Yihad de proximidad

Gran espectáculo, el que están dando los dos supuestos líderes principales de Gran Bretaña. Ni un minuto después de llamar a la unidad para vencer al terror y blablablá, Theresa May y Jeremy Corbyn se lían a tirarse de los pelos en público y a culparse mutuamente de la barra libre con la que actúan los que asesinan en nombre del Islam. Si es por razón, ambos la tienen. Fue la primera ministra, en su época de responsable de Interior, la que dio un buen tajo al presupuesto de Seguridad. Por su parte, el extravagante líder laborista era de los bocazas que denunciaba como intolerables ataques a la libertad individual cualquier investigación en los pútridos caldos de cultivo de los matarifes. Pero llegan tarde sus reproches cruzados a la caza del penúltimo voto ante las elecciones de mañana. Gran ironía, por cierto, que suspendan la campaña como acto de respeto a quienes han dejado la piel en el asfalto, y la reemprendan en su versión más sucia cuando todavía quedan víctimas sin identificar.

Y mientras, a los atribulados espectadores se nos hiela la sangre y nos hierve la bilis ante la enésima reiteración del fiasco policial. De nuevo muy tarde, nos enteramos de que había mil y un avisos sobre los criminales, pero en un siniestro juego de lotería, se decidió que no eran peligrosos. Para colmo de pasmo e impotencia, nos cuentan que uno de ellos llegó a salir en un documental televisivo titulado “Los yihadistas de la puerta de al lado”, programa que valió al Canal 4, la cadena que lo emitió, y a las personas que aportaron su testimonio durísimas acusaciones de xenofobia e incitación al odio. ¿Les suena?

Por qué los matan (2)

Como certeramente me apuntaron numerosos lectores, en la columna sobre los vomitivos justificadores de las matanzas en nombre de Alá, dejé sin citar una de las inevitables martingalas que gastan estos fulanos: la de la supuesta desproporción en el tiempo que dedicamos los medios a las carnicerías en función de dónde se hayan producido. En su absoluta seguridad de estar en posesión de la verdad imposible de rebatir, nos interpelan a los tontos que son sabemos hacer la o con un canuto sobre las razones por las que no convertimos en noticia de portada y motivo de tertulia cada uno de los diez coches bomba que estallan a diario en Kabul, Mosul o Bagdad, o las decenas de víctimas inocentes de los bombardeos en, pongamos, Siria, que es el único sitio donde les suena que hay una guerra. “¡Pues a mi me duelen más los niños de Alepo que los de Manchester!”, llegué a leer en ese vertedero de bilis e hijoputismo llamado Twitter.

Ya hace años, David Jiménez, un reportero que se ha jugado el culo en varios puntos calientes del planeta y efímero director de El Mundo, trató de explicar a esta panda de gañanes el mecanismo del sonajero sobre lo que es o deja de ser noticia. Yo me niego a incidir sobre algo tan obvio o primario. Si alguien no lo entiende, simplemente es porque es un ceporro del quince o un tramposo malintencionado que no merece más que un bufido lleno de desprecio como el que pretenden ser estas líneas. Imaginemos que se aplicara la misma melonada al resto de cuestiones de la actualidad. ¿Debo dejar de informar sobre un asesinato machista en Barakaldo porque no lo hago cuando ocurre en Calcuta?

Por qué los matan

“Hemos matado a vuestros hijos”, se jactaba Daesh tras la masacre de Manchester. Y lo peor es que lo hacen porque pueden. Tanto lo uno como lo otro. Primero matarlos, y después presumir de haberlo hecho. O anunciar chulescamente que no va a ser la última vez, y que nosotros, despreciables infieles, sepamos sin lugar a dudas que es rigurosamente cierto.

