Arrimadas, a callar

Previsible, repugnantemente previsible. Una tipeja se encarama a su muro de Facebook para proclamar sus deseo de que la dirigente de Ciudadanos, Inés Arrimadas, fuera violada en grupo a la salida de una entrevista que le están haciendo en una cadena de televisión. La individua, espécimen de manual del bocabuzón amateur que se gasta en las llamadas redes sociales, no se priva de empezar su vertido de bilis dejando claro que sabe que le “van a llover las críticas” y que lo que va a decir “es machista y todo lo que se quiera”. Para terminar de quedarse a gusto, la mengana remata la deposición subrayando que la agresión grupal es lo que se merece “semejante perra asquerosa”.

Es verdad que cuando Arrimadas denunció públicamente la brutal demasía, hubo un primer momento de aparente indignación y solidaridad más o menos generales. No cabría esperar algo diferente, ¿verdad? Pues, lamentablemente, se equivocan. Fue cuestión de un par de horas que cambiaran las tornas. Por sorprendente que les parezca —ya les digo que yo sabía que ocurriría—, la vejada dialécticamente acabó siendo la mala de la película.

Las y los campeones de la progritud, los mismos que gritan más alto que nadie “Tolerancia Cero” y “No es No”, empezaron a tacharla de irresponsable por no haber callado. Por lo visto, sufrir esos ataques le va en su sueldo como representante política. Servía también como justificación que no fuera la única a la que le ha pasado algo así. Cómo no, salió a colación la santa libertad de expresión, aunque lo insuperable fueron los que dijeron que lo verdaderamente machista era meterse con la autora del mensaje.

Opinar según de qué

Zapatero a tus zapatos. Me conmina a ello con prosa altiva un anónimo —qué raro— que sostiene que mi columna sobre la rebaja de pena al maltratador del portal es producto de mi inmenso desconocimiento sobre los procesos judiciales. Como primera providencia, en lo que es casi un puro acto reflejo, me sonrío al pensar cuántas veces me espetan últimamente tal martingala. Los compradores de bebés, sin ir más lejos, que porfían que solo si te has pulido de 100.000 pavos para arriba en los mercados semiblancos estás en condiciones de opinar sobre sus transacciones con vidas de por medio.

Cosas del pelo me han soltado los partidarios del toro de la Vega, los conspiranoicos del 11-M, los defensores de la invasión de Irak o, por no hacer interminable la lista, esa parte de la afición del Betis que tiene como ídolo intocable al presunto maltratador Rubén Castro. Si su argumentación fuera medio solvente, debería yo afearles que, sin tener ni la titulación ni los rudimentos mínimos, metan su hocico en los insondables andurriales del periodismo.

No desdeño, sino al contrario, la importancia de la documentación antes de ponerse a aporrear las teclas. Ahora bien, una vez recopilados y contrastados los datos mínimos, y aun dejando lugar al posible error, el resto es cuestión de honestidad y sentido común. En el caso que ha dado lugar a estas líneas, no parece necesario haberse esnifado el Aranzadi al completo para criticar, incluso en términos duros, que se le imponga una pena de risa a un tipo al que todo el mundo ha visto golpear con saña a una mujer. Más sorprende y desazona que se defienda tal proceder.

De togas y maltratadores

No son solo las absoluciones y las cortesanas libradas de la cárcel de la parentela del rey. Ni el trato benévolo cuando no directamente bonachón a los corruptos conspicuos de la parte alta del organigrama, empezando por los que tienen o han tenido ciertos carnés. Ni la facilidad con la que, en contraste, se enchirona a los pardillos elegidos para dar ejemplo al populacho. Qué va. Es prácticamente todo. La Justicia española hiede por cada uno de sus costados. Atiendan a la última fechoría.

Todos contemplamos con el vello erizado y la respiración suspendida la brutal paliza que un tipejo le propinaba a una mujer en un portal. El vídeo mostraba cómo el agresor tiraba al suelo a la víctima, la golpeaba ferozmente con pies y manos, y finalmente se la llevaba escaleras arriba arrastrándola por el pelo. La condena inicial para el desalmado maltratador fue de dos años de cárcel, pero a sus ilustrísimas señorías de la Sección Primera de la Audiencia Provincial de Alicante les ha parecido que la tunda no fue para tanto.

Los fulanos con toga han dejado la cosa en 9 meses porque entienden que, al no haber lesiones, los hechos no pasan de ser un delito de violencia de género simple. “Simple”, se lo juro, esa es la denominación técnica, que en sí misma clama al cielo. Es decir, que como no desgració a la joven, el matón se va de rositas. Para dar un poquito más de asco y rabia, la sentencia deja caer que la difusión de las imágenes había provocado un juicio público al pobrecito acusado. Y ya saben, punto en boca, que es una decisión de los eruditos de la ciencia judiciosa. Luego, que si tolerancia cero y tal.

Pancarteros impunes

El mismo día en que el Sadar guardaba un minuto de silencio y expresaba su rechazo por el último asesinato machista en Navarra, en los graderíos rojillos unos aficionados del Sevilla exhibían una pancarta en apoyo del presunto violador y probado tipejo que atiende por los alias Joselito el Gordo o El Prenda. Con nauseabundo desparpajo, se homenajeaba al considerado líder de una reata de mastuerzos entrullados preventivamente como sospechosos de una brutal agresión sexual en grupo cometida en los últimos Sanfermines. El vomitivo trapo permaneció desde antes del pitido inicial y hasta el final del encuentro en el lugar donde lo había plantado un desalmado hincha hispalense. Eso, pese a que su presencia había sido detectada y denunciada por varios espectadores en las mismas redes sociales donde se multiplicaban los mensajes de ánimo y simpatía hacia el tal Prenda o Gordo, al que se identificaba como “uno de los nuestros”.

