Arrimadas, a callar

Previsible, repugnantemente previsible. Una tipeja se encarama a su muro de Facebook para proclamar sus deseo de que la dirigente de Ciudadanos, Inés Arrimadas, fuera violada en grupo a la salida de una entrevista que le están haciendo en una cadena de televisión. La individua, espécimen de manual del bocabuzón amateur que se gasta en las llamadas redes sociales, no se priva de empezar su vertido de bilis dejando claro que sabe que le “van a llover las críticas” y que lo que va a decir “es machista y todo lo que se quiera”. Para terminar de quedarse a gusto, la mengana remata la deposición subrayando que la agresión grupal es lo que se merece “semejante perra asquerosa”.

Es verdad que cuando Arrimadas denunció públicamente la brutal demasía, hubo un primer momento de aparente indignación y solidaridad más o menos generales. No cabría esperar algo diferente, ¿verdad? Pues, lamentablemente, se equivocan. Fue cuestión de un par de horas que cambiaran las tornas. Por sorprendente que les parezca —ya les digo que yo sabía que ocurriría—, la vejada dialécticamente acabó siendo la mala de la película.

Las y los campeones de la progritud, los mismos que gritan más alto que nadie “Tolerancia Cero” y “No es No”, empezaron a tacharla de irresponsable por no haber callado. Por lo visto, sufrir esos ataques le va en su sueldo como representante política. Servía también como justificación que no fuera la única a la que le ha pasado algo así. Cómo no, salió a colación la santa libertad de expresión, aunque lo insuperable fueron los que dijeron que lo verdaderamente machista era meterse con la autora del mensaje.

No basta con palabras

Una vez más, y pierdo la cuenta de las que van, lo sorprendente es que nos sorprenda. ¿Cómo puede ser que siga habiendo agresiones sexuales en las fiestas con lo bien que nos quedan los lemas, los avatares, las manitas rojas o las huellas moradas? ¿Por qué misterio insondable los agresores no se detienen en seco ante nuestras contundentes e inequívocas requisitorias? ¿De qué mecanismo demoníaco se sirven los violadores para evitar que hagan mella en ellos las formidables concentraciones, marchas, movilizaciones o lo que sea en que les dejamos claro clarito que No es No, que ojo al cristo que es de plata y que a ver si vamos a tenerla?

Me canso de escribirlo. Supongo que no están de más las bienintencionadas campañas, las coloristas y hasta multitudinarias salidas a la calle o las diferentes expresiones públicas de rechazo a los depredadores. Pero mal vamos si nos persuadimos de que una pegatina o un pin son el remedio. Y me temo que en esas andamos. Basta ver cómo en Sanfermines o en cualquier otra fiesta todo este material se reparte y se recibe como si fueran estampitas de la Virgen de los Remedios para combatir el flato.

Se diría que se busca —y tristemente, se consigue— un efecto balsámico sobre las conciencias. No pongo la palabra por casualidad, pues de ella deriva otra que se repite machaconamente, también a modo de exorcismo: concienciación. Que sí, que cada vez estamos más concienciadas y concienciados. ¿Quiénes? Pues las personas que jamás de los jamases forzaríamos a una mujer ni justificaríamos a quienes lo hacen. Tendríamos que actuar, y no exactamente con palabras, sobre esos tipejos.

1.073 denuncias falsas

8 de marzo otra vez. Conforme a la costumbre, se imponen las maravillosas proclamas, los gestos, las promesas, las campañas, o lo que es lo mismo, y siento mucho decirlo, la casi nada.

Añadan a la vaciedad bienintencionada, si quieren, estas mismas líneas, que también forman parte de la rutina. Solo cambia que cada vuelta de calendario son hijas de una impotencia y un cabreo mayores. Ya no es únicamente la constatación de que la tan mentada educación-en-valores, lastimoso comodín o amuleto que sigue trufando las prédicas reglamentarias, no solo no ha frenado la peste, sino que nos ha provisto de camadas tan o más machistas que en los tiempos de la Enciclopedia Álvarez. A esa maldición que se corrige y se aumenta, sumo lo que llevamos visto desde la madrugada en que nació 2016.