No, no es porque sea imposible garantizar la seguridad al cien por cien. Ni por la eficacia manifiestamente mejorable de ciertas investigaciones. Ni por el inmenso despiste entreverado de hipocresía de las autoridades del trozo del mundo llamado a ser fumigado. Todo eso influye, por supuesto, pero la verdadera razón de la barra libre para asesinar en nombre del islam, y ahí nos duele, está en la holgazanería moral de quienes uno esperaría encontrar enfrente y no al lado de los criminales.

Al lado. Eso he escrito. Y cada vez de un modo menos sutil. Ya no disimulan con algo parecido a una condena. Tampoco gastan un minuto en un mensaje de solidaridad. Pasan directamente a la justificación. El trío de las Azores, la pobreza, la intolerancia de los de piel pálida —¡hay que joderse!—, la industria armamentística, el operativo en que se cargaron a Bin Laden… Cualquier explicación es buena salvo atribuir las carnicerías a la maldad infinita y entrenada de sus autores. Del totalitarismo que anida en sus creencias, ni hablamos.

Celebro la mala hostia que estas líneas estará provocando a quienes se están dando por aludidos. Yo también he dejado los matices. Por eso los señalo sin rubor como los colaboradores imprescindibles de los que matan a nuestros hijos.

Pasar página

La semana pasada se reanudó en el Parlamento vasco la ahora llamada ponencia de Memoria y Convivencia. Por supuesto, salvo algún inasequible al desaliento entre los que me cuento, nadie llevó a portada el asunto. Un breve perdido entre la maraña de otras noticias y vamos que chutamos. Incluso alguien, desconozco exactamente quién, deslizó la especie de que había que juzgar como un dato muy positivo el hecho de que no se convocaran comparecencias individuales ante la prensa. Eso habla, como poco, del miedo que sigue habiendo a dar más cuartos de la cuenta al pregonero. Y lo peor es que me temo que hay motivos para ello.

Pues una pena. Es decir, otra a sumar a las muchísimas acumuladas por este organismo que parece abocado a la melancolía. Y miren que, como ya anoté, la presencia de Elkarrekin Podemos, libre de mochilas y con un discurso ético impecable, invitaba, por una vez, al optimismo. O por lo menos, a reducir la dosis de escepticismo. Pero no hay tutía. El PP ha decidido no estar y la izquierda abertzale ha tomado la determinación de dar por aprobadas las asignaturas pendientes y saltar sin más a puntos muy avanzados del temario.

Lo curioso, que quizá no lo sea tanto, es que todos parecen mostrar una indolencia del nueve largo. Soltamos a modo de letanía o autojustificación que la sociedad ya ha pasado página y lo damos por bueno, como si, incluso siendo así, quedáramos exentos de pagar ciertas deudas, siquiera morales. ¿Aceptaríamos acaso que alguien dijera que la sociedad ya ha pasado página del franquismo y, por lo tanto, no hay ya motivos para investigar sus crímenes? Evidentemente, no.

Es lo que hay

Somos el borracho del chiste aporreando la farola porque arriba hay luz. Reclamamos a grito pelado un desmarque contundente, unas frases inequívocas de rechazo, hasta una condena sin paliativos, no me jorobes. Qué ingenuos sin cura. Como si no tuviéramos cotizados los suficientes quinquenios clamando en el desierto. Como si no nos supiéramos de memoria el manual estomagante del sí pero no. Como si no conociéramos —¡joder!— el percal y con quién nos jugamos la mandanga esta de la convivencia.

Y muy bien, nuestro natural iluso nos confundió con la música de violines del nuevo tiempo, los acuerdos entre diferentes, el borrón y cuenta nueva, la transversalidad a todo trapo o el tú chupa, que yo te aviso. Quizá hasta fuera bonito mientras duró, pero seguramente ha llegado el momento de desempolvar el realismo, respirar profundamente y asumir que esto es lo que hay. Se da la desgraciada circunstancia de que una cierta cantidad (y no pequeña, ¡ay!) de nuestros prójimos están convencidos de que es del todo legítimo utilizar la violencia en el grado que sea necesario o les salga de la entrepierna. Ahí entra desde mandar a criar malvas al que estorba, práctica momentáneamente desechada por ineficaz, al repertorio completo de métodos de intimidación al uso.

