Yoyes… todavía

Les vengo con una recomendación. Esta noche ETB-2 emite —en tiempos se decía reponeYoyes. No me considero lo suficientemente versado como para decirles si, en lo puramente cinematográfico, la de Helena Taberna es una película buena, mala o regular. A mi me parece más que digna, pero creo que su aportación real va más allá de lo formal o lo estético. Reside principalmente en su valor como testimonio de un episodio de nuestra Historia reciente (el asesinato de María Dolores González Katarain se produjo hace 31 años y dos días, apenas anteayer) que nos debemos conjurar para no olvidar jamás. Se me dirá que como cualquiera de las iniquidades cometidas por estos, aquellos o los de más de allá en las décadas del terror, y es verdad. Ocurre, en todo caso, que se trata de un hecho —me consta lo frío de denominarlo así— que reúne un compendio de circunstancias que explican no solo cómo vivimos todo aquello, sino cómo lo seguimos viviendo.

Eso último es lo singular… y lo preocupante. Más de tres décadas después de su ejecución por “chivata y traidora”, el recuerdo de Yoyes sigue siendo muy incómodo, casi un tabú, para muchos de esos que en otros asuntos siempre van con la Memoria en los labios. Todavía el otro día, cuando aconsejaba en Twitter echarle un ojo a la cinta, me llovieron escupitajos verbales de variado pelaje. Me citaban a Lasa y Zabala o a Iñigo Cabacas —hace falta ser brutos y malnacidos— a modo de contrapeso, como si las injusticias se compensasen. Ya sé que fue, en el fondo, por decir lo prohibido: que Kubati, el arrogante asesino de Yoyes, imparte ahora lecciones sobre Derechos Humanos.

Yoyes, 30 años

“Yoyes, ejecutada por traidora”, berreaba una pared de ladrillo de mi barrio. Debajo, el mismo spray siniestro había dejado la apostilla: “ETA, herria zurekin”. Durante años estuvo ahí. Nadie movió un dedo para taparla. Ni desde las instituciones ni desde la presunta sociedad civil. Y no es que nos pareciera bien. En realidad, ni nos lo plateábamos. Simplemente estaba ahí, qué le íbamos a hacer. Formaba parte del paisaje, como otras tantas y tantas pintadas que mirábamos sin ver o veíamos sin mirar, quién sabe.

¿Qué nos iba o nos dejaba de ir en ello? Bastante teníamos con lo nuestro. La vida en aquellos ochenta cabrones —hoy tan dulcificados por la nostalgia de ajonjolí— era muy dura en general. Podían haber echado del curro a tu padre en esta o en aquella reconversión. Era fácil que tu hermano fuera un yonki, que tu mejor amigo hubiera muerto de una sobredosis o que al vecino del cuarto le hubieran inflado a hostias unos fulanos con o sin uniforme. Mucha policía, poca diversión, ponme otro kalimotxo.

30 años después del asesinato que dio lugar a lo que cuento, leo en un excepcional reportaje de Kike Santarén que los amigos de Yoyes hablan de su victoria póstuma. Lo cierto es que quisiera sumarme al voluntarismo y proclamar también el triunfo, pero soy incapaz. Al contrario, la suya fue una derrota humillante, un nauseabundo escarmiento. Lo prueba que el tipo que le descerrajó los dos tiros que la mataron, aparte de decir las cosas que a ella le llevaron a ser sentenciada, sea agasajado hoy como héroe en un amplísimo círculo que alcanza a los que ejercen, con un par, de apóstoles de la memoria.

La ‘traición’ de Imanol

Diez años de la muerte de Imanol. Qué gran momento podría haber sido para que tantos y tantos de los que van todo el rato con la memoria en astillero demostraran que lo suyo no es de boquilla. Pero ni modo, claro. A ver quién es el guapo que sale a cantar la gallina sobre la otra noche de piedra que sobrevino a la que sí se puede recordar sin riesgo de ser excomulgado. Ahí sí se aplica, ¿verdad?, lo que en la contraparte nos resulta inaceptable: que si no hay que reabrir viejas heridas, que si hay que mirar al futuro, que si no hay que olvidar el contexto… Y esos son los enunciados medianamente presentables. En el fuero interno de muchos de estos conmemoradores selectivos anida la conciencia culpable de su vergonzante cobardía, cuando no de su miserable participación activa en el linchamiento. A ver si esos que andan inventariando las castas llegan algún día a nuestro parnasillo local, atestado de canallas con apariencia entrañable y docenas de armarios repletos de cadávares.

Aún hoy habrá, apuéstense algo, quien me espete que le estoy bailando el agua a un traidor. Las fatwas, ya se sabe, sobreviven al que ha sido objeto de ellas a modo de aviso a futuros desviados de la ortodoxia y autojusticación de los malnacidos que las emiten. Lo gracioso, o sea, lo siniestro de este caso es que la traición fundacional de Imanol consistió en denunciar el asesinato de Yoyes por haber dado el paso que al correr de los años —mucho años— daría, bajo el palio de los héroes esta vez, uno de los que la apiolaron.

Dedico estas líneas al puñado de valientes que no lo abandonaron aquí en Donostia ni allá en Tombuctú.