¿Y los del ‘No’?

El gran argumento contra el procés, el comodín que resume todo el discurso de quienes niegan el derecho a decidir o incluso a preguntar, es que supuestamente divide a la sociedad catalana. “La parte en dos mitades”, se suele pontificar a ojo de regular cubero. Pasando por alto el hecho obvio de que mantener las cosas como están provocaría exactamente la misma división, hay una evidencia cada vez más clamorosa: esa pretendida mitad de catalanas y catalanes que quieren mantener la actual relación con España o que rehúsan siquiera ser consultados no se deja notar.

Ojo, que no afirmo que no exista. Aunque la traducción de los resultados electorales no sea tan matemática como la interpretación tramposuela nos vende (eso de “en votos son más los no soberanistas que los soberanistas”), sí se puede intuir que una parte considerable del censo está en radical desacuerdo con el camino emprendido hace ahora cinco años. Resulta muy llamativo que esa postura, que se entiende que deriva de unos principios o de unas convicciones firmes, solo se manifieste en las citas convencionales con las urnas. Se diría que el resto del tiempo estas personas se hacen a un lado, rumian su malestar en privado o desde el anonimato en las redes sociales, y delegan en sus airados y sobreactuados representantes políticos, amén de en las numerosas terminales mediáticas que vocean la unidad inquebrantable de la patria española. Incluso cuando los hechos tozudos van mostrando que al otro lado el movimiento es imparable y que no dejan de crecer las adhesiones, siguen sin ser capaces de llenar una plaza. Desconozco los motivos.

Lo dice el niuyorktaims

Y en esas llegó el New York Times y se cascó un editorial sobre la cuestión catalana. 352 palabras, según tuvo el humor de contar cierto opinador partidario de la independencia que lo celebraba tal que si pasado mañana Puigdemont fuera a firmar el ingreso en la ONU o, como poco, en la FIFA. ¿Tan a favor era? Pues eso, oigan, queda al gusto del lector y a su facultad para hacerse trampas al solitario. Hasta donde a servidor le dan las entendederas, el autor, no sin practicar el clásico eslálom ni dejar de dar la impresión de un conocimiento básico del asunto, sí acababa propugnando que se permitiera el referéndum. Eso sí, para que luego el pueblo soberano votara en masa que prefiere seguir en España. Para entendernos, la postura de Iglesias Turrión, llena de lógica y totalmente legítima.

Vamos, que el amanuense del diario estadounidense no descubría la luna. Ocurre, sin embargo, que ese puntito paleto del que jamás nos desprenderemos convirtió su prédica en motivo para el festejo o a la diatriba, según a qué bandería se perteneciese. Para el soberanismo es un espaldarazo del copón de la baraja y una humillación a Rajoy como la copa de tres pinos. Para los de la una y grande, sin embargo, era una membrillez de un garrulo que no tenía ni puta idea. Lo divertido a la par que revelador del tremendo embuste en que nos movemos es que ustedes y yo sabemos que si el gachó hubiera escrito que ni consulta ni hostias, las reacciones habrían sido idénticas a la inversa. Es decir, el españolismo glosaría el tino y la sabiduría del referente periodístico internacional y el catalanismo se ciscaría en sus muelas.

¿Cuántos somos?

25 por ciento de participación en las consultas sobre el derecho a decidir organizadas por Gure Esku Dago el pasado domingo. Hablamos de 35 municipios con una sociología claramente proclive a la cuestión, como se ha venido demostrando en incontables citas electorales. No parece que sea un secreto, de hecho, que igual que en las tandas anteriores, se ha escogido estas localidades porque se pensaba que podían ejercer como locomotora. ¿Reconocemos de una vez que los números no se parecen ni de lejos a lo inicialmente esperado o seguimos despejando a córner con las manidas excusas, interpretaciones o acusaciones cruzadas de culpa?

