hacia los pobres encumbre como término del año uno que justamente significa “Miedo, rechazo o aversión (¿odio?) a los pobres”. Parecería una paradoja, pero no lo es. Todo cuadra. De hecho, “Aporofobia”, como ya señalé en su día, es un término de y para ricos… ¡que manifiestan un desprecio infinito a los pobres! Tipos y tipas de riñón bien cubierto lanzan el exabrupto como insulto a personas que malamente llegan a fin de mes, junto con las manidas imputaciones de ignorancia, zafiedad, insolidaridad y, cómo no, racismo. Lo hacen, simplemente, porque se lo pueden permitir, que para eso viven allá en lo alto de la escala social, donde los pobres no pisan.

¿Aporoqué?

¡Vengan, damas y caballeros del pensamiento chachipiruli, que me lo quitan de las manos! Les traigo la ultimísima moda del argumentario esférico, irrebatible, impepinable y con recauchutado de intelectualidá de mesa-camilla. Anoten: A-po-ro-fo-bia. Se lo silabeo tras comprobar que tres de cada cuatro apóstoles de la progritud que han comprado la moto pronuncian mal su nombre. Dicen aporafobia, con a, y con la osadía de los ignorantes, aun tienen los bemoles de cascarte la presunta etimología del palabro. “Pues viene de Aporas, que significa pobre en griego”. Que no, que en el idioma de Sófocles, pobre se decía aporos, con o, que literalmente quiere decir “sin recursos”.

De todos modos, la confusión va más allá de la anécdota. Es pura categoría que retrata el tipo de seres humanos que se apuntan a cada gominola para explicar el mundo que se echa a rodar. Parece que en este caso, si no lo ha acuñado, el término lo ha puesto en circulación —lo ha hecho viral, que se dice ahora— la filósofa y nada menos que miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Adela Cortina. Su tesis es que, dado que no se odia, por ejemplo, a los futbolistas extranjeros pero sí a los desheredados en general de otras latitudes, el odio está fundamentado en la carencia de posibles y no en el origen. De ahí, que lo apropiado sea hablar de la tal aporofobia en lugar de xenofobia. Pontifica Cortina que el rechazo a los pobres implica siempre una actitud de superioridad. Y ahí se delata, puesto que son los pobres los que manifiestan mayoritariamente esa actitud que describe desde lo más alto de la pirámide social.

¡Vivan los pobres!

Si no fuera porque hablamos de dramas, sería divertido comparar las diferentes cifras sobre pobreza que nos van sirviendo diferentes fuentes. Depende del rato, es un 20 por ciento de la población, un 25, un 30 o lo que se tercie. La última en orden de llegada, aportada por una institución absolutamente encomiable como es Cáritas, lo deja en algo más del 16 por ciento de los censados en los tres territorios de la demarcación autonómica. Redondeando, 130.000 personas, dato —porque para algunos eso es lo único que es, un puñetero dato— que fue acogido con muy mal disimuladas palmas y charangas por los componedores habituales de odas a la desigualdad.

¿Está diciendo, don columnero, que hay quien se alegra de que las cosas les vayan mal a sus congéneres? No exactamente. Creo, incluso, que lo que apunto es todavía peor. En realidad, a todos estos tipos a los que me refiero la pobreza se la trae al pairo, mayormente porque no corren el menor riesgo de sufrirla en sus propias carnes. Y como no es la primera vez que escribo, esa es la tragedia añadida para quienes de verdad han sido arrojados a la cuneta social: ni su penuria les pertenece.

Igual que casi todo lo demás, se la han arrebatado, en este caso, para convertirla en una suerte de género literario, en un Rhinospray para las cañerías de las conciencias de pitiminí, o en lo uno y lo otro a un tiempo. Se diría que la función de los pobres en una sociedad perfectamente ordenada es seguir siéndolo —o serlo un poco más— para garantizar un caudal suficiente de tibia indignación, beneficencia travestida de solidaridad o, en definitiva, jodida hipocresía.

