…Robert Capa en Bilbao…

Resulta curioso que a menudo, cuando te encuentras con otro aficionado a la Fotografía, una de las primeras preguntas que te hace es la de: “y tú, ¿qué cámara tienes?”. La verdad es que es una pregunta que nunca he hecho a nadie. Porque me importa bien poco. Prefiero que me hable del tipo de fotografía que suele hacer, si las imprime, si las muestra o son para “uso y disfrute” particular, fotógrafos de los que “bebe”, si asiste a cursos de formación, etc. No entiendo la manía de relacionar, de manera casi exclusiva, la Fotografía con la tecnología fotográfica. Y así, mientras la sección de fotografía de El Corte Inglés o la FNAC rebosan de gente, en las exposiciones fotográficas, se pueden oir los latidos del corazón.

Robert Capa ha vuelto a Bilbao y parece que a la gente ni le va. Vuelve acompañado de Gerda Taro y su amigo Chym Seymour. Ha venido con una maleta repleta de fotografías. Casi setentaycinco años después de aquellas míticas fotografías de Bilbao en pleno bombardeo, vuelve a la ciudad. Esta vez, al Museo de Bellas Artes…

Photo Robert Capa, 1937

“En Bilbao las sirenas aullaban su aviso. Un largo trompetazo al avistar a los invasores por los aires. Tres toques cortos cuando estaban justo encima. A veces había entre quince y veinte incursiones en una mañana. No podías cada vez bajar al sótano que no era un refugio, ni bajo el puente que tampoco servía de mucho, o al túnel que era lo mejor, entre quince y veinte veces cada mañana, con los niños. Por eso cogías la manta y te sentabas en los sacos de arena frente al buen refugio que había en las cámaras acorazadas de los bancos, con un sombrero de papel para protegerse del sol. Cuando sonaban tres toques, tres toques histéricos, las calles quedaban vacías. La policiía disparaba para apresurar a los rezagados hacia los sótanos”

(Robert Capa)

…con la “Pasionaria” en la maleta…

A estas alturas pocos serán los que no hayan oido hablar de la “maleta mexicana”. Ayer, precisamente, mientras nos entreteníamos con el once del once del once, se estrenaba en la cartelera (de no muchos lugares) la película realizada por la directora Trisha Ziff en la que se cuenta la historia de la maleta mexicana y se muestran sus fotografías, todo ello aderezado con narraciones de historiadores, fotógrafos y supervivientes de esa época.

Para quien no la conozca, así a bote pronto y sin ánimo de entrar en detalle, se trata de tres cajas de cartón que contenían 126 rollos de película, más de 4.500 fotografías, obtenidas por tres prestigiosos fotógrafos (Robert Capa, Gerda Taro y David “Chim” Seymour… y, sorprendentemente, un cuarto fotógrafo llamado Fred Stein) y que vagaron por el mundo hasta que, por fín en 2007, llegaron al International Center of Photography (ICP) de Nueva York. Películas que desaparecieron del estudio parisino de Capa y que contenían fotografías realizadas entre Mayo de 1936 y 1939, principalmente, de la Guerra Civil española. Así, entre las mismas, se pueden ver imágenes de los bombardeo de Madrid de finales de 1936 y de la batalla de Teruel de 1937 (Robert Capa), imágenes de la guerra en Segovia (Gerda Taro), así como algunas tomadas en Euskadi (David “Chim” Seymour). 

Pero a mi entender, una de las fotografías que es obligatorio destacar (y rescatar) de entre esas más de 4.500 fotografías es uno de los mejores retratos que se hicieron nunca de Dolores Ibarruri, “Pasionaria”. En esa maleta se encontraba la fotografía de esta gallartina revolucionaria, luchadora y trabajadora, realizada por David “Chim” Seymour. Hoy, que precisamente se cumplen veintidós años de su muerte, un doce noviembre de 1989 a los 93 años de edad, y con una crisis económica brutal, su lucha de entonces, sus reflexiones, siguen estando vigentes.

Dolores Ibarruri, "Pasionaria" (Photo David "Chim" Seymour)

¿Por qué tienen que ir unidas las palabras “revolución” y “guerra”? Hay que hacer la revolución porque es necesario cambiar las instituciones de los pueblos. No es posible mantener una situación donde una minoría pueda vivir a costa de la mayoría del país. Hay que cambiar eso, y hay que conseguir que los que trabajan sean quienes dominen y quienes dirijan, y no los que viven simplemente del trabajo de los otros. Y por eso luchamos.

