…maneras de morir…

Hoy, 26 de julio, seguimos conmocionados por la masacre cometida en Noruega por un perturbado y por la muerte de la joven cantante británica Amy Winehouse. Sin duda, diferente suceso, diferente conmoción y diferentes formas de acometer una noticia. Nada tiene que ver la forma de morir de los jóvenes asesinados en la isla de Utoya, con la muerte de la cantante británica, por mucho que nos intenten hacer digerir ambas noticias en un intervalo de pocos minutos de telediario. Y es que, obviamente, no nos deberíamos ver afectados de la misma manera por una noticia que por otra. A decir verdad iba a escribir sobre este tema en el blog, pero me he dado cuenta que era una tontería repetir más de lo mismo e incluir fotografías con las que estos dos días nos hemos visto desbordados tanto en prensa como en televisión. Pero como mi perturbada mente fotográfica no descansa, ambos acontecimientos me llevaron a un símil entre la diferente forma de morir, la Historia de la Fotografía y la fecha de hoy. Aunque no creo que sea un ejercicio que vaya a recomendar ningún psicólogo ni psiquiatra, metánse por un minuto en mi mente y a ver si aciertan dónde está la similitud entre las macabras y desgraciadas noticias de este fin de semana con la Fotografía… Por cierto, no respondo de daños colaterales al intentar hacer el ejercicio…

Corría el 26 de julio de 1937, cuando en una carretera comarcal entre Brunete y Villanueva el conductor de un tanque republicano perdía el control del mismo y se iba a estrellar contra un coche que circulaba por allí. En el mismo viajaban Ted Allan, un joven escritor canadiense al que el gran fotógrafo Robert Capa había encomendado la misión de cuidar de su compañera sentimental (“Te hago responsable de Gerda, Teddie. Cuida bien de ella”) y la propia Gerda Taro, quienes huían de las bombas que caían en la zona. Allan caía a una zanja. Llamaba a Gerda a gritos, pero era inútil, Allan no podía moverse por lo que era imposible ayudarla. Unos soldados se llevaban a ambos a un hospital de El Escorial.

“El tanque le había abierto el estómago y tenía heridas abdominales muy graves: se le habían salido todos los intestinos. Recuerdo que Ted Allan estaba allí y me preguntó si podía verla. Pero yo no se lo permití porque me habían dicho que hiciera lo posible para que pasara buena noche, sin dolor. De haber sabido que iba a morir le habría dejado verla. Pero ella no preguntó por él. Lo único que dijo, fue: “¿Están bien mis cámaras? Son nuevas ¿Están bien?”. Cuando murió se limitó a cerrar los ojos. Le había dado morfina, no teníamos penicilina ni antibióticos, y no sufrió. Recuerdo claramente que era muy guapa, podría haber sido una artista de cine, y no estaba asustada”. (Irene Spiegel, “Sangre y champán”).

A las seis de la tarde del 26 de julio de 1937, comunicaban a Allan que Gerda había fallecido. Fue al día siguiente cuando Robert Capa, en París, abría un ejemplar del periódico L´Humanité y leía: “Una periodista francesa, la señorita Taro, se cree que ha muerto durante un combate cerca de Brunete”. Cuentan que Capa, a partir de ahí, nunca fue el mismo.

De hecho, probablemente Robert Capa no hubiese sido nunca Robert Capa si no hubiese sido por la fotoperiodista alemana. Si no llega a ser por su tenacidad y su inteligencia, Capa se hubiese quedado en André Friedman y quizás, nunca hubiese tenido un peso tan específico en la Historia de la fotografía en general y del fotoperiodismo en particular. Y es que, fue Gerda quien ideó, debido a la dura competencia existente en París, la creación de una sociedad irreal , formada por un trío: Gerda Taro, Andrei Friedmann y una figura inexistente que respondía al nombre de Robert Capa. Un nombre inventado, un hombre sin cuerpo que, según ellos correspondía a un afamado fotógrafo norteamericano interesado en la venta de sus magníficas fotografías a agencias y revistas. Fotografías que no eran otras más que las que la propia pareja obtenía. Nacía así el mito de Robert Capa. De hecho, uno de los que cayeron en el engaño de la pareja fué Lucien Vogel, redactor jefe de la Revista Vu, quien aunque posteriormente descubrió que la figura de Robert Capa no era otra cosa que un invento, la pareja ya se había ganado el favor de Vogel, por lo que continuaron con su colaboración en la revista.

