De la botella al frasco

Los árboles y las plantas están muy mal educados. Tienen la feísima costumbre de dar sus frutos todos al mismo tiempo,  eso está muy bien si eres un industrial del campo y vas a vender la producción, pero si el producto es para consumo de casa, el tema cambia, y mucho. Te pasas temporadas enteras comiendo un mismo producto hasta que le coges asco. Los familiares, amigos y conocidos te rehuyen cuando te ven venir con cestas:  “Es que todavía no hemos comido lo que nos diste el otro día”.  “Es que a los niños no les gusta la fruta” . Todo son escusas. Todos los años la misma promesa: arranco los árboles y se acabó el problema. Promesa que nunca se cumple y el año que viene la misma canción.

Los riojanos y navarros hace mucho que encontraron  la solución: la conserva.

Recuerdo en mi niñez que el embotado del tomate lo hacían en botellas, después de llenarlas les añadían unos polvos blancos que traían de la farmacia –que por cierto, le daban un sabor especial- y terminaban de rellenarla con aceite, colocaban el corcho y a guardar.

El siguiente paso fue la lata, pero el problema que había era que para cerrarla se necesitaba una máquina especial que no todo el mundo tenía. Lo más normal era que el herrero del pueblo la tuviese y en época de embotado se recurría  a él  para cerrar las latas.

Actualmente, el modelo más utilizado para las conservas es el del frasco. Se puede hacer en casa sin tener que depender de nadie. Lo más importante en este tipo de conserva -según los expertos- es la limpieza de los frascos y la colocación de tapas nuevas cada año.  Las tapas, al estar sometidas al vacío, sufren deformaciones en la espuma interior y, al utilizarlas más veces, no se puede garantizar una estanqueidad absoluta, con el grave riesgo que eso supone. Al final, cada uno se la juega como quiere, pero no hay que olvidar que el botulismo siempre anda rondando las conservas y eso son palabras mayores.

Agur