 

Por cierto, estos días, la exposición de la “Maleta mexicana” se encuentra en Barcelona. En unos meses, se podrá disfrutar en el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Muy cerca del pueblo natal de “La Pasionaria”, muy cerca de las minas en las que trabajaban aquellos mineros por los que esta vizcaína luchó y dejó su vida y su alma.

…maneras de morir…

Hoy, 26 de julio, seguimos conmocionados por la masacre cometida en Noruega por un perturbado y por la muerte de la joven cantante británica Amy Winehouse. Sin duda, diferente suceso, diferente conmoción y diferentes formas de acometer una noticia. Nada tiene que ver la forma de morir de los jóvenes asesinados en la isla de Utoya, con la muerte de la cantante británica, por mucho que nos intenten hacer digerir ambas noticias en un intervalo de pocos minutos de telediario. Y es que, obviamente, no nos deberíamos ver afectados de la misma manera por una noticia que por otra. A decir verdad iba a escribir sobre este tema en el blog, pero me he dado cuenta que era una tontería repetir más de lo mismo e incluir fotografías con las que estos dos días nos hemos visto desbordados tanto en prensa como en televisión. Pero como mi perturbada mente fotográfica no descansa, ambos acontecimientos me llevaron a un símil entre la diferente forma de morir, la Historia de la Fotografía y la fecha de hoy. Aunque no creo que sea un ejercicio que vaya a recomendar ningún psicólogo ni psiquiatra, metánse por un minuto en mi mente y a ver si aciertan dónde está la similitud entre las macabras y desgraciadas noticias de este fin de semana con la Fotografía… Por cierto, no respondo de daños colaterales al intentar hacer el ejercicio…

Corría el 26 de julio de 1937, cuando en una carretera comarcal entre Brunete y Villanueva el conductor de un tanque republicano perdía el control del mismo y se iba a estrellar contra un coche que circulaba por allí. En el mismo viajaban Ted Allan, un joven escritor canadiense al que el gran fotógrafo Robert Capa había encomendado la misión de cuidar de su compañera sentimental (“Te hago responsable de Gerda, Teddie. Cuida bien de ella”) y la propia Gerda Taro, quienes huían de las bombas que caían en la zona. Allan caía a una zanja. Llamaba a Gerda a gritos, pero era inútil, Allan no podía moverse por lo que era imposible ayudarla. Unos soldados se llevaban a ambos a un hospital de El Escorial.

“El tanque le había abierto el estómago y tenía heridas abdominales muy graves: se le habían salido todos los intestinos. Recuerdo que Ted Allan estaba allí y me preguntó si podía verla. Pero yo no se lo permití porque me habían dicho que hiciera lo posible para que pasara buena noche, sin dolor. De haber sabido que iba a morir le habría dejado verla. Pero ella no preguntó por él. Lo único que dijo, fue: “¿Están bien mis cámaras? Son nuevas ¿Están bien?”. Cuando murió se limitó a cerrar los ojos. Le había dado morfina, no teníamos penicilina ni antibióticos, y no sufrió. Recuerdo claramente que era muy guapa, podría haber sido una artista de cine, y no estaba asustada”. (Irene Spiegel, “Sangre y champán”).

A las seis de la tarde del 26 de julio de 1937, comunicaban a Allan que Gerda había fallecido. Fue al día siguiente cuando Robert Capa, en París, abría un ejemplar del periódico L´Humanité y leía: “Una periodista francesa, la señorita Taro, se cree que ha muerto durante un combate cerca de Brunete”. Cuentan que Capa, a partir de ahí, nunca fue el mismo.

De hecho, probablemente Robert Capa no hubiese sido nunca Robert Capa si no hubiese sido por la fotoperiodista alemana. Si no llega a ser por su tenacidad y su inteligencia, Capa se hubiese quedado en André Friedman y quizás, nunca hubiese tenido un peso tan específico en la Historia de la fotografía en general y del fotoperiodismo en particular. Y es que, fue Gerda quien ideó, debido a la dura competencia existente en París, la creación de una sociedad irreal , formada por un trío: Gerda Taro, Andrei Friedmann y una figura inexistente que respondía al nombre de Robert Capa. Un nombre inventado, un hombre sin cuerpo que, según ellos correspondía a un afamado fotógrafo norteamericano interesado en la venta de sus magníficas fotografías a agencias y revistas. Fotografías que no eran otras más que las que la propia pareja obtenía. Nacía así el mito de Robert Capa. De hecho, uno de los que cayeron en el engaño de la pareja fué Lucien Vogel, redactor jefe de la Revista Vu, quien aunque posteriormente descubrió que la figura de Robert Capa no era otra cosa que un invento, la pareja ya se había ganado el favor de Vogel, por lo que continuaron con su colaboración en la revista.

