El morbo hace caja

A los de mi gremio se nos da de vicio el flagelo. Lo que nos habremos atizado a cuenta del tratamiento mediático del caso Diana Quer. Si no hubiera tan tremendo drama detrás, resultaría hasta graciosa la exageración en el rasgado de vestiduras de… ¡exactamente los mismos y las mismas que se venían dando un festín de morbo asqueroso desde el minuto uno de la desaparición de la joven! Encabezan la lista, cómo no, los programuelos televisivos que están en la mente de todos y las cabeceras que tampoco hace falta detallar. Sin embargo, no se quedan fuera las y los exquisitos representantes de la superioridad moral que no han perdido la oportunidad de montarse a lomos de su indignación de plexiglás con el único objeto de pasar por la rehostia de la integridad denunciante, eso sí, a cambio de clics, retuits y aplausos de aluvión.

Parecido asco me da el amarillismo sin escrúpulos en la narración de los hechos que la demagogia ventajista de todo a cien. El fango en que se refocilan lo uno y lo otro es idéntico, lo mismo que el ánimo final, que no es otro que hacer caja. Tan cruel como suena. Nada como las desgracias, especialmente si tienen nombre y apellidos, para llenar la buchaca de los medios y/o los profesionales de la cosa esta del informar u opinar sobre lo que sea y a costa de lo que sea. Pregunten a cuánto se cotiza estos días un anuncio de 20 segundos en los interminables tramos de publicidad de los espacios arriba mentados. Cuando sepan que es un pastizal de escándalo quizá comprendan por qué se estira y estira una historia cuyos elementos básicos principales están contados más que de sobra.

La palabra del año

Como no quería taza, me han tocado tres. Vaya puntería la mía, que hace unos meses echaba aquí las muelas por la difusión, mayormente en labios y dedos muy finolis, del palabro “aporofobia”. Pues ya ven, ahora resulta que el artefacto verbal ha sido declarado “palabra del año 2017” por la llamada Fundación del Español Urgente, más conocida por su (creo que) acrónimo, Fundeu. Conste que es una organización que, en general, nos resulta muy útil a los que nos movemos en los andamios de la lengua castellana, pero como ya vamos para viejos zorros, bien sabemos que en no pocas ocasiones sus recomendaciones se las sacan de la sobaquera. Y luego hay un hecho en el que tendemos a no reparar, pero que si quisiéramos, nos haría ver el mecanismo del sonajero: la entidad está costeada por uno de los dos principales bancos de España.

Es gracioso al tiempo que hartamente revelador que una institución cuyo mecenas es una corporación financiera sin un gramo de piedad hacia los pobres encumbre como término del año uno que justamente significa “Miedo, rechazo o aversión (¿odio?) a los pobres”. Parecería una paradoja, pero no lo es. Todo cuadra. De hecho, “Aporofobia”, como ya señalé en su día, es un término de y para ricos… ¡que manifiestan un desprecio infinito a los pobres! Tipos y tipas de riñón bien cubierto lanzan el exabrupto como insulto a personas que malamente llegan a fin de mes, junto con las manidas imputaciones de ignorancia, zafiedad, insolidaridad y, cómo no, racismo. Lo hacen, simplemente, porque se lo pueden permitir, que para eso viven allá en lo alto de la escala social, donde los pobres no pisan.

Felices postureos

Creo que ya lo he contado en alguna ocasión. Quizá, de hecho, esta es una columna repetida. El caso es que paso por ser un tipo muy poco dotado de espíritu navideño. Como ocurre con cualquier leyenda de andar por casa, yo mismo soy el primero en alimentar la que me ha tocado. Así, gruño cuando un villancico perturba mi paz o me cisco en lo más barrido ante la visión de una trenza de espumillón, unas bolas brillantes o un gorro de Papá Noel del bazar chino.