Sí, les hablo de Colonia y de las otras ciudades europeas donde se produjeron en nochevieja centenares de agresiones sexuales coordinadas. Solo en la localidad alemana sumaron 1.073 denuncias. Las primeras reacciones de quienes habitualmente lideran la batalla por la igualdad fueron del silencio bochornoso a la minimización (“Se está haciendo demasiado escándalo por algo que no fue para tanto”), pasando por la contextualización vomitiva (“Es que les mandaban mensajes erróneos a esos hombres”). Dos meses largos después, desde el feminismo de discursos y formas más contundentes, se ha dado un ignominioso paso más: la negación pura y dura. La nueva teoría, que asombrosamente ha hecho fortuna en los sectores progresís de costumbre, es que estamos ante un colosal montaje para provocar el aumento de la xenofobia. Y colará.

El juego de la violación

Silencio, se viola. Absténganse de incomodar, moralistas de tres al cuarto, tocanarices con escrúpulos y demás melindrosos. ¿No ven que se trata de un simple juego? En concreto, el de la violación, o en lengua vernácula, Taharrush gameâ. Verán qué divertido. Se localiza una mujer en medio de una multitud, preferentemente de noche, aunque tampoco es imprescindible. Pueden ser dos, tres, incluso cuatro. Total, siempre habrá superioridad numérica por la parte agresora, que se dispondrá en tres círculos alrededor de la presa o las presas. En el primero, los violadores; en el segundo, los mirones y jaleadores; en el tercero, los guardamokordos, que expulsan a hostias a cualquiera que intente interponerse. Para la siguiente víctima, se cambian las posiciones.

Y así, hasta que el cuerpo aguante, que la madrugada es joven y la impunidad, prácticamente absoluta. Bueno, mejor que eso: una parte considerable de aquellos ¡y aquellas! que en otras circunstancias sacan la pancarta más gorda a paseo se transmutan en imitadores del tristemente célebre juez de la minifalda. La culpa es de ellas, que van pidiendo guerra, proclaman unos (¡y unas!). Son denuncias falsas, porfían otros (¡y otras!). Hay que saber mantener un brazo de distancia, aporta la audaz alcaldesa de uno de los lugares donde ha ocurrido la infamia. Y como resumen y corolario de esta nauseabunda complicidad, los (¡y las!) adalides del discurso de género más contundente se ponen como hidras para dejar claro que lo grave no son los abusos sexuales, sino el malintencionado tratamiento mediático. Ni se imaginan cuánto me gustaría estar exagerando.

¿Tolerancia cero?

Otra concentración modélica. Todo perfecto. La multitudinaria asistencia y su plural representación política incluyendo a la nueva autoridad municipal. Las pancartas, las consignas, los folletos esgrimidos como un (inútil) detente-bala. Ni una agresión sexual más, basta ya, no es no, aski da. Palabras, una vez más, al viento. Muy bonitas y muy sentidas en los titulares, pero al cabo, apenas una conjura para la impotencia o unas gotas de árnica para la conciencia. Necesitamos pensar que hacemos algo, que no nos resignamos, que no aceptamos y ya. Y está muy bien, oigan, salir a la calle y gritar muy alto, aunque se sepa —porque se sabe, ¿verdad?— que el mensaje jamás les va a llegar a los destinatarios, o que si les llega, por un oído les entra y por el otro les sale.

No es la primera vez que pregunto, y en cada ocasión lo hago con mayor desazón, si una vez comprobado que somos la rehostia mostrando nuestra repulsa, no habrá llegado el momento de trasladar esa pericia a evitar los ataques. Con algo más que bienintencionadas campañas de concienciación, quiero decir. O con planes de actuación que vayan más allá de clausurar los lugares donde estadísticamente se producen las agresiones o de invitar a las posibles víctimas a no pasar por aquí, por allá o por acullá, no sea que les vaya a tocar a ellas.

¿Qué tal si empezamos a perseguir en serio y sin miramientos todas las conductas de sometimiento heteropatriarcal y no solo las políticamente correctas? ¿Y si nos conjuramos para que “Tolerancia cero” pase de ser un resultón deseo expresado en voz alta a un principio que se demuestra a través de los hechos?

