La guerra de las placas

Y ahora, la guerra de las placas. Ponerlas para que las quiten y así poder echarse las manos a la cabeza. Acción, reacción, acción. Jugando con las cartas marcadas. Qué mal quedan, ¿verdad?, los ayuntamientos que ordenan retirar letreros que contienen los nombres de personas asesinadas. Se antoja una actitud que roza lo inhumano. Una prueba de complicidad, gritan allá en el ultramonte. Media corchea por debajo, se dice que es la prueba de la conciencia culpable de los que no quieren tener recordatorios visibles de lo que ocurrió cuando, según el vieja teorema, se miraba hacia otro lado. Ya saben, la cantinela de la sociedad enferma.

Por fortuna, ese cuento para no dormir ha dejado de colar. Como contábamos anteayer, el acto del viernes en Gasteiz fue, entre otras muchas cosas, un indicador de progreso notable. Incluso contando ciertas declaraciones intencionadamente ásperas o la más que probable incomodidad (por falta de costumbre, mayormente) de algunos de los presentes. Qué curioso, que el único discurso estentóreo fuera el de la misma asociación de víctimas que unas horas más tarde aprovechó la madrugada para fijar nada menos que 62 placas en las calles de Bilbao y Donostia.

Ocurre que uno y otro ayuntamiento, lo mismo que la mayoría de los consistorios vascos, tienen ese parcial aprobado hace tiempo. Lo atestiguan diversas iniciativas de reconocimiento, recuerdo y homenaje, tanto de las víctimas a las que figuran en los carteles fijados de tapadillo, como de las que, por haber sufrido una violencia igualmente injusta, merecen una consideración idéntica. Esas a COVITE ni le importan en absoluto.

Unidad, por fin

Acabaremos haciéndolo bien del todo cuando no haya nadie mirando. Ahora estamos en casi nadie. Que levante la mano el común de los mortales que prestó más de veinte segundos de atención a los actos de solidaridad con las víctimas del terrorismo que se desarrollaron el viernes en Gasteiz e Iruña. Quizá el de la capital navarra, justamente por la división y las sonoras ausencias, mereciera un enarcamiento de ceja más prolongado. Y ni eso, que coincidir con un terremoto tampoco favoreció su relieve. Algo nos llegó de los enésimos desmarques de UPN y PP acompañados de las letanías sobre la equiparación. Oportunidad perdida, pero no hay que desesperar. También es verdad que en la comunidad foral existe menos costumbre de estos homenajes con vocación de pluralidad.

En el caso de la demarcación autonómica, llevamos tiempo intentándolo. Otro asunto es que solo nos acordemos los muy cafeteros. Acordarnos a medias, porque he tenido que mirar en Google para cerciorarme de que el primer gran acto que buscaba la unidad fue el que organizó el lehendakari Juan José Ibarretxe hace casi un decenio, en abril de 2007. “El circo de Ibarretxe”, lo descalificaban los mismos que hoy se han convertido en sus tardíos admiradores. Desde el otro flanco, el de las asociaciones oficialistas, el boicot fue feroz. Aun así, hubo un puñado de gentes de buena voluntad que dieron el paso de estar. A fuerza de pruebas y errores en los años sucesivos, llegamos a la inspiradora estampa del viernes pasado en la plaza de la Virgen Blanca. Ahí sí estaban prácticamente todos, aunque no fuera la gran noticia que habría sido en otra época.

Un homenaje necesario

Navarra, 18 de febrero de 2017. Con decenios de vergonzoso e hiriente retraso, se rinde tributo a las víctimas provocadas por excesos policiales y grupos de extrema derecha, tanto monta, monta tanto. Como aperitivo, intentos de impedir el acto en los tribunales, una esperpéntica prohibición de mencionar por sus nombres a las personas homenajeadas, insultos graves de militares franquistas a la presidenta de la Comunidad, la clásica campaña de sapos y culebras en los medios del viejo régimen y, resumiendo, un retrato a escala 1:1 de la zafiedad política de las siglas que hoy conforman la oposición de acoso y derribo.