Pero ahí me quedo. Mi postureo —aprovechemos a escribirlo, ahora que la RAE ha bendecido el palabro— no llega, me parece, a la memez con balcones a la calle de esos especímenes que durante estas fechas se suben a la parra para vomitarnos su superioridad moral. Hablo, por ejemplo, de la patulea megachachi que desea feliz solsticio de invierno (o solsticia, o de invierna) con miradita de qué pedazo de progre estoy hecho. O de esos chiripitifláuticos de Izquierda Unida de Madrid que echaron a modo de gargajo un Christmas con un árbol de navidad en llamas, jijí-jajá, porque la iglesia que más ilumina es la que arde.

Eso, en la media distancia. En la corta, y con harto más dolor, tengo que apuntar el cambio del nombre Jesús por el de Peru o la omisión de cualquier elemento que aluda al cristianismo en los villancicos tuneados de algunas de nuestras escuelas públicas. Probablemente, la intención sea buena, pero manda un quintal de pelotas que en nombre del respeto se incurra en tamaña falta de respeto. Resulta infinitamente más coherente —y, desde luego, valiente— suprimir la celebración que imponerla en una versión aguachirlada de sí pero no, no pero sí.

¿Aporoqué?

¡Vengan, damas y caballeros del pensamiento chachipiruli, que me lo quitan de las manos! Les traigo la ultimísima moda del argumentario esférico, irrebatible, impepinable y con recauchutado de intelectualidá de mesa-camilla. Anoten: A-po-ro-fo-bia. Se lo silabeo tras comprobar que tres de cada cuatro apóstoles de la progritud que han comprado la moto pronuncian mal su nombre. Dicen aporafobia, con a, y con la osadía de los ignorantes, aun tienen los bemoles de cascarte la presunta etimología del palabro. “Pues viene de Aporas, que significa pobre en griego”. Que no, que en el idioma de Sófocles, pobre se decía aporos, con o, que literalmente quiere decir “sin recursos”.

De todos modos, la confusión va más allá de la anécdota. Es pura categoría que retrata el tipo de seres humanos que se apuntan a cada gominola para explicar el mundo que se echa a rodar. Parece que en este caso, si no lo ha acuñado, el término lo ha puesto en circulación —lo ha hecho viral, que se dice ahora— la filósofa y nada menos que miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Adela Cortina. Su tesis es que, dado que no se odia, por ejemplo, a los futbolistas extranjeros pero sí a los desheredados en general de otras latitudes, el odio está fundamentado en la carencia de posibles y no en el origen. De ahí, que lo apropiado sea hablar de la tal aporofobia en lugar de xenofobia. Pontifica Cortina que el rechazo a los pobres implica siempre una actitud de superioridad. Y ahí se delata, puesto que son los pobres los que manifiestan mayoritariamente esa actitud que describe desde lo más alto de la pirámide social.

No se hable del tiempo

Anoten la penúltima del manual del perfecto progre: informar sobre la ola de calor es una forma sibilina de colaboracionismo rastrero con el sistema. Con el neoliberal-capitalista, con cuál va a ser. O de entreguismo puro y duro. Como lo están leyendo. Sostienen las almas de inmaculada pureza que la proliferación de noticias sobre las altas temperaturas obedece a un plan perfectamente diseñado para evitar que el populacho —que es tonto y traga con lo echen— se entere de las cuestiones candentes, palpitantes y hasta sangrantes. ¿Cómo cuáles? Cualquiera de las del catecismo habitual, qué sé yo, desde el TTIP o el CETA a la heroica huelga de estibadores pasando por las corruptelas sin cuento del PP, la cuestión catalana o los 60.000 millones de euros del rescate a los bancos que se dan por perdidos definitivamente.