La sociedad Gerda-Robert, Taro-Capa, estuvo tan unida, que incluso no ha sido tarea fácil para los historiadores a quién atribuir algunas de las fotografías obtenidas.

Robert Capa y Gerda Taro en París, otoño de 1935. Photo Agencia Magnum.
Photo Gerda Taro
Photo Gerda Taro
Gerda Taro. Photo Robert Capa

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Corría el 26 de julio de 1971 cuando en una habitación de la Westbeth Artists Community de Nueva York, una fotógrafa de 48 años de edad, se cortaba las venas e ingería una gran cantidad de barbitúricos. El orden, da lo mismo. Diane Arbus ponía fin a una depresión que había arrastrado durante tiempo. Una depresión que había labrado durante sus largas salidas a lugares donde encontrar esos personajes extraños como sacados de una pesadilla. Personajes con malformaciones, “monstruos” pocas veces fotografiados, seres con los que Diane, a menudo, entablaba conversación y les convencía para que posaran para ella. Cuentan que incluso se acostaba con ellos. Qué más da. El resultado, unas fotografías perturbadoras, sin duda. Imágenes características que son de culto hoy en día pero que pocas veces eran publicadas en revistas de la época. Fue a los siete años cuando, según la propia Arbus, se topó por primera vez con “lo siniestro” mientras paseaba por una reserva de agua rodeada de chabolas de hojalata por Central Park con su institutriz francesa de la mano: “Para mí fue una imagen imborrable, contemplar otro mundo de la mano de la niñera”.

Siendo solo una niña, vió la película Freaks, la cuál pudo tener mucho que ver en los trabajos fotográficos de Diane: “Dan Talbot la había reestrenado en el New Yorker Theatre, del Upper West Side, que era de su propiedad. La película cautivó a Diane, porque los monstruos no eran imaginarios sino reales, y esos seres —enanos, idiotas, contrahechos— siempre habían sido para ella motivo de atracción, de reto y de terror, porque constituían un desafío a muchas convenciones. A veces, Diane pensaba que su terror estaba vinculado a algo que yacía en lo más profundo de su subconsciente. Cuando contemplaba el esqueleto humano o la mujer barbuda pensaba en un ser oscuro y antinatural que llevaba oculto dentro de sí misma. En su infancia le habían prohibido que mirara todo lo que fuera “anormal”: un albino con los ojos rosa a medio cerrar, un bebé con labio leporino o una mujer gorda como un globo debido a alguna misteriosa deficiencia glandular. Como se lo habían prohibido, Diane los miraba con más atención, y desarrolló una profunda simpatía por toda rareza humana. Esas criaturas extrañas habían tenido madres normales, pero habían salido del útero alterados por una misteriosa fuerza que no llegaba a comprender” – explicaba  Patricia Bosworth, la biógrafa de Diane.

A pesar de su excaso éxito comercial mientras estuvo en vida, Sotheby´s llegó a subastar una de sus fotografías más conocidas, Gigante, por el precio de 262.000 dólares. Fotografía que la propia Diane describió de la mejor forma posible: “Cuando las mujeres están encinta suelen tener pesadillas, suelen soñar que su bebé es un monstruo. Creo que conseguí captar esa expresión en la cara de la madre cuando contempla a Eddie y piensa, ¡Oh, Dios, no!”.

Photo Diane Arbus
Photo Diane Arbus
Photo Diane Arbus
Photo Diane Arbus
Photo Diane Arbus

…por cierto, ¿y el ejercicio qué tal ha ido?…

Publicado por

Muga

“Era un autor cuyas obras eran tan poco conocidas que casi eran confidenciales” (Stanley Walker)

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