Parte de la verdad

Dadme unos datos y moveré el mundo. Hacia donde me convenga, por descontado. Con los del paro, que conocimos ayer, se puede hacer el aleluya de la recuperación impepinable o una saeta lacrimógena. Es cuestión de elegir en dónde poner el foco. Si se sitúa sobre los números gordos, los que hablan del mayor descenso en quince años, cabe ordenar el repique de campanas y proclamar la inminente vuelta de las vacas gordas. Sin embargo, si echamos mano de la lupa —de poquito aumento, ciertamente— para escudriñar las cifras más esquinadas, las que revelan que los contratos no son ni sombra de lo que fueron o que la cobertura del desempleo está en niveles de hace una década, procede declarar el Def Con Dos social y hacer sonar la trompetas del apocalipsis.

La cuestión, por raro que parezca, es que una y otra lectura —rebajadas, eso sí, de excesos demagógicos y propagandísticos— son perfectamente compatibles y reflejan verdades que se superponen en la realidad que nos toca vivir. Diría, de hecho, que la gran característica de la sociedad actual en nuestro entorno es esta dualidad brutalmente contradictoria: conviven en más o menos el mismo espacio y planos no demasiado alejados la miseria casi absoluta con una holgada prosperidad. Ocurre que cada bandería ideológica pretende mostrar solo el trocito que le interesa a sus fines. Dependiendo de si se gobierna o se aspira a desalojar a quienes lo hacen, se nos vende la bonanza a un cuarto de hora de ser recobrada o se nos pinta un tenebroso paisaje lunar. La paradoja, como señalaba, es que unos y otros mienten y dicen parte de la verdad al mismo tiempo.

Desigualdad horizontal

No dejan de aparecer estudios que revelan lo que siempre ha sido una sospecha generalizada: los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres. Estos trabajos, que todos difundimos echándonos las manos a la cabeza, inciden en el brutal ensanchamiento de la brecha entre los que nadan en la abundancia y los que andan a la cuarta pregunta. Para probarlo, aportan datos tan escandalosos como que las 85 personas económicamente más poderosas del mundo acumulan tantos recursos como los tres mi millones más desgraciados del planeta. O en lo que nos toca más cerca, que en Hispanistán y territorios asimilados hay veinte tipos que ingresan tanto como el 20 por ciento de la población más desfavorecida y que, para más recochineo, han seguido forrándose a lo bruto mientras la crisis mandaba a la exclusión a miles de sus (presuntos) conciudadanos. Amancio Ortega, por ejemplo, se echó al coleto 3.000 millones de euros más en el mismo 2013 en que los salarios medios recibieron otro gran bocado y volvió a crecer el número de hogares sin ningún ingreso.

Indudablemente, una situación obscena, vergonzosa, injusta y todos los calificativos biliosos que se nos ocurran. Sin embargo, y más allá de que algunos de esos datos parecen haber sido estimados a ojo y que las conclusiones no serían muy distintas hace cien, quinientos o dos mil años, me pregunto si al fijarnos solo en las diferencias de arriba a abajo estamos poniendo el foco donde debemos. Quiero decir que a mi, personalmente, bastante más que la desigualdad vertical me preocupa la horizontal, es decir, la que se da en los entornos donde se mueve cada individuo. Lo jodido no es que Ortega nos saque cada año equis mil millones de ventaja, sino que no se pueda pagar el recibo de la comunidad, ir a la cena de la cuadrilla o comprar el Rotring para las clases de dibujo de los hijos. El desequilibrio más doloroso es respecto a los iguales.

Lecciones, las justas

De alguna manera, sigo donde lo dejé ayer. Porque no tuve espacio para anotar todo y también porque me da pie a ello la previsible reacción de la bienpensancia a las líneas incompletas que firmé. De una parte, en realidad, la que me señala como apologeta de la caridad, que en su imaginario es sinónimo de humillación. Y no digo yo que no, incluso sabiendo que puedo hacerles una finta etimológica para relacionar la palabra maldita con el término cariño. Me llevaría medio párrafo que prefiero emplear, sin embargo, devolviéndoles su imagen en el espejo. Espero no darles un gran disgusto si les apunto a los justicialistas de pitiminí sus muchísimas similitudes con las señoronas empeletadas y con el cuello forrado de perlas que le echan un rato a la beneficencia, previo aviso a las cámaras. En el fondo, me temo que la animadversión —no diré que injustificada— a estas urracas visitadoras de asilos viene porque trabajan con la misma materia prima, la miseria ajena, que unos y otros pretenden en régimen de exclusividad.

