Ni en Iruña ni en Leioa

Lo de los episodios violentos de vuelta a nuestras calles empieza a parecerse a la corrupción del PP. Demasiados y demasiado seguidos para que cuele que son casos aislados. Y qué despiste monumental, por cierto, en cuanto a las repulsas, los rechazos y las condenas. Hasta donde llevamos visto, no es lo mismo en qué lugar se producen ni a quién hacen la faena. Qué diferencia entre el inmenso cabreo que parecieron suscitar los altercados del Casco Viejo de Iruña con los condescendientes silbidos a la vía que han seguido a los enésimos estragos causados por la alegre chavalada en instalaciones de la Universidad del País Vasco. Es gracioso, o más bien, simplemente revelador, que los que nos abrasan con sus martingalas sobre la defensa de lo público se muestren tan poco exigentes cuando unos niñatos que malamente aprobarían la ESO se cargan material de uso común que nos sale muy caro.

Están de más las medias tintas, las inercias y las holgazanerías justificatorias que contienen la expresión “pero es que”. La contundencia en la denuncia no tendría que dejar lugar a dudas. Lo explicaba muy bien Xabier Lapitz el otro día. El fin de estos grupúsculos que, pese a su supuesta pequeñez, tanto relieve están adquiriendo, es situar al grueso de la Izquierda Abertzale frente a sus contradicciones. ¿Lo están consiguiendo?

Si en Iruña se vio muy claro que, en una curiosa pero no sorprendente comunión de intereses, los camorristas importados estaban haciendo inmensamente felices a los adalides del viejo régimen, debemos aplicar la misma lógica al resto de incidentes. Y, ojo, no solo por motivos tácticos sino éticos.

El rebrote

Apenas se nota que a algunos se les hacen los dedos huéspedes y el tafanario txakoli asistiendo de nuevo al espectáculo de los contenedores en llamas, las pintadas amenazantes y las fachadas tiznadas por el impacto de dos cócteles molotov lanzados, por cierto, con torpe puntería. Mientras no se vayan demasiado de madre, estas pirotecnias pseudoheroicas y garrulas dan pie al lucimiento ante cámaras y micrófonos y, sobre todo, al reproche preferido de cualquier ser humano, incluido el que suscribe: “¡Os lo dije!”. Da gustito, no nos engañemos, comprobar que las profecías, incluso las apocalípticas, se cumplen, aunque sea trayéndolas por los pelos como en este caso. Y si el precio es un puñado de destrozos, bueno, ya lo pagará el seguro… o como hasta ahora, saldrá de los bolsillos de los ciudadanos vía impuestos.

Al otro lado de la linea imaginaria, el espectáculo no es mucho más edificante. De entrada, confusión y zozobra. ¿Rechazo, no rechazo? ¿Qué decía el manual para estas situaciones? Ante la duda, llamarse andanas. Ha sido gracioso ver cómo —con alguna excepción— los dirigentes locales se hacían los dignos o los orejas y era la cúpula del trueno en persona la que comparecía para decir que no, que nene caca, que eso no se hace. O en el eufemismo al uso, que esas mangurrinadas están “fuera de tiempo y de lugar”, expresión que en sí misma es una confesión del copón porque da a entender que sí hubo un momento y unas circunstancias en las que procedía arrasar con todo. ¿Convicción o estrategia? Bueno, ya tú sabes, mi amor, no me lo pongas más difícil.

Mi resumen: no nos vengamos ni demasiado arriba ni demasiado abajo con esto del rebrote. Si somos sinceros, ya sospechábamos que de tanto en tanto nos encontraríamos con algún episodio nostálgico. Siempre habrá cabras que tiren al monte, y ahí está el ministro Fernández como prueba en la contraparte. A esto le queda todavía un rato.