Por lo que veo, impera nuevamente la segunda opción. Que si tampoco está tan mal. Que, oye, ya mejorará cuando sea de verdad. Que no ayudó el tiempo soleado (con lluvia, ídem de lienzo). Que lo importante es crear cultura democrática. Que en realidad no se planteaba ningún objetivo. Que no hay que cegarse por las cifras. Que qué quieres, si el PNV anda pactando con el PP los presupuestos y eso desanima mucho. Que si no vas a ayudar, no molestes a los que lo están intentando…

Como me sé encuadrable en uno o varios de los enunciados anteriores, antes de hacer mutis, me limitaré a evocar la imagen del lehendakari Ibarretxe en el reciente acto del Kursaal junto a Artur Mas invitando a los asistentes a corear la canción Zenbat Gera? Hay que empezar por ahí, por contarnos. Una vez más, sin pretextos, evitando la tentación de hacernos trampas en el solitario. Ojalá estuviéramos dispuestos a afrontarlo, pero me temo que resulta más sencillo dejarse arrastrar por la cómoda inercia.

Responsable de bien poco

“Yo fui el responsable de todo el 9-N”, reivindica Artur Mas ante el tribunal que lo juzga. Como titular, un regalo. Lástima que la épica se pierda en la letra pequeña. Primero, cuando se pone en plan chivato ma non tropo y deja caer como quien no quiere la cosa que contó con la ayuda del resto de su gobierno, de buena parte del aparato institucional y, en última instancia, de miles de voluntarios. Segundo, al argumentar con una cobardía notable que el Tribunal Constitucional no advirtió de las consecuencias de seguir adelante con el programa. Y tercero y definitivo, en el momento en que confiesa sin reparos que lo que durante meses se presentó como el cara o cruz definitivo no llegó ni a simulacro. Anoten: “No se trataba de hacer una consulta o proceso participativo con vinculaciones legales inmediatas, sino de conocer la opinión de la gente después de inmensas movilizaciones ciudadanas”.

Repasen la hemeroteca y comprobarán que en aquel tiempo se vendía que tras la victoria del doble sí se iniciaría el camino sin retorno hacia la ruptura con España. Cuestión de meses, según la que ya entonces era segunda o tercera versión de la cacareada hoja de ruta. Dos años y pico después vamos por la sexta. Así que el despropósito es todavía mayor de lo que denunciábamos. Ya no es que se juzgue al anterior president de la Generalitat y a dos consejeras por haber promovido el ejercicio democrático del derecho a decidir. Resulta que están en el banquillo —de acuerdo, insisto, con la propia revelación de Mas— por haber montado una especie de encuesta a gran escala que ya sabían que no llevaba a ninguna parte.

Casi imposible

Sabía lo que se hacía el portadista de El País cuando al entrecomillar las palabras de Iñigo Urkullu se dejó por el camino un casi. Sin el adverbio quedaba una frase de los más resultona, interpretable hasta el corvejón a gusto (y no digamos a disgusto) del lector: “En un mundo globalizado la independencia es imposible”. Allende Pancorbo, que le gustaba decir a Xabier Arzalluz, sonaba a sentencia balsámica, rozando lo claudicante o siquiera lo razonable, lo mínimamente admisible por el (re)centralismo que nos asola. Ahí va un vasco que, sin dejar de estar equivocado como todo nacionalista periférico, por lo menos no se emperra en quimeras, parecía ser el mensaje entre líneas, con recado implícito a Catalunya: ¡Qué diferencia, señor Puigdemont! No hay abrazo más dañino que el del oso.

