Actos y consecuencias

Un jurista vasco de reconocido prestigio por quien profeso admiración, respeto y cariño me reprocha que me estoy volviendo un radical. Se refiere a mi columna de ayer, que curiosamente escribí con el freno de mano echado y que no envié a publicar sino después de repasarla media docena de veces para evitar que pareciera que me estaba lanzando por el peligroso tobogán de la demagogia facilona. Nada más lejos de mi intención que dar la impresión de que llamaba a las capuchas y las antorchas. Al contrario, mi pretensión, incluso a fuerza de un ejercicio de autocontención franciscana, era y es templar el debate sobre cómo hay que actuar con unos críos que, teniendo un gigantesco historial de tropelías violentas, terminan arramplando con una vida y aun tienen el cuajo de vanagloriarse públicamente de haberlo hecho.

La receta no puede ser, en ningún caso, hacer como que no ha pasado, so pretexto de la martingala que sostiene que no hay que echar gasolina al fuego. ¿Cómo explicar que en esta vaina los genuinos incendiarios son los santurrones que predican desde sus elevados púlpitos que la sociedad es la culpable, salen con el topicazo de las familias desestructuradas o se encaraman a la cansina letanía de la educación en valores? ¡Como si el primero de esos valores no debiera ser tener claro que los actos acarrean consecuencias! Confieso que me resulta imposible entender, salvo como perversión que debería ser inmediatamente tratada, que los mismos que llaman a la necesidad de hacer un esfuerzo por empatizar con los verdugos sean incapaces de mostrar un sentimiento remotamente parecido hacia las víctimas. Y así nos va.

La reconciliación obligatoria

Una de las cosas que más me jorobaba de crío era que, después de haberme hostiado en el patio con algún compañero, viniera el profe enrollado de turno con la consabida cantinela: “Y ahora os dais un abrazo y volvéis a ser amigos”. A uno, que ya entonces creía tener algo parecido a principios, aquella pacificación por decreto le parecía, además de una intromisión intolerable, una memez. De hecho, al abrazo forzado solía acompañarle un susurro recíproco: “A la salida te espero”. Y, efectivamente, después del timbre y fuera de los límites escolares, a salvo de la autoridad competente, retomábamos la pelea.

A partir de ahí, se abría un mundo de posibilidades. Igual podías pasarte dos meses a tortazo limpio que te convertías en uña y carne del que te había desguazado las gafas. Lo más habitual, sin embargo, era mantener con él una convivencia tensa que tendía a la indiferencia. La vida seguía, eso era todo, y había nuevos enemigos, juegos, parciales de mates o amoríos tempranos que atender. Aunque no pensáramos en ello, sabíamos que la infancia era muy corta.

Hoy, certificado eso último con una barba canosa y algunos achaques, sigo teniendo la misma desconfianza en la reconciliación obligatoria. No discuto las encomiables intenciones de los que la portan todo el día en la boca, pero dudo sinceramente que se pueda llevar a la práctica. Claro que me emociono como el que más leyendo o viendo uno de esos reportajes en que un terrorista y un familiar de una de sus víctimas comparten un café y tres reflexiones. Pero, aparte de que aún estoy por ver lo mismo entre un torturador y un torturado, no se me escapa que es una excepción.

Lo normal, lo humanamente normal, es que quien ha sufrido no quiera tener mucho que ver con quien juzga responsable de su padecimiento. Deberíamos conformarnos con la certidumbre de que esas situaciones no se van a volver a repetir. Y quien desee reconciliarse, que lo haga.