10
may 12

Elecciones, ¿para cuándo?

Lo mejor para el país es que se celebren elecciones cuanto antes. Si ya desde su origen la legitimidad de este gobierno estuvo en entredicho, una vez que la denominada izquierda abertzale pudo concurrir a las elecciones de hace un año, esa legitimidad, lisa y llanamente, se esfumó. Sostenían el Gobierno vasco dos partidos que no llegan a representar hoy a la tercera parte del electorado. Además, el propio lehendakari fue el encargado de abrir la precampaña hace semanas. Y el clima de desencuentro que han venido escenificando PSE y PP desde entonces, culminó el lunes con las declaraciones de Antonio Basagoiti. A día de hoy la representatividad del gobierno no llega al 20% del electorado. Un ejecutivo con tan mínimo sustento no está en condiciones de desarrollar las políticas que se requieren en una situación tan difícil como la actual, y cada día que pase será un día perdido. ¿Tendremos, entonces, elecciones anticipadas? Al país le conviene, desde luego, ¿pero qué es lo que conviene a los partidos?

El PP tiene poco que ganar agotando la legislatura. Sospecho que dentro de un año su desgaste alcanzará el máximo tras más de un año gobernando en Madrid. A Mariano Rajoy le habrá dado tiempo de incumplir todos y cada uno de sus compromisos electorales, pero el empleo no habrá empezado a remontar aún. Ir a unas autonómicas en la CAV en esas condiciones sería muy comprometido. Para ellos, cuanto antes se celebren, mejor.

El PSE, sin embargo, se encontraría más cómodo de aquí a un año. Para empezar, está el “factor humano”, ese que tanta fuerza tiene. Por otro lado, en un año más le habrá dado tiempo a que Rajoy nos haga olvidar el desastre de Rodríguez Zapatero, y le habrá permitido distanciarse del que ha sido su sostén hasta hace nada. A los discursos de sus líderes solo les falta el aderezo indumentario de la pana para que parezcan socialistas de los de antes. Pero por la misma razón, a los populares este plan no les conviene.

Para Amaiur, Sortu o como quiera que se rebautice la antigua Batasuna en las próximas elecciones, cuanto antes se celebren, mejor será. Menos desgaste sufrirán así allí donde gobiernan. Además, el arreón del que se benefició en su emergencia electoral habrá perdido fuelle dentro de un año. Y los efectos reactivos de la inhabilitación a Arnaldo Otegi se habrán disipado en parte. Y, en definitiva, cuanto antes haya elecciones, antes estarán en el Parlamento, y son ya muchos los años a la intemperie en el patio autonómico de esta parte del país.

Y, por último, al PNV le conviene que se agote la legislatura. Le conviene por dos razones. Por un lado, no hay que olvidar que no ha designado candidato a lehendakari aún. Le interesa contar con tiempo para promocionar su imagen y, por si los hubiere, para dejar atrás los conflictos que últimamente salpican los procesos internos en el partido. Por eso, cuanto más lejos de las elecciones quede la elección del candidato, mejor. Y por el otro, el PNV aspira a gobernar, pero gobernar durante los próximos doce meses va a ser un verdadero vía crucis. No sabemos qué pasará en 2013, pero ya sabemos que 2012 está siendo catastrófico. ¿Para que tirar un año de gobierno por la borda? Por eso, lo que más le conviene es que se celebren las elecciones en la primavera de 2013. Si, con un poco de suerte, lo peor ya ha pasado para entonces, a partir de ahí la cosas irán mejor, y si no, menos tardarán para que empiecen a enderezarse.

¿Qué pasará? No tengo la más remota idea. El final del Gobierno socialista será una larga agonía si llegan hasta el año que viene; pero tienen razones muy poderosas para afrontar el trance.


07
may 12

Arantza (hurbilago)

La pasada semana empezó un juicio que no tiene ni pies ni cabeza. Forma parte de la herencia que nos dejan esos años de atrás en los que, entre otras cosas, se quiso torcer el significado de las palabras llamando terrorismo a lo que no lo era. Juzgan al grupo de personas que promovió las candidaturas de Askatasuna y de D3M que se quisieron presentar a la elecciones autonómicas de 2009. Y les acusan, -ahí es nada-, de colaboración o de integración en banda armada. Resumiendo, el argumento utilizado para encausar a las personas que ahora son juzgadas es que las candidaturas que han pretendido suplir la ausencia electoral, -por ilegalización-, de Batasuna, han obedecido en última instancia a los designios de ETA, por lo que el hecho de haber participado en esas iniciativas sería prueba de colaboración o integración en la organización terrorista.