Puntos negros

Sigo en los túneles de Lutxana. Pura cabezonería, ya lo sé. Ocurre que no quisiera ser cómplice, ni siquiera en vigesimoquinta derivada, de la próxima violación. Porque ustedes y yo sabemos que ocurrirá, ¿verdad? Tal vez no exactamente en estos pasadizos ahora tristemente célebres, aunque tampoco sería tan extraño a la vista de la chapucera presunta clausura a base de unas cintas de plástico que cualquiera que quisiera franquearía sin mayor dificultad. Podría ser, por desgracia, en otro hito del rodeo que los y las viandantes tendrán que hacer tras el cacareado cierre; a mi el paso bajo la autopista, por ejemplo, no me inspira la menor confianza. Y si no es ahí, a trescientos metros, a quinientos, o a dos, treinta o cien kilómetros.

En realidad, cuando digo que sigo en esos túneles, no lo hago como referencia espacial concreta sino como símbolo de tantísimos lugares donde hay altas probabilidades de sufrir una agresión sexual. Deben de ser centenares en nuestro entorno, e incluso me consta que se han cartografiado por municipios, por comarcas, por territorios y hasta por comunidades, pues tengo el recuerdo difuso de su presentación en bienintencionadas comparecencias ante los medios. Otra cosa es que las interesadas, las probables víctimas, hayan llegado a saber de la existencia de esos mapas o estén a su alcance. Yo llevo tres días dando vueltas en Google y apenas encuentro apuntes fragmentados y dispersos.

Más allá de esa reveladora ineficacia comunicativa, ya decía ayer que es una falacia pretender acabar con las violaciones señalando en un plano los lugares en que se producen o, como ha sido el caso de Barakaldo, vedando el tránsito por ellos. Defiendo, claro, una arquitectura urbana que no se lo ponga fácil a quienes están dispuestos a cometer un delito. Pero aparte de que eso es cuestión de años y de que que se siguen construyendo ratoneras, insisto en que por sí solo no basta.

Túneles de la vergüenza

Se cuenta que en la época del bajito de Ferrol, un avispado subsecretario dio con una brillante solución para reducir drásticamente la gravedad del rosario de accidentes ferroviarios que ocurrían por entonces. Dado que el mayor número de víctimas se registraba entre los que viajaban en el vagón de cola, propuso eliminar de los convoyes el último coche. Cuando un machaca de la centuria que sabía sumar y restar le hizo ver en voz baja que en ese caso, el penúltimo pasaría a ser el último y se estaría en las mismas, el fulano se rascó la cabeza y concluyó: “Pues no va a quedar otro remedio que prohibir que los ciudadanos utilicen el tren”.

No se puede negar que la lógica de aquella luminaria del régimen era aplastante. Tanto como la que ha aplicado el ayuntamiento de Barakaldo para acabar con las agresiones sexuales en los túneles de Lutxana: se cierran y santas pascuas. Allá películas cómo se las tengan que apañar los y las que deben cruzar de un extremo a otro. Y mucho peor: que le vayan dando al derecho a circular con seguridad por los espacios públicos. Como sigamos profundizando en el argumento, el mensaje final será: “Mujer, si no quieres que te violen, no salgas de casa”.

Leo con tristeza y asombro que la medida se ha tomado de acuerdo con asociaciones de mujeres y tras consultarlo con los grupos políticos. Sigo esperando que fuera una disculpa inventada por el portavoz municipal que anunció la clausura. Si no llega el desmentido contundente, lo tomaré por una dolorosa claudicación. Por desgracia, debo añadir que tampoco me extrañaría. De un tiempo a esta parte, percibo horrorizado e impotente que todo lo que se hace frente a los ataques sexuales es ponerse tras una pancarta cuando han sucedido. Ya escribí que somos el copón condenando y rechazando. Lo de evitarlo lo tenemos atragantado. Y si hay que echarle la culpa a alguien, para eso están los túneles. Los agresores, encantados.