La sociedad Gerda-Robert, Taro-Capa, estuvo tan unida, que incluso no ha sido tarea fácil para los historiadores a quién atribuir algunas de las fotografías obtenidas.

Robert Capa y Gerda Taro en París, otoño de 1935. Photo Agencia Magnum.
Photo Gerda Taro
Photo Gerda Taro
Gerda Taro. Photo Robert Capa

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Corría el 26 de julio de 1971 cuando en una habitación de la Westbeth Artists Community de Nueva York, una fotógrafa de 48 años de edad, se cortaba las venas e ingería una gran cantidad de barbitúricos. El orden, da lo mismo. Diane Arbus ponía fin a una depresión que había arrastrado durante tiempo. Una depresión que había labrado durante sus largas salidas a lugares donde encontrar esos personajes extraños como sacados de una pesadilla. Personajes con malformaciones, “monstruos” pocas veces fotografiados, seres con los que Diane, a menudo, entablaba conversación y les convencía para que posaran para ella. Cuentan que incluso se acostaba con ellos. Qué más da. El resultado, unas fotografías perturbadoras, sin duda. Imágenes características que son de culto hoy en día pero que pocas veces eran publicadas en revistas de la época. Fue a los siete años cuando, según la propia Arbus, se topó por primera vez con “lo siniestro” mientras paseaba por una reserva de agua rodeada de chabolas de hojalata por Central Park con su institutriz francesa de la mano: “Para mí fue una imagen imborrable, contemplar otro mundo de la mano de la niñera”.

Siendo solo una niña, vió la película Freaks, la cuál pudo tener mucho que ver en los trabajos fotográficos de Diane: “Dan Talbot la había reestrenado en el New Yorker Theatre, del Upper West Side, que era de su propiedad. La película cautivó a Diane, porque los monstruos no eran imaginarios sino reales, y esos seres —enanos, idiotas, contrahechos— siempre habían sido para ella motivo de atracción, de reto y de terror, porque constituían un desafío a muchas convenciones. A veces, Diane pensaba que su terror estaba vinculado a algo que yacía en lo más profundo de su subconsciente. Cuando contemplaba el esqueleto humano o la mujer barbuda pensaba en un ser oscuro y antinatural que llevaba oculto dentro de sí misma. En su infancia le habían prohibido que mirara todo lo que fuera “anormal”: un albino con los ojos rosa a medio cerrar, un bebé con labio leporino o una mujer gorda como un globo debido a alguna misteriosa deficiencia glandular. Como se lo habían prohibido, Diane los miraba con más atención, y desarrolló una profunda simpatía por toda rareza humana. Esas criaturas extrañas habían tenido madres normales, pero habían salido del útero alterados por una misteriosa fuerza que no llegaba a comprender” - explicaba  Patricia Bosworth, la biógrafa de Diane.

A pesar de su excaso éxito comercial mientras estuvo en vida, Sotheby´s llegó a subastar una de sus fotografías más conocidas, Gigante, por el precio de 262.000 dólares. Fotografía que la propia Diane describió de la mejor forma posible: “Cuando las mujeres están encinta suelen tener pesadillas, suelen soñar que su bebé es un monstruo. Creo que conseguí captar esa expresión en la cara de la madre cuando contempla a Eddie y piensa, ¡Oh, Dios, no!”.

Photo Diane Arbus
Photo Diane Arbus
Photo Diane Arbus
Photo Diane Arbus
Photo Diane Arbus

…por cierto, ¿y el ejercicio qué tal ha ido?…

…Robert Capa: el mito…

Dentro de tres años, el 22 de octubre de 2013 todo serán referencias en blogs, especiales en periódicos o exposiciones sobre la vida de Robert Capa. Y es que un día como hoy hace 97 años nacía Robert Capa. Aunque no se trate de un número redondo, qué mejor día que el que sería el día de su cumpleaños para hablar de esta referencia de la fotografía de reportaje, de este fotógrafo convertido en mito.