Señalaremos con asterisco al PSN, que después de su consabido slalom declarativo —sí, no; no, sí; bueno, ya veremos—, sintió la necesidad de justificar su presencia advirtiendo que estaría vigilante. No recuerda uno que los frustradores compulsivos de cambios actuaran como centinelas de lo admisible cuando en una concentración de apoyo a la Guardia Civil tras el episodio de Alsasua se escucharon exabruptos de alto octanaje. En cuanto a UPN y PPN, no cabe añadir nada que a estas alturas no esté dicho y redicho. Su ruidoso desmarque les sitúa a menos de un centímetro de la justificación de los asesinatos hasta ahora impunes de esas personas cuyo solo nombre les ofende.

A modo de epílogo, las tres fuerzas arriba mencionadas exigen que Uxue Barkos explique en el parlamento los detalles del acto del sábado. Sin duda, la presidenta sabrá ofrecer la oportuna respuesta. Al margen de lo que añada, el mensaje básico es muy simple: se hizo algo que se debió haber hecho hace muchísimo tiempo.

Censura en Donostia 2016

La capacidad de pegarse tiros en el pie de Donostia 2016 empieza a ser digna de estudio. Desde que era una idea recién parida por el entonces alcalde y hoy verso suelto a tiempo completo, Odón Elorza, hasta estas largas vísperas de la clausura, no ha dejado de acumular broncas, bronquillas y broncazas. Casi todas ellas, además, absolutamente innecesarias. Tanto, que la sucesión de rifirrafes invita a una suerte de teoría de la conspiración: ¿no será que lo están haciendo adrede para que se hable de un evento que en sí mismo —no nos engañemos— interesa a locales y foráneos poco tirando a nada?

Sí, suena a desvarío paranoico, pero no menos, me van a reconocer, que el motivo de la última zapatiesta. Oigan, que hablamos de censura abiertamente reconocida y justificada por los responsables ejecutivos y políticos de la cosa. Se admite sin el menor rubor que se han retirado equis obras de una exposición de arte realizado en centros de reclusión porque las firman presos o expresos de ETA, y eso podría “ofender a las víctimas del terrorismo”. ¿Por el contenido? ¡No, por la mera autoría!

Por las propias características de la muestra, es bastante probable que tras el resto de los trabajos haya asesinos, pederastas, violadores, políticos corruptos… La lista de posibles agraviados es amplia. Yo mismo me incluiría en ella, si no fuera porque en realidad me importa una higa lo que se pueda exhibir en una feria de manualidades creadas, no dudo que con toda ilusión, en talleres ocupacionales. De hecho, lo que de verdad me asombra y me irrita es que nos lo cuelen como arte. Y más aun, que lo censuren torpemente.

Otro desmarque del PP

Desde que, en los tiempos del parlamento incompleto por imperativo legal, el Gobierno de Patxi López instituyó el Día de la Memoria, he cumplido el trámite de escribir en todas y cada una de las ediciones sobre este peculiar brindis al sol. De vísperas, en la jornada o, como hoy, a toro pasado. Un repaso cronológico de esos desahogos arroja como resultado quintales de melancolía veteada de cierta irritación. Nada parece haber cambiado. Flores, pebeteros, discursos, gestos de estudiada solemnidad y, por supuesto, desmarques.

Este año, en singular: desmarque. Ha sido de nuevo la menguante quinta fuerza política del país, el PP, la que ha hecho mutis bajo el intelectualmente perezoso pretexto de que el homenaje se creó solo para las víctimas del terrorismo. Y ahí, aunque meten para hacer bulto a las del GAL y el Batallón Vasco Español, es evidente que se refieren exclusivamente a las de ETA. Sostienen los ahora comandados por el regresado Alfonso Alonso que la inclusión de cualquier otro sufrimiento que no sea el genuino, el homologado por la Denominación de Origen del Dolor, incurre en perversa equiparación y no están dispuestos a pasar por eso.