Hago notar una paradoja que tengo certificada: no pocos de los que nos adoctrinan sobre el empobrecimiento progresivo son progresivamente más ricos. Han encontrado un filón en la denuncia de la desigualdad y la explotan con tanta maestría como impudor. Rizando el rizo, sus crecientes emolumentos provienen de los mismos emporios malvados contra los que lanzan sus feroces diatribas de carril.

Si considero invencible el capitalismo es porque ha demostrado que sabe rentabilizar el anticapitalismo y tener a su servicio lacayuno a sus máximos detractores. Sin ningún problema moral, además: no creo que el empresario Lara haga distingos entre los euros que le vienen de sus medios de comunicación para gente de orden y los que le llegan de su canal progre. Los negocios son los negocios, gran enseñanza de don Vito Corleone. Siendo esto así, en materia de solidaridad, lecciones, las justas.

¿Es esto una crisis?

Por enésimo día, cola para entrar a la ciudad hostil donde trabajo. Uno, dos, tres, cuatro carriles convertidos en procesión metálica que hace dudar del significado del verbo avanzar. En el horizonte, semáforos que cambian -rojo, verde, naranja, otra vez rojo- en un brindis al sol, inexistente, por cierto, en esta tarde de otoño. Nadie ni nada se mueve. Para conjurar el hastío, me entretengo haciendo un censo a ojo de los cautivos. Dos o tres furgonetas de reparto, un buen puñado de Audis, bastantes BMW, varios Mercedes. Y toda la gama de berlinas y cuatro por cuatros del resto de marcas. Dejo de fijarme en lo que parece la norma y busco las excepciones. Veo un fordfi y un 205 blasonado con una L blanca sobre fondo verde. Minoría absoluta. Curioso parque móvil para una crisis devastadora.

Algo no me cuadra. Es decir, sigue sin cuadrarme desde que hace ya tres años empezaron a decirnos que fuéramos arrepintiéndonos porque este mundo de la opulencia se acababa y caminábamos sin remisión al abismo de la miseria. Yo mismo he difundido esas profecías apocalípticas, acompañadas de datos dolorosamente reales que daban la impresión de confirmarlas. EREs sin cuento, brutales recortes de plantillas, congelaciones de salarios como mal menor, alarmantes aumentos de usuarios de comedores sociales, los sobradamente conocidos tajos de derechos y conquistas aplicados por los gobiernos… Pero luego, buscas una mesa en una terraza para tomarte un gintonic de seis euros y te encuentras con que no eres, ni mucho menos, el único al que todavía le llega para darse un capricho. Y a más de tres, hasta con una ración de ibéricos.

Realidades paralelas

¿Es esto una crisis? Cualquiera se atreve a rebatir a los que aseguran categóricamente que es la peor de todas las inventariadas desde la de 1929. Seguro que sí, que para muchísima gente lo es, y ahí están esas cifras que no son producto de ninguna calenturienta imaginación. Tiene toda la pinta de que la escoba social ha sabido barrer a todas esas víctimas y ocultarlas bajo la alfombra. Las sacamos, sí, de vez en cuando para ilustrar reportajes y poner rostro a esa debacle económica que decimos estar padeciendo.

Y mientras, en la realidad paralela, es imposible reservar en un restaurante de sesenta euros el cubierto, las pantallas de plasma vuelan de las estanterías, hay lista de espera de semanas para adquirir un Iphone y los coches más viejos que pisan el asfalto tienen un par de años. Vuelvo a preguntar: ¿Es esto, de verdad, una crisis? ¿Para quiénes?