…Joachim Schmid: “O Campo”, “O Rei”, “O google”…

Joachim Schmid / Google Earth

En Brasil el fútbol es una religión. Una religión que dispone de unas pocas catedrales, entre ellas el mítico Maracaná, y miles de pequeñas ermitas. Campos encajonados entre casas, siempre de tierra, irregulares en sus formas, imperfectos, secos, sin un ápice de hierba como si el rey de los hunos hubiese tenido la suficiente paciencia para atravesar varias veces todos y cada uno de ellos. Pero, sin embargo, son campos llenos de vida, donde cientos, miles de jóvenes dan diariamente patadas a un balón, con al menos un doble objetivo: por un lado emular a los Sócrates, Zico, Ronaldo, Falcao, Ronaldinho y, cómo no, “O Rei” Pelé, mientras olvidan sus penurias diarias, que no es poco; y por otro, intentar llegar a lo máximo, a vestir “la canarinha”, la “verde-amarela”, la camiseta de la “Pentacampeão” y poder sacar a su familia de la miseria en la que, si un golpe de suerte no lo cambia, vivirá eternamente.

Joachim Schmid / Google Earth

El fotógrafo alemán Joachim Schmid se presenta en Bilbao con una exposición titulada “O Campo”. En la misma se muestran veinte fotografías aéreas de esas pequeñas ermitas que se difuminan por la geografía brasileña. Según el propio fotógrafo “el fútbol no es solo negocio y equipos de primera división, es también parte de la vida cotidiana de millones de personas con dificultades para acabar el día. (…) Además de los campos de fútbol en las fotografías se ve el contexto, el tipo de barrios que los rodean; se ve que es el ámbito de la pobreza, de la alta densidad de población, lugares en los que se saca el máximo provecho a los medios que se tienen”.

Una de las principales curiosidades de este trabajo es que las fotografías expuestas no las ha tomado el propio Joachim. No se ha subido a ninguna avioneta y se ha puesto a buscar primero y fotografiar después dichos campos. Tampoco ha enviado ninguna especie de sonda con una cámara y un disparador que le enviara las fotografías tomadas a una computadora. Qué va. Joachim Schmid ha instalado el Google Earth en su ordenador, ha pegado los ojos a la pantalla y ha tenido paciencia. Mucha paciencia. Buscar, buscar y buscar. Finalmente ha imprimido lo encontrado a 50×40 y ha montado la exposición. Ya hizo algo similar otro fotógrafo alemán, Michael Wolf, con imágenes de otra herramienta de Google, en este caso Google Street View (Michael hizo fotografías de la pantalla de su ordenador para evitar problemas de copyright) y, sorpendentemente y no sin polémica, consiguió incluso un galardón en los prestigiosos World Press Photo.

Joachim Schmid / Google Earth

No es la primera vez que Schmid realiza algo parecido. De hecho, según Schmid, “pocas personas han revisado más fotografías” que él, llegando a mirar hasta 10.000 fotografías en un solo día. Se autodefine como un “mirón profesional” desde hace más de tres décadas, siendo los contenedores de basura, la calle, los mercados – como el mercado de las pulgas de Berlín- y por supuesto, internet, sus referencias para encontrar imágenes que formen sus exposiciones y libros.  ¿Es esto arte? ¿Es fotografía? ¿Está Schmid intentando meternos un gol? Que cada uno lo califique como prefiera.

Quien quiera acudir a la exposición estará ubicada en la Sala BBK hasta el 29 de febrero. Yo, al menos, me acercaré.

Joachim Schmid / Google Earth

…Julio Bittencourt: Ramos…

Estos días son días en los que parece que es obligatorio escribir sobre luces callejeras, castañeros, petardos, turrones, juguetes, mazapanes, regalos, belenes, champán, matasuegras, calcetines, corbatas, arbolitos decorados, angulas, solidaridad, dulces, confeti, bolas de colores, pastorcitos, uvas, polvorones, donativos, gorritos rojos, colonias, el mensaje del rey, comilonas, el amigo misterioso, felicitaciones, buenos deseos, cestas de navidad, cotillones, nuevos propósitos, espumillón, nieve o saltos de esquí. Pero quizás no fuera lo más coherente que yo hablara de ello.

