Alertas o así

Qué envidia. Todo el mundo parece tener clarísimo lo del presunto aviso de la CIA —¿no sería la TIA de Mortadelo y Filemón?— sobre un inminente atentado en Las Ramblas. Y en el mismo viaje, se sabe al dedillo quién lo recibió, en qué términos y cómo se despachó o se dejó de despachar. “¡No hicieron nada para impedir la matanza porque solo piensan en el prusés!”, clama el unionismo hispanistaní desorejado. “¡Era una alertita de tres al cuarto, como las cien mil que se reciben cada día y que vaya usted a saber si sí o si no!”, se defienden los aludidos y asimilados, con el fotogénico major de los Mossos ejerciendo, faltaría más, como ofendidísimo portavoz, nunca se vio alguien devorado por su propia leyenda en menos tiempo.

La verdad, como en la serie de televisión que podría protagonizar el madero recién mentado, está ahí fuera. O las verdades, que a buen seguro hay varios hechos medianamente ciertos en el episodio. Ocurre, como tantas veces, que lo que realmente sucediera con la supuesta advertencia es lo de menos. Aquí lo que cuenta es la barricada en la que esté censado cada cual. De hecho, basta invertir los protagonistas y las circunstancias para comprobar que esto va de adhesiones a esta o aquella causa. ¿Qué se estaría diciendo si la alarma se hubiera recibido en la sede del CNI y las españolísimas policías la hubieran dejado en el limbo? No tengan ni la menor duda que exactamente lo mismo pero con los discursos y los papeles cambiados.

La desoladora moraleja reside en la enésima constatación de lo que aprendimos hace decenios: con este o con aquel terrorismo, las víctimas son apenas un adorno.

Qué miedo

Hoy sí que no puedo negarlo. Esta es la columna de un cuñado. Escribiré sobre lo que no sé. Peor que eso, seguramente lo haré desde los prejuicios alimentados por el miedo. Confieso que es todo lo que hallo al palparme los bolsillos del alma: un canguelo creciente como el que a mi abuela le hacía llevarse las manos a la cabeza mientras se preguntaba adónde vamos llegar.

Pues les traslado tal cual la pregunta: ¿Adónde vamos a llegar (o sea, adónde hemos llegado ya) si en un abrir y cerrar de ojos es posible montar un desaguisado del carajo en los sistemas informáticos de gobiernos y multinacionales de todo el mundo? Lo nombro así, desaguisado, porque no tengo ni pajolera idea de la palabra más adecuada, al igual que se me escapan todos los detalles fundamentales del asunto. Y no será porque en las últimas horas no he leído y escuchado a individuos presentados por mis colegas plumillas como expertos en la materia. En general, todos (sí, la mayoría hombres) sonaban la mar de solventes, pero al traducir sus palabras, el mensaje venía a ser que lo mejor es que vayamos rezando lo que sepamos porque lo del viernes fue un menú-degustación.

Imposible no agarrársela llorona y filosófica ante tal panorama. Tanto esfuerzo, tanta pasta, tanto discurso engolado sobre la seguridad, y resulta que un grupo por lo visto no muy numeroso de tipos que ni siquiera sabemos si son malvados, guasones o buenos samaritanos, demuestra que somos vulnerables como gatitos recién nacidos. Según nos cuentan, de propina, para llegar al tuétano de la Bestia les bastó un agujero del mismo Windows que usted y yo usamos todos los días.

Garoña, no y no

Menuda sorpresa. El Consejo de Seguridad Nuclear ha evacuado —en sentido fisiológicamente literal, como quien dice— su decisión sobre la central de Santa María de Garoña. Pulgar hacia arriba. Procede alargar indefinidamente la vida de la chatarra burgalesa. Y si casca, que casque, les ha faltado añadir a los infalibles sabios de parte que, para que no se diga, se cubren las vergüenzas aclarando que la reapertura estaría condicionada a “la realización de las inversiones necesarias”. Ustedes y yo, que no hemos nacido ayer, sabemos que eso quiere decir que con una mano de chapa y pintura bastará para que los propietarios vuelvan a poner en peligro a decenas de miles de personas.