Pero hemos de estar tranquilos. La muy diligente delegada del gobierno español en la Comunidad foral ya ha tomado cartas en el asunto. Ha dado instrucciones a la policía nacional —¡uauh!— para que elabore un informe —¡iepa!— al respecto y, si procede, lo traslade a… ¿LaFiscalía General del Estado? ¿La de la Audiencia Nacional? ¿La de Navarra, siquiera? Qué va. Confórmense con la Comisión Antiviolencia del Deporte español, chiringuito tan pomposo de nombre como absolutamente ineficaz en cuanto a hechos. Apuesten a que todo quedará en un encogimiento de hombros bajo alguna estúpida excusa. A nadie se le escapa que las ofensas que se castigan, incluso con cárcel, son de otra clase.

8 de marzo + 1

Hinco humildemente la rodilla para reconocer mi nuevo error. Vaya un columnero de las narices, clamando contra minucias como el silencio, el amparo y la justificación de centenares de agresiones sexuales por la progresía más fetén, cuando hay denuncias mil veces más urgentes. Verbigratia, acabar con el intolerable oprobio del cartel no inclusivo de las cortes españolas, que reza solamente “Congreso de los diputados”, como si dentro no sudaran también la gota gorda las diputadas.

Y miren que ni siquiera se me pedía que me pusiera reivindicativo, pues el espíritu de la jornada permitía también hacer la ola ante los inmensos logros cosechados por la causa de la igualdad. Alguno de alcance sideral, como los semáforos paritarios —¿O son paritorios?— de Valencia, donde el falocrático monigote habitual se alterna con la representación luminosa de una mujer. ¿Y cómo se sabe que es una mujer? Pues porque se ha vestido al icono con una falda. Comentaría que manda muchas pelotas la identificación de lo femenino con tal prenda, pero me voy a ahorrar las collejas de los —¡y las!— bienpensantes, que ya llevo unas cuantas estos días.

Así que, nada, celebro el triunfo y lo sitúo a la altura de la camiseta verde y rosa —juraría que otro topicazo, pero mis labios están sellados— con que el Betis homenajeó el domingo a las mujeres. Como quizá sepan, en la primera plantilla del club están Rubén Castro, presunto maltratador múltiple al que jalea parte de la hinchada, y Rafael Van der Vaart, que golpeó en público a su ex mujer hace tres años. Insignificancias; lo importante es, como siempre, el gesto para el selfie.

25-N, hacer, no decir

El primer recelo es frente al nombre. Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Así, con esas mayúsculas pintureras, como si quien las puso no se fiara de la fuerza propia de cada una de las palabras. ¿Por qué de y no para? Algo chirría ahí. O quizá todo lo contrario, es coherente con el ente que calzó la jornada en el calendario: Naciones Unidas, ese conglomerado cuya comisión del Consejo de Derechos Humanos está presidida por Faisal bin Hassan Trad, representante de esa pedazo de democracia llamada Arabia Saudí. Ni se molestan en disimular. Y si lo piensan, con razón, porque villanías como esa y otras parecidas pasan sin apenas sanción social.

Pero no es solo quién está detrás del invento. También es cómo se celebra. No, no he querido decir cómo se conmemora, que es el verbo tibio que solemos emplear cuando el asunto de fondo no es cuestión festejable. Allá quien quiera engañarse si no ve cierto toque de francahela en buena parte de los mil y un actos que se organizan en torno (¿o con la excusa?) de la fecha. Muchos pasan por juegos florales, una competición para encontrar las frases más lucidas y la condena más campanuda.

Tampoco voy a decir que sobren las declaraciones, ni siquiera que todas resulten ayunas de magníficas intenciones o de sinceridad. Sin embargo, su mensaje final, el que late bajo la grandilocuencia y (a menudo) la impostura es terrible: no nos queda otro remedio que adornarnos en los dichos porque no somos capaces de dejarnos de remilgos y abordar los hechos. Y luchar contra la violencia machista es cuestión de decir, pero sobre todo, de hacer.

Superar la repulsa

Tras la impotencia por el asesinato machista número ene, de nuevo la repulsa. Cada vez expresada con fintas y jeribeques verbales más hipnóticos. Aunque es inevitable lo de lacra que hay que erradicar, se van incorporando a los floridos discursos nuevos palabros que quieren decir mucho y se quedan en parrapla. Puros formulismos para llenar silencios, para cubrir el expediente, quizá también para tranquilizar la propia conciencia en la creencia de que un poco de blablablá es menos que nada. Ocurre que luego va la realidad y nos descojona el teorema, que salta por los aires junto a nuestras impecables intenciones. Otra muerta más, y otra, y otra, y otra. Y hay que repetirse o insistir, como decían atinadamente mis periódicos de referencia. De hecho, cualquiera que siga a este humilde plumilla sabe que la columna presente es prácticamente un calco de ni sé cuántas escritas en parecidas circunstancias.

En este punto, pregunto si es mucho pedir que esa insistencia trascienda las frases hechas. Ya no voy a abogar para que se actúe con firmeza, sin miramientos y dejándonos de rollitos pseudogarantistas siempre a beneficio del matón. Qué va, me conformo con algo más simple. Por ejemplo, en lugar de gastarse la garganta con la letanía de la educación, ¿qué tal si me acompañan a echarle unos salivazos dialécticos a aquellos de mis presuntos colegas que, fieles a su vomitiva costumbre, han vuelto a convertir en espectáculo amarillo chillón o marrón mierda el último crimen? Puede que sirva de poco, porque lo seguirán haciendo, pero qué menos que hacerles saber que son unos —¡y, ay, unas!— indeseables.