No me gusta el despilfarro energético que se hace con las luces callejeras; ni los desorbitados precios de los puestos de castañas; ni el ruido de los petardos; ni el atiborrarnos a turrón, mazapán o polvorones en dos semanas y no verlos durante el resto del año; ni el aturullar a los niños con caros juguetes para que luego se pongan a jugar con la caja y el envoltorio; ni los belenes vivientes con música enlatada; ni el tener que brindar el “no se sabe qué” con una bebida que no aprecio; ni el quedarte sin aire después de media docena de ridículos soplidos de matasuegras; ni el tener que poner cara de “oh, qué ilusión” al recibir unos maravillosos calcetines negros que pican y una corbata que yo juraría es la misma del pasado año; ni el tener que pintar ojos a los fideos para hacer creer a los invitados que nos hemos gastado un dineral en angulas; ni la falsa solidaridad con fecha de caducidad; el tardar once meses y medio en bajar los kilos ganados por la sobredosis de dulce de este par de semanas; ni el que aparezca en el lugar más insospechado dos o tres años después un confeti rosa fucsia y otro verde pistacho; ni en las horteras bolas de colores que cuelgan del árbol de navidad de la casa de los padres, tíos o suegros y que no se han sustituido desde que tienes uso de razón; ni las figuras de inexpresivos pastorcitos con borreguito al hombro que no se si van al matadero o a que el borreguito conozca al niño, el burro y la mula; ni el comerme la mitad de las uvas media hora antes de las campanadas y aún así acabar atragantándome mientras el resto de la familia brinda con champán con restos de pepitas en el bigote; ni el que te insistan en que digas “pamplona” cada vez que alguien te ve comer un polvorón; ni el tener que donar un euro a organismos que desaparecen para el resto del año; ni el que hasta el tendero cabrón de la panadería de enfrente que semana sí y semana también intenta sisarte unos míseros céntimos te despache con un gorrito rojo, una sonrisa y un “¡feliz año!”; ni el que acumules en la baldita del baño tantos frascos de colonia como el departamento de Perfumería de El Corte Inglés; ni el mensaje del cuñado de Urdangarín que empiezo a sospechar que es el mismo de todos los años y simplemente se trata de imágenes de archivo; ni las ingentes cantidades de comida que ingerimos aún sin tener hambre mientras en otros lugares del mundo… pues eso; ni el misterioso regalo del amigo misterioso que lleva tres años en un cajón del salón sin que sepas aún para que sirve pero del que conoces perfectamente cuál será su destino final; ni las felicitaciones por correo electrónico del gran jefe indio deseándote que tengas una buena entrada en ese año en el que va a seguir intentándote **** por un mísero sueldo que lleva tres años congelado; ni los buenos deseos formales y sin sentimiento de desconocidos de ascensor; ni las cestas de navidad con artículos baratos y con fecha de caducidad al límite que por un módico euro sortean en bares, tiendas y puticlubs (es lo que me han contado); ni los cotillones en los que se hace un remix de hombres trajeados, mujeres supramaquilladas con largos y repetidos vestidos y música bailonga pinchada por DJ Olentzero Residente, aderezado con ridiculez espolvoreada y virutas de desvergüenza; ni los nuevos planes para el nuevo año que sabes que no se van a cumplir pero que te tienes que poner para no tener que improvisar ante la poco original pregunta de “¿y tú qué propósitos tienes para este año?”; ni el espumillón con el que los comensales se decoran cuello y cabeza para aparentar, un año más, que se lo están pasando en grande aunque estén deseando que pase la noche lo más rápido posible; ni la nieve en las calles que en esta época solo vemos en películas a no ser que te encuentres en Cracovia; y, por supuesto, menos aún el pasotismo de la gente después de que se haya producido una de las decisiones más crueles de los últimos cincuenta años en el ámbito audiovisual… y es que este año no se retransmitirán los saltos de esquí de la mañana de Año Nuevo… crueldad indescriptible.