Hay multitud de reportajes, biografías y artículos sobre Robert Capa por lo que no es mi intención volver a repetir más de lo mismo. Solamente quisiera que esta pequeña referencia en el blog, dividida en varios “capítulos”, sirviera para que aquellos que no han leido sobre este gran fotógrafo, tuvieran una pequeña idea, una pequeña introducción, de lo que fué. El seguir investigando o profundizando en la vida y obra de Capa lo dejo para cada uno. Y qué mejor que realizar esta humilde introducción que utilizando como base sus grandes imágenes. Pasen y vean…

*Ernö Andrei Friedmann* Ese es el nombre de nacimiento de Robert Capa. Nace un 22 de Octubre de 1913 en Budapest, en el seno de una acomodada familia judía. Estudiante rebelde, Friedmann se relaciona con el Partido Comunista lo que le llevó al exilio bajo amenaza de las autoridades húngaras. Comenzó a estudiar periodismo en Berlín, pero la falta de dinero le hizo tener que trabajar como asistente en la agencia Dephot.

* Primer reportaje*. El fotógrafo jefe de la Agencia Dephot, Simon Gutman, le presta una Leica para realizar su primer reportaje sobre el discurso de León Trotsky en Copenhague, en noviembre del año 1932. Este reportaje lo realiza de manera casual ya que en ese momento la agencia no tiene fotógrafos disponibles para realizarlo. El resultado es tan bueno que Capa consigue un trabajo como reportero. De hecho, el Der Welt Spiegel de Berlín dedica una página completa a las imágenes que el fotógrafo tomó ese día.

 

La fotografía que se adjunta a continuación, una de las más conocidas de dicho reportaje está llena de manchas y fisuras debido al daño producido en el negativo fotográfico. Cualquier maestro tiene un borrón.

 

 

*Gerda Taro y la mentira sobre Capa*. Debido a la llegada nazi al poder, en el año 1933 Friedmann emigra a París donde conoce a personas que serán muy importantes en su vida como Chim (David Seymour), Henri Cartier Bresson y, sobre todo, Gerda Taro. Pero debido a la cantidad de fotógrafos que huían de Alemania y de los paises del Este, el trabajo estaba muy caro en la capital francesa.


Friedmann y Gerda Taro comienzan a colaborar juntos en esos duros años. Y es que gracias a la capacidad de aprendizaje de la alemana junto con los conocimientos de él quuien le enseñó las bases de la técnica fotográfica, provocó que Gerda se convirtiera en una gran profesional. De todas formas, debido a la dura competencia carecían de encargos, por lo que decidieron crear una sociedad irreal formada por un trío: Gerda Taro, Andrei Friedmann y una figura inexistente que respondía al nombre de Robert Capa. Un nombre inventado, un hombre inexistente que, según ellos correspondía a un afamado fotógrafo norteamericano interesado en la venta de sus magníficas fotografías a agencias y revistas. Fotografías que no eran otras más que las que la propia pareja obtenía. Nacía así el mito de Robert Capa. Uno de los que cayeron en el engaño de la pareja fué Lucien Vogel, redactor jefe de la Revista Vu, quien aunque posteriormente descubrió que la figura de Robert Capa no era otra cosa que un invento, la pareja ya se había ganado el favor de Vogel, por lo que continuaron con su colaboración en la revista.

 

Robert Capa y Gerda Taro en París, otoño de 1935. Agencia Magnum.

 

*Viaje a España*

Robert Capa y Gerda Taro parten para España poco antes de que estallara la Guerra Civil, donde se les uniría más tarde David Seymour “Chim”. Una vez en la Península Capa realiza varios reportajes que publicaría en las Revistas Vu, de París y Berliner Illustrierte de Berlín. Así, retrata al boxeador Paulino Uzcudun en San Sebastián (quien apenas dos años antes, el mismo día que Capa cumplía veinte años, había perdido la final del Mundial en Siena ante la atenta mirada de Mussolini), al aviador Emilio Herrera en Madrid (quien preparaba un récord de ascenso en globo), a Juan de la Cierva (el inventor del autogiro) y, poco antes de que comenzara la Guerra realiza un reportaje sobre la Semana Santa en Sevilla.

…Continuará…