La parte positiva de tan desalentadora descripción del paisaje en que nos toca movernos es que hay sobradas pruebas de que es abrumadoramente mayoritaria la parte de la sociedad que, independientemente de siglas e ideologías, rechaza sin ambages tales actitudes. Tenerlo muy claro y obrar en consecuencia será el antídoto más efectivo contra el desánimo.

Dime con quién andas

Pedazo de fascistas manipuladores que estamos hechos. Solo a nosotros, vergonzosos esbirros del capital y del unionismo español que un día habremos de pagar por nuestros desmanes, se nos ocurre convertir en noticia el redecorado gratuito de los exteriores de una docena de batzokis. Además, con tiernos coranzocitos rojigualdos en lugar de las bastas dianas de antaño. ¿Quién se puede molestar por algo así? Si no aguantan una broma, que se marchen del pueblo, diría Gila.

Por desgracia, ironizo lo justo. En las últimas horas he escuchado o leído mendrugadas muy similares. Pasen las aventadas por los cenutrios de aluvión que añoran los buenos tiempos en que estas cosas se arreglaban con unas dosis de plomo o goma 2. Más preocupantes y reveladoras, cuando las letanías salen de labios de individuos con un papel relevante en la vida pública. Alguno, y no sé si reírme o echar el lagrimón, de los que anteayer daban catequesis sobre la deslegitimación de la violencia. Y claro, luego está el definitivo comodín justificatorio: peor que unas inocentes pintadas es pactar con el partido más corrupto de Europa unos recortes que esto, lo otro y lo de más allá.

Lamentos inútiles aparte, termino llamando la atención sobre la frase que la alegre muchachada estampó en varias de las paredes pintarrajeadas: Dime con quién andas y te diré quién eres. Sí, un refrán españolísimo y castizo. También una muestra de la vaciedad ideológica e intelectual de los garrapateadores. Imposible pasar por alto la tremenda confesión de parte que encierran tanto el aforismo en sí como su elección.

Efectivamente, sabemos con quiénes andan.

Matones consentidos

Además de elevarnos la bilis hasta las orejas, el episodio del cagarro humano que hostió impunemente a un chaval mientras le escupía fascistadas nos ha enseñado varias cosas. Para empezar, que el Código Penal español es una mierda pinchada en un palo. ¿Cómo es eso de que hay que buscarse recovecos judiciosos para tratar de emplumar al matón porque lo que han visto y oído millones de personas no es perseguible de oficio y debe mediar denuncia de la víctima? Parece, además, que tal despropósito reza para la paliza, para las humillaciones verbales, para la grabación y la difusión del vídeo y para las nauseabundas bocachancladas posteriores del tipo jactándose de su hazaña. Eso, sin entrar en el kilo y pico de situaciones en que sabemos que no se ha actuado así porque concurrían otro tipo de circunstancias geográficas y/o ideológicas.

Claro que hay una inmoralidad previa aún mayor. El montón de carne anabolizada que se ha anotado una muesca más en su bíceps tiene un interminable historial de acciones similares, lo mismo que la panda de fachuzos descerebrados que lo acompañan. Sin embargo, y aunque la lían por donde pisan, se mueven tan ricamente de aquí para allá y acceden sin problemas a los estadios de fútbol, rodeados de un dispositivo policial que, tócate de nuevo los pies, pagamos los ciudadanos a escote.

En el caso concreto que nos ocupa, a lo anterior hay que añadir que estos fulanos dicen ser aficionados del Betis. Como los que jalean al siete veces imputado por violencia machista Rubén Castro o al neonazi ucraniano Roman Zozulya mientras el resto de la hinchada y el club silban a la vía.