De acuerdo, no voy tan rápido. Todavía falta la última palabra, que ha de salir de labios del gobierno español. ¿Qué creen que decidirá, teniendo en cuenta que han sido los tres miembros del CSN elegidos por el PP los que han votado por el permiso para seguir? No pinta demasiado bien el asunto. Es poco probable que los integrantes de la camarilla de Rajoy, empezando por el titular de las cosas de la energía, quieran jugarse su futura entrada por la puerta giratoria. Qué casualidad, por cierto, las subidas sin freno del recibo de estos últimos días y sus correspondientes justificaciones de pata de banco. Que si la falta de lluvia y viento. Que si la electricidad que producen las nucleares es mucho más barata.

Miente, en todo caso, quien pretenda que lo de Garoña va de nucleares sí o no. Es una cuestión de seguridad primaria y de decencia básica. Simplemente, que vuelva a funcionar un cascajo así es una amenaza inasumible.

Conversos acelerados

Espectáculo bien poco edificante. Una manga de garrulos, policías municipales de profesión, le montan un tiberio a su responsable político porque les ha quitado el juguetito que sirve para dar hostias a mansalva y sin necesidad de justificación, oséase, las Unidades de Antidisturbios. Es el clásico “Te vas a cagar, civil mingafría” que hemos visto tantas veces —y algunas, muy cerca—, en versión corregida y aumentada. Unas capuchitas por aquí, unas rojigualdas por allá, algún brazo viril que se pone tieso con la Viagra de la épica, el consabido guantazo al móvil de una periodista acompañado de un exabrupto machirulo, y lindezas como “puto gordo” o “rojo de mierda” proferidas al destinatario de la gresca, Javier Barbero, a la sazón, concejal de Seguridad de la (noble) Villa de Madrid. Como atinadamente apuntó el atribulado edil, la escena se corresponde en forma y fondo con cualquier acto de extorsión fascista. Y sí, puede estar gastada la palabra, pero aquí no cabe otra, así que la silabeo: fas-cis-ta.

Ahora bien, anotado lo anterior, creo que sin dejar lugar a la menor sospecha de tibieza, también les cuento que no pude evitar descuajeringarme de la risa al contemplar cómo llegaba al rescate del munícipe en apuros… ¡su coche oficial! No me digan que ahí no hay una paradoja, una parajoda, una moraleja, una moralina, o como poco, materia para una chirigota, dos milongas y tres ditirambos. Item más, cuando una vez a salvo pero aún con las rodillas temblonas, el gachó se ciscaba en las muelas de la Policía Nacional por no haber entrado a saco contra la pitufada levantisca. Carajo con los conversos.

Espías como nosotros

Lo del espionaje en masa y a discreción es tan grave que la única opción que nos queda es tomárnoslo a chunga. De verdad que antes de ponerme a teclear he estado ensayando un tono severo o como poco, circunspecto, para denunciar la ofensa a todas luces intolerable. Pero se me suelta la risa, creo que la tonta o la histérica, y se me va al carajo el discurso sobre la tremenda ignominia que es verse convertido en ala de mosca bajo el microscopio del gran hermano. Si, en general, el pataleo sirve apenas como desfogue y casi nunca para cambiar las actitudes o los hechos contra los que creemos estar rebelándonos, en un caso como este, la utilidad de la protesta es aún menor. Ya me gustaría ser uno de esos columnistas modelo “Se van a enterar estos malandrines del Pentágono” y cascarles aquí y ahora, sin ponerme rojo como la nariz de un político que no nombro, una filípica de pantalón largo sobre la desvergonzada intromisión permanente en el templo sagrado de nuestra intimidad. (¿Ven la chorrada que acabo de escribir? Pues eso era justamente lo que quería evitar)

Nos vigilan, sí. Al común de los mortales cuando busca en internet un hotelito con encanto en las Alpujarras y a Angela Merkel cuando parraplea por su móvil. Y ni a la baranda de Europa ni a nosotros nos queda más alternativa que sulfurarnos a beneficio de inventario, quizá con la diferencia de que ella se lo puede soltar a la cara y en palabras desabridas al jefe de los mirones, que para mayor tocadura de pelendengues, resulta ser un tipo que en su día creímos que era diferente.

