Manifestaciones

El cuatripartito navarro de progreso debería guardar agradecimiento infinito a las formaciones que le hacen de grotesca oposición. Aunque al primer bote pueda descorazonar lo suyo tener enfrente unos incansables incendiarios del patio, si se lo plantean con media migaja de frialdad, comprenderán el inmenso favor que les están haciendo los antiguos propietarios del régimen. ¿Lo de Ladran, luego cabalgamos? Sí, eso para empezar, pero la cosa va más allá. Llega, por ejemplo, a tapar las propias grietas de la (no nos engañemos) peculiar coalición que gobierna en las instituciones principales. O, como poco, las va aplazando. Nada une más que un enemigo declarado.

Y este, además, es de los que lo ponen muy fácil. Tanto, que hasta parecen dispuestos a reeditar errores garrafales del pasado. Salvo que alguien con mayor conocimiento del paño me lo desmienta, diría yo que el penúltimo favor es la convocatoria de esa fantasmagórica manifestación dizque en defensa de la bandera de Navarra. Aparte de los lisérgicos prolegómenos, con los mensajitos sobre dar el cante o dejar de darlo y los burdos intentos por ocultar las siglas del ultramonte, es inevitable que nos venga a la memoria, cual espectro, aquella jarana rancia que se organizó hace diez años al grito de ¡Navarra no se vende!

Merece la pena apuntar que, pese a su éxito de asistencia conseguido a golpe de autobús por la cara, el fuego de artificio quedó en materia para poner pilongos a los inquebrantables de Distralandia que por entonces atizaban a Zapatero desayuno, comida y cena. Qué llamativo, por cierto, que el PSN se apunte ahora a la procesión.

De pena y de risa

Será porque estoy a los ciento y pico kilómetros que tanto suelo citar, porque soy un inconsciente o porque me va la marcha, pero el caso es que a mi me pareció estupendo el numerito que montaron en el Parlamento de Navarra los antiguos dueños del juguete foral. No me digan que no es para despatarrarse en estéreo ver a los circunspectos miembros del requeté actualizado organizando uno de esos cirios que tanto les sublevan cuando corren a cargo de los por ellos considerados rojoseparatistas o pulgosos perroflautas. ¡En la mismísima cámara, Sanctasanctorum de no sé qué valores inmarcesibles! Son unos desparpajudos.

Y, oigan, enarbolando (o quizá, blandiendo) banderas cual si fueran esos nacionalistas desorejados que alimentan sus pesadillas, digo, su cada vez más vacío discurso. Un aplauso para Uxue Barkos por aclarar que la enseña exhibida no le ofende en absoluto porque la siente como suya. Y otro más para los parlamentarios de Izquierda-Ezkerra que sacaron la tricolor republicana a modo de Vade Retro para los vampiros del régimen. Vaya asco reflejado en sus caras ante unos colores por los que en esa misma tierra fueron asesinadas centenares de personas, muchas de cuales aún siguen en el fondo de barrancas.

Para completar el festejo, los rancios titulares de rasgado de correaje en los medios de choque. Que si la división, que si la crispación, que si la traición, que si ETA. Eso es un “Ladran, luego cabalgamos” de libro, y humildemente opino que así deberían tomárselo las fuerzas que componen el cuatripartito. Lo apunto porque últimamente noto que se les está agriando el carácter, y es mal síntoma.

Bruselas y las que vendrán

Quitar la bandera europea en señal de protesta de tal cosa. Ponerla tres cuartos de hora después a media asta como expresión de dolor por tal otra. Qué preciso retrato de los niños grandes que somos. Creemos —y además a pies juntillas, sin posibilidad de réplica— que nuestros deseos son órdenes para la realidad, que basta cerrar los ojos y desearlo muy fuerte para que los males se desvanezcan y alupé, alupé, sentadita me quedé.

Más de 30 muertos, doscientos y muchos heridos, la capital de la (malhadada) Unión Europea en estado de sitio, y las almas puras se echan a Twitter a pedir “a pray for Belgium”. Hay que joderse, una oración como respuesta a la enésima carnicería cometida por tipos que rezan y rezan hasta tener agujetas en las neuronas. Esa es otra, porque la inmediata providencia de los cabestros de la superioridad moral es conminarnos a no caer en la islamofobia, mandato que delata, depende de los casos, ceguera voluntaria o conciencia del agua que lleva el río que suena.

De absolutamente nada sirve tratar de explicar que esta masacre es un profundo y despreciable acto de intolerancia religiosa contra quienes profesan otras creencias o —los más odiados— aquellos que no tienen ninguna. En el mismo viaje, es una manifestación de un racismo inconmensurable. Ocurre que como las procedencias y los colores de piel están invertidos respecto al canon, los cándidos silban a la vía sus aleluyas de buen rollo o sus regañinas destempladas a los que se atreven a insinuar, como aquí el arribafirmante, que el rey va desnudo. Lo más triste es que estas líneas servirán para la próxima. Porque la habrá.