Así que para llevar la contraria, nada mejor para hoy que las imágenes con las que nos deleita el fotógrafo brasileño Julio Bittencourt y en las que se muestra a bañistas en un lago de agua salada conocido como “Piscinao de Ramos” construido en 2001 en los suburbios de Río de Janeiro, frente a una comunidad llamada Ramos. La “gran piscina”, situada en el lado oeste de la ciudad rodeada de unas quince favelas diferentes, es el lugar en el que las gentes más pobres de Río combaten el fuerte calor de la ciudad. Y es que aunque se nos haga extraño, a casi cuarenta grados y con poco que llevarse a la boca, ellos también celebrarán la Navidad y el Año Nuevo.

Que disfruten…

Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt
Photo Julio Bittencourt

…donde la muerte es casi un juego…

(AP Photo/Eraldo Peres)

 

Mientras en Europa seguimos intentando que los menores de edad no pasen muchas horas delante de la videoconsola, no accedan en la red a imágenes de contenido sexual o no puedan ver en televisión imágenes violentas, en otros lugares los menores de edad ven ese tipo de imágenes a diario y, por desgracia, no en videojuegos, libros o televisión, si no en la propia calle en la que juegan. En vivo y en directo.

La fotografía de Eraldo Peres, galardonada en el World Press Photo 2009, fue tomada el 22 de Enero de 2008 en el barrio chabolista de Coque en Recife, al nordeste de Brasil y muestra a Thiago Franklino de Lima, de 21 años de edad, yaciendo frente a una docena de personas, la mayoría de ellos menores de edad. Unos hablan, otros observan el cadáver, y los hay que posan para la cámara o incluso ríen. Para la mayoría, indiferencia. Están habituados a esta clase de imágenes. Imágenes que nosotros, los adultos, solo vemos en periódicos, internet o televisión. Mientras aquí luchamos, con más o menos fuerza, para que nuestros menores de edad ni siquieran puedan verlas por estos medios, allí, algunos luchan con más o menos fuerza para que no sucedan.

Recife, la población en la que nacieron personajes como el escritor Nelson Rodrigues o el poeta Joao Cabral de Melo y vió dar sus primeros toques al balón a futbolistas como Juninho Pernambucano o Rivaldo, es una de las ciudades con mayor criminalidad de Brasil con 90,9 homicidios al año por cada 100.000 habitantes, más del doble que Río de Janeiro, según el Mapa de Violencia de la Red Tecnológica Latinoamericana. Quizás este dato, así en frío, no muestre de los valores de los que estamos hablando, pero si hacemos una rápida regla de tres teniendo en cuenta el millón y medio de personas que viven en Recife, obtenemos que mueren por homicidio al año unas 1400 personas, o lo que es lo mismo casi cuatro personas al día. Datos demoledores, aunque a menudo esta ciudad costera reciba más atención por los ataques de tiburones en sus playas que por los homicidios.

Hay casos realmente dantescos, como el de Inés María da Silva quién perdió a sus cinco hijos por la violencia que ha convertido a Recife en la ciudad más mortífera de Brasil. Su primer hijo murió en una pelea por una chica, otro por pedir a una multitud que no lincharan a un pedófilo frente a su casa, el tercero fue apuñalado en una discusión con un amigo, el cuarto abatido a tiros por un error al ser confundido con un ladrón y el quinto muerto por una bala perdida en plena celebración del carnaval. “Hay gente que sólo mata como diversión”, explica da Silva.

Casos que no salen en los periódicos pero que imágenes como las de Eraldo Peres nos recuerdan con toda su crudeza que se trata de la realidad con la que conviven día a día muchos mayores y, por desgracia, muchos niños.