Somos lo suficientemente mayorcitos para tener claro que tras tan endeble argumentación  —casi insulto a la inteligencia y, desde luego, a las personas que han sido objeto de daño injusto— no hay más que marketing politiquero. Desnudo sin ETA, como reconoció la laminada antigua presidenta, Arantza Quiroga, y con el resto de mensajes cogidos por otras siglas, el PP vasco ha decidido seguir explotando las rancias martingalas constitucionalistas. Así les va.

Fabio, 25 años

Se me humedecieron los ojos, cómo evitarlo, leyendo el pasado domingo el reportaje de Kike Santarén sobre el asesinato del niño Fabio Moreno hace ahora 25 años. Durísima, la expresión “el hijo de un txakurra”, pero es que exactamente así justificaron y menospreciaron el crimen muchos de los que ahora tildan a los demás de enemigos de la paz. Tanto ir con la memoria en la boca arriba y abajo, y qué poco les gusta que les recuerden que sus héroes, esos a los que aún hoy festejan, no tuvieron el menor empacho en manchar el asfalto con sangre infantil. Daños colaterales, decían, y esa era la versión amable frente a la otra, la que helaba el alma: socialización del sufrimiento.

Tengo grabados a fuego aquellos días de noviembre del 91. Ya llevaba varios atentados cubiertos, pero este fue el primero que me tocó en mi pueblo, y desde luego, el primero que tenía como víctima a una criatura. De dos años, concretamente. Inenarrable la imagen, en la primera de Deia, de la chamarra ensangrentada del pequeño a unos metros del coche de su padre, reventado por la bomba-lapa. Guardo también, imposible de borrar, el brutal dolor de su madre, Arantza, entrevisto en la puerta de su casa cuando un periodista malnacido le hizo abrir gritando “¡Soy de Correos, tengo un telegrama del rey!”. Y cómo no, el féretro blanco saliendo de la iglesia de San Agustín, donde aguardaba una multitud que desbordó Erandio.

Álex, el mellizo de Fabio, que salvó la vida de milagro, dice hoy que se tomaría un café con los asesinos —los para algunos mitos Javi de Usansolo y Gadafi— para que le contaran por qué lo hicieron. ¿Qué le dirían?

Contra el olvido

Con el rostro pétreo de costumbre, Javier Maroto hace un birlibirloque de unas viejas palabras de Xabier Arzalluz y termina recetando inyecciones de olvido a las víctimas del 3 de marzo. Su consejo, pasar página. La náusea es inmediata. Y con ella vienen la indignación, el dolor, la incredulidad y la sospecha —una vez más— de que el exalcalde de Gasteiz no tiene corazón.

Sé que es duro lo que acabo de escribir, probablemente mucho más que cualquiera de las mil y una invectivas que le he lanzado a lo largo de los años. Sin embargo, no se me ocurre otro modo de referirme a alguien que sale sin ambages en defensa de los oscuros verdugos ideológicamente no lejanos que provocaron la matanza. Después de cuarenta años de negación, de justificación, de ninguneo, de inconmensurable agravio comparativo, un individuo en calidad de portavoz municipal de su grupo político se permite abogar por la amnesia voluntaria. No cuesta demasiado imaginar lo que —¡con toda la razón del mundo!— diría Maroto frente a quien propusiera echar tierra sobre los asesinatos y las extorsiones de ETA.

Y este es el punto en que las presentes líneas se vuelven reversibles. No, no, y un millón de veces no a cualquier forma de cierre en falso. Dos millones si se tratan, de acuerdo a la costumbre, de desmemorias selectivas, es decir, sectarias. Vale ya de esa trampa inmoral que consiste en exigir que se llegue hasta el fondo de estas responsabilidades mientras se demanda el pelillos a la mar para aquellas. Si de verdad pensamos que todo el sufrimiento es uno —por desgracia, me temo que no es así— deberíamos conjurarnos contra el olvido.