Probablemente ahí está la cuestión. Obama no es diferente. Ni de Bush, ni de Putin, ni de Netanyahu… ni, mucho me temo, de cualquiera de nosotros mismos, que actuaríamos de un modo bastante parecido si tuviéramos los medios para ello. Tire la primera piedra quien no haya echado una miradita como al despiste al guasap de su pareja. Sin mala intención, claro.

Puntos negros

Sigo en los túneles de Lutxana. Pura cabezonería, ya lo sé. Ocurre que no quisiera ser cómplice, ni siquiera en vigesimoquinta derivada, de la próxima violación. Porque ustedes y yo sabemos que ocurrirá, ¿verdad? Tal vez no exactamente en estos pasadizos ahora tristemente célebres, aunque tampoco sería tan extraño a la vista de la chapucera presunta clausura a base de unas cintas de plástico que cualquiera que quisiera franquearía sin mayor dificultad. Podría ser, por desgracia, en otro hito del rodeo que los y las viandantes tendrán que hacer tras el cacareado cierre; a mi el paso bajo la autopista, por ejemplo, no me inspira la menor confianza. Y si no es ahí, a trescientos metros, a quinientos, o a dos, treinta o cien kilómetros.

En realidad, cuando digo que sigo en esos túneles, no lo hago como referencia espacial concreta sino como símbolo de tantísimos lugares donde hay altas probabilidades de sufrir una agresión sexual. Deben de ser centenares en nuestro entorno, e incluso me consta que se han cartografiado por municipios, por comarcas, por territorios y hasta por comunidades, pues tengo el recuerdo difuso de su presentación en bienintencionadas comparecencias ante los medios. Otra cosa es que las interesadas, las probables víctimas, hayan llegado a saber de la existencia de esos mapas o estén a su alcance. Yo llevo tres días dando vueltas en Google y apenas encuentro apuntes fragmentados y dispersos.

Más allá de esa reveladora ineficacia comunicativa, ya decía ayer que es una falacia pretender acabar con las violaciones señalando en un plano los lugares en que se producen o, como ha sido el caso de Barakaldo, vedando el tránsito por ellos. Defiendo, claro, una arquitectura urbana que no se lo ponga fácil a quienes están dispuestos a cometer un delito. Pero aparte de que eso es cuestión de años y de que que se siguen construyendo ratoneras, insisto en que por sí solo no basta.

Nuevo modelo policial

Ya decía el torero que hay gente pa tó. Unos buscan unicornios, el arca de la Alianza o planetas habitados en el extrarradio de Alfa Centauri. Otros, sin duda más ilusos que los anteriores, pretenden dar con un nuevo modelo policial. Supongo que no es casualidad que en los últimos días me esté encontrando con tan idílica formulación en el encabezado de varias convocatorias de prensa firmadas por entidades de distinta finalidad social, obediencia ideológica y/o adscripción profesional. Si fuera tan mal pensado como los que sí lo son creen que soy, diría incluso que estos actos en pos del maderamen del futuro son contraprogramaciones recíprocas o intentos de sacar la cabeza en una carrera que, por lo visto, ya ha empezado. Quien enseña antes la burra o la moto, la vende mejor.

No es mi intención desanimar a los organizadores de estos encuentros, jornadas o sanedrines —gentes, por otra parte, inasequibles al desaliento—, pero debo manifestar mi escepticismo ante su empeño. Me temo que hay poco que rascar en lo que Max Weber [vaya columnista más pedante] bautizó como “monopolio legítimo de la violencia”. De Patagonia a Groenlandia, el asunto este de las porras funciona por un patrón muy similar, con una diferencia mínima, si cabe, en grados de urbanidad. Conste que no lo apunto como proclama antisistema, sino como pura constatación a fuerza de tragarme telediarios o películas, series y novelas del gremio.

Yo, que hace años agité frenéticamente mis rizos difuntos coreando con Eskorbuto “Mucha policía, poca diversión”, he alcanzado la convicción —dolorosa, no crean— de que es imposible prescindir de las fuerzas de seguridad. Asumido eso, me queda el derecho a reclamar que me den motivos para respetarlas en lugar de para temerlas. Lo que no puedo pedirles es que si me pillan robando el bolso a una ancianita, me saluden con una sonrisa y cambien de acera, según alguno de los nuevos modelos.