Tampoco quedaba muy bien el lehendakari ante la parroquia del ande o no ande. Confirmando una vez más las teorías pavlovianas, los dedos acusadores se multiplicaron. Una nueva renuncia a los principios esenciales, una burla, una afrenta y, como resumen y corolario, una advertencia del portavoz de Sortu Arkaitz Rodríguez. Se dirigía —¡bravo por la empatía y la capacidad de tejer complicidades!— a un tal Partido del Negocio Vasco, y se enunciaba tal que así: “No permitiremos que 40 años después se vuelva a cometer un nuevo fraude contra este pueblo”. Nótese que habla en nombre de “este pueblo” el representante de una de las cuatro fuerzas de una coalición que en los últimos comicios tuvo el 21,26% de los votos, 16 puntos menos que la formación a la que se lanzaba la invectiva. Así sí que va a resultar del todo imposible.

El DNI

En una conversación en Twitter que seguramente nunca debí iniciar con el diputado de ERC en el Congreso español, Gabriel Rufián, un espontáneo preguntó qué hace a una persona vasca o española. Alguien menos primaveras que yo habría hecho un quiebro, comprendiendo que 140 caracteres no dan para responder a algo así. En mala hora, simplifiqué: “El DNI, la legalidad que tienen que acatar, etc. Cuatro bobadas de ná”. Y ahí me caí con todo el equipo, porque Rufián  —me imagino que sonriendo— aprovechó para soltar el zasca con el que hoy, por desgracia, se fumiga cualquier posibilidad de diálogo. Gran polemista, enorme ventajista con sus casi 100.000 seguidores, me aplastó tal que así: “El DNI @Javiviz? Eres un grande. Gracias de verdad. Que no se pierda ese “pero q pone en tu DNI?” xf”. Mantengo la literalidad, incluyendo mi nick y la peculiar gramática tuitera.

Me quedo, qué remedio, con las hostias como panes que todavía sigo recibiendo de troles y believers rabiosos. Sin embargo, ante ustedes, que en su mayoría me conocen y saben que no cojeo precisamente de unionismo despendolado, reitero lo esencial de mi respuesta. Si todo se redujera a una cuestión de sentimientos, no habría ninguna discusión. A efectos prácticos, estamos marcados por la legalidad que debemos acatar. De hecho, salvo que esté totalmente confundido, se lucha por tener una legalidad propia que refleje y convierta en real lo que se siente. Y dará mucha risa lo del DNI (I, de identidad, por cierto), pero a día de hoy, si tenemos caducado ese papelito plastificado, no nos dejan ni recoger un paquete en Correos. Imaginen el resto.

Catalunya, a trompicones

Catalunya vuelve a la feria de las vanidades y vaciedades que llamamos actualidad. Y está muy bien celebrar que no se han cumplido ciertos negros presagios, pero cualquiera con media gota de realismo sabe que lo del domingo, con ser meritorio, no es para sacar el cava. ¿O es que acaso esto va de salvar los muebles, patadón a seguir y vamos a ver qué pasa? Hasta donde uno recuerda, la primera hoja de ruta ya habría tocado pelo soberanista hace un rato largo. El 9 de noviembre, oigan, fue hace dos años. A mi, que no soy nadie, y al pueblo catalán, que sí lo es, los políticos que tiraban del carro nos aseguraron que, sin la menor duda, la suerte estaba echada.

Me dirán que sigue estándolo, pero en el ínterin, da toda la impresión de que no ocurre absolutamente nada. O peor, que lo que ocurre se parece muy poco a lo previsto y pregonado a grandes voces. Se antoja extraño que alguien hubiera vaticinado el desmoronamiento del partido institucional, la humillación de su líder, un vergonzante cambio de nombre y piel y, de propina, que los enchaquetados y encorbatados sobrevivan al albur de los caprichos de los de las camisetas y las chancletas.

Quizá el asunto tuviera un pase si al otro lado se percibiera algún temblor de rodillas. Lo único que llega del búnker es la sonrisa picaruela de quien ya tiene claro que ha pasado lo peor. En el caso cada vez más probable de unas terceras elecciones, a Rajoy no le viene mal que se le revuelvan un tantín las aguas catalanas. Otro pasito hacia la mayoría necesaria para dejar de estar en funciones. Ahí se las vayan dando todas, pensará, con buen criterio, Mariano.