Una de las personas que está siendo juzgada es Arantza Urkaregi, una compañera de Facultad a la que conozco desde hace 35 años. Ambos somos profesores del mismo centro, y durante una década compartimos pertenencia al STEE-EILAS, sindicato de trabajadores de la enseñanza con una afiliación muy diversa en lo ideológico y que, desde que recuerdo, ha estado contra la violencia. Del “esté”, como llamamos en la universidad a ese sindicato, no se puede decir que haya estado próximo a la organización terrorista.

Tras mi salida del sindicato, hace más de una década, he coincidido con Arantza en diferentes órganos de gobierno de la UPV/EHU, ya que ambos hemos sido miembros del Claustro y del Consejo de Gobierno. Arantza fue una de las personas que estuvo tras la candidatura de Iñaki Antigüedad al rectorado en 2004, la que compitió en la segunda vuelta con la que yo encabezaba entonces. Casi siempre hemos mantenido posturas diferentes, diametralmente opuestas en muchos casos, pero lo cierto es que he conocido pocas personas en la universidad que hayan mantenido a lo largo de los años una actitud más institucional que Arantza. Su trabajo en los órganos en los que ha participado y su compromiso con la UPV/EHU han sido ampliamente reconocidos.

Estoy convencido de que Arantza no es ninguna terrorista, ni ha sido colaboradora de una organización terrorista; y estoy seguro, además, de que quien la puso en libertad provisional es de la misma opinión que yo. Pero no me fío de la justicia. Ha habido demasiadas decisiones judiciales incomprensibles para el común de los mortales como para fiarme. Y por eso estoy preocupado, porque ese desatino puede dar con los huesos de Arantza en la cárcel.

Estos días no he podido dejar de recordar algo que escribí hace ya diez años en el diario Euskaldunon egunkaria. En una de mis columnas semanales en la sección “seiko urrea” y bajo el título “Hurbilegi” (demasiado cerca), hice referencia al hecho de que ETA estaba cada vez más cerca de atentar contra cualquiera que simplemente no pensase como ellos y, aunque de evidente menor trascendencia y gravedad, también hice referencia a que los jueces estaban cada vez más cerca de encausar y meter en prisión a las gentes del entorno de Batasuna. Triste paradoja es que esa haya sido la única columna escrita por mí de la que Arantza, en su día, me dijo estar de acuerdo.


01
may 12

“¡Que me quiten lo bailao!”

Como es de sobra sabido, vivimos una de las peores crisis económicas que hayamos conocido entre nosotros. Casi no pasa un día sin que alguna noticia negativa nos suministre la correspondiente dosis de pesimismo. Cuando no son las cifras del desempleo, son los valores de la prima de riesgo, y cuando no, la calificación de la deuda. A esas noticias se han venido a sumar, poco a poco, otras: desahucios en número creciente; recortes en materias cada vez más sensibles, y más. Cada una de ellas va aportando su grano de pesimismo, su dosis de desánimo.

En Bizkaia, sin embargo, las cosas son algo diferentes. Porque aquí tenemos al Athletic. El fútbol, como escribí hace unos semanas, todo lo inunda: portadas de periódicos, parrillas de programación, línea de mensajes en twitter o facebook, conversaciones en el trabajo o en la cuadrilla, balcones de viviendas y, últimamente, hasta fachadas de edificios institucionales. A muchos de los que no participamos de esa comunión con tan glorioso club, el fútbol y lo que lo rodea llega a resultarnos opresivo. Y la opresión se acentúa cuando, como es el caso, los éxitos deportivos amenazan con conducir a la escuadra rojiblanca a la victoria en algún gran campeonato.