Un momento, dirán ustedes, de todas esas cuestiones se habla a tutiplén por tierra, mar y aire. Hasta el aburrimiento en algunos casos. Bueno, pues da igual. Más se tenía que hablar, no se me pongan cuñados. A ver con quién han empatado para discutir la superioridad moral de los que decretan sobre qué se debe piar y sobre qué no. Y hasta nueva orden se ha decidido que es de mala nota y baja estofa que los medios de comunicación convencionales contemos a nuestra clientela que los termómetros andan desbocados y el personal va por ahí sudando la gota gorda. Se supone que incurrimos en una obviedad innecesaria pues todo el mundo con la cultura mínima sabe que en verano hace calor y que en invierno hace frío. Cosa distinta sería aprovechar el viaje para dar una teórica sobre el cambio climático.

Democracia según Alba

Como sé que andan ayunos de conocimiento sobre lo que es la democracia verdadera, dejo que la gran chef de la política con dos estrellas pabletín y artista del trapecio intelectual, Nagua Alba, les sacie de un solo golpe de cuchara. En una entrevista en El Correo y Diario Vasco le recordaban a la secretaria general de Podemos en la CAV y diputada en Madrid que su formación no tiene el respaldo suficiente para que prospere la [grotesca] moción de censura contra Mariano Rajoy. Conociendo el paño, mayormente porque llevo semanas haciendo la misma [inútil] apostilla a varios portavoces de la cosa morada, me esperaba una de las peteneras de rigor. Que si ya se verá, que si se trata solo de que los partidos se mojen, empezando por el PSOE recuperado de Pedro Sánchez, que si también decían eso de la Felipe contra Suárez y luego pasó lo que pasó… Y sí, casi toda la retahíla vino después, pero como aperitivo, Alba dejó para las antologías lo que sigue: “El problema está en que la mayoría parlamentaria no refleja lo que es la mayoría social, la mayoría real”.

Podrá cada cual hacer su comentario de texto, pero incluso las interpretaciones más benévolas tendrán que concluir que, dado que la gente no tiene ni pajolera idea de votar, la representación social es la que se le pone a ella en la punta de la nariz, y al que no le guste, que le eche azúcar. Es difícil escoger si despatarrarse de la risa, llorar un océano o empezar a ciscarse en lo más barrido. Sin desdeñar ninguna de las opciones, apuesto por tomar tal demostración de descaro como un preciso retrato ideológico de quien la ha aventado y de su partido.

Macron no es Le Pen

Es curioso cómo cambian los sermones. Antes de la primera vuelta de las presidenciales francesas, la obsesiva martingala era que había que evitar a toda costa una victoria de Marine Le Pen. A la vuelta de cada esquina había un profeta anunciando con los ojos fuera de las órbitas las mil y una plagas que sobrevendrían a la llegada al Elíseo de la candidata del Frente Nacional. En cuanto las urnas dejaron a la doña con unos números que, sin ser ni mucho menos malos, parecen alejarla de su objetivo, el pánico impostado se desvaneció para dejar paso a los campeones intergalácticos de la superioridad moral.

La nueva letanía es, como ya anotamos aquí entre la risa floja y el llanto inconsolable, que da lo mismo votar a la extrema derecha desorejada que a un tipo al que en tres asaltos se le ha hecho el traje de neoliberal de caricatura. No crean que no me da rabia conceder la razón a mi nada estimado Fernando Savater: qué diferencia entre lo que se quiere y lo que se quiere querer. O, más sencillamente, entre lo que se proclama con la bocaza y lo que secreta y vergonzosamente se desea.

Estamos en un cuanto peor mejor de libro. Más patético, si piensan que no les hablo de ciudadanos franceses con derecho a sufragio (que al fin y al cabo se juegan su futuro y sus cuartos), sino de cómodos pontificadores que desde el sur del Bidasoa arreglan las vidas ajenas en un par de tuits o sentencias jacarandosas. Siguiendo su propio modus operandi, resulta tentador fantasear con el que sería enésimo patinazo de las encuestas. Bien es verdad que si se diera el caso, correrían a berrear que ya lo habían advertido.