Ocurre que la gente, en un estado próximo al de euforia por el éxito deportivo, parece no tener otros motivos de preocupación. Esto es algo que tiene su lado negativo, pues malo es que, anestesiados por los triunfos, dejemos de ser críticos y exigentes con quienes nos gobiernan, por ejemplo. Pero aun siendo cierto lo anterior, he de reconocer que la euforia futbolera también tiene su lado bueno. Porque resulta que la rutilante trayectoria del Athletic está ejerciendo balsámicos efectos en el ánimo del personal. Es como si entre nosotros la crisis no lo fuera tanto: la gente viaja, visita estadios de fútbol en países extranjeros, y pasea por sus alrededores con una alegría que confunde. A los 84.000 vizcaínos que se encuentran en paro los triunfos de los leones no les dan empleo, y su estado de ánimo no será precisamente el mejor de los posibles, pero no hay duda de que la gente, en general, está animada y contenta, y que si no fuera por los triunfos del Athletic, estaría mucho más mohína. Y sí, es bueno que la gente esté contenta, por supuesto que sí.

La crisis ha hecho que el desánimo cunda; es ese uno de sus efectos más insidiosos. El desánimo es malo. Hace a la gente infeliz y además, es, en sí mismo, un factor que intensifica los efectos perniciosos de la crisis. En cierto modo, tiene un efecto que recuerda al de la actitud rumiativa que provoca la enfermedad en el enfermo. Por eso, que el fútbol le alegre la vida a la gente está muy bien. Al fin y al cabo, antes o después los éxitos pasarán y de ellos solo quedará el recuerdo; pero entre tanto, y mientras dure, bien está que el personal disfrute todo lo que pueda y que, salvando las distancias, haga caso al garufa de la milonga de Malevaje: “…. no es vida muy trascendente pero es la que me ha tocao, y me rí­o cuando pienso ¡que me quiten lo bailao!”


22
abr 12

¿Universidad para todos? Sí, pero…..

Tal y como anunció el jueves pasado el ministro Wert, las comunidades autónomas podrán, en adelante, aplicar fuertes subidas a las tasas universitarias. La medida se toma en un momento de crisis grave, en el que la necesidad de ahorrar parece justificar casi cualquier recorte. Pero el caso es que esta medida, en particular, debiera tomarse incluso si la situación económica fuera buena. Ahora bien, como se verá, debiera venir acompañada de otras medidas.

Lo primero a resaltar es que es lógico que sean las comunidades autónomas las que tomen esa decisión. A ellas corresponde subvencionar el grueso de los presupuestos universitarios y de establecer las líneas de política universitaria en su ámbito. Por lo tanto, es lógico que ellas decidan en qué medida costea los estudios el conjunto de la ciudadanía y en qué medida lo hace el estudiante o su familia. Responsabilidad y capacidad de actuación deben ir de la mano.

Las tasas actuales solo cubren una pequeña parte del coste de los estudios universitarios, entre un 15% y un 25%, dependiendo de cómo se realice el cálculo y de en qué medida se imputa el coste de la actividad investigadora. Es verdad que de esos estudios se beneficia toda la sociedad, ya que la formación adquirida tendrá un impacto social muy positivo. Pero también es cierto que los principales beneficiados por esa formación son los que la reciben. Aunque la ventaja salarial de los universitarios se ha reducido en los últimos tiempos, sigue existiendo una diferencia importante con las personas con estudios medios, y más aún con las personas con estudios primarios o sin estudios.

Por otro lado, siguen siendo las personas de extracción social alta o media-alta las que acceden a la universidad en mayor medida, por lo que son las que más se benefician de los estudios universitarios. Por eso, el actual sistema es socialmente injusto, porque hace recaer sobre el segmento de la población menos favorecido parte del coste de unas inversiones de las que se beneficiará indirectamente y en una medida pequeña.

Pero dicho lo anterior, una subida generalizada de las tasas tendría el efecto de “expulsar” de la universidad a un número significativo de estudiantes. Se estima que la subida podría dejar fuera de los estudios superiores a un 5% de los que en la actualidad disfrutan de ellos o lo harán en el inmediato futuro. Y eso puede ser muy negativo. Sería socialmente injusto si se trata de personas capaces y con ganas de estudiar que, por carecer de los recursos necesarios, ven limitado o impedido su acceso a la universidad. Pero además, sería muy negativo para el conjunto de la sociedad, porque impediría contar con las capacidades de esas personas una vez formadas. En definitiva, se vulneraría de esa forma el principio de igualdad de oportunidades.

Por todo lo anterior, la subida de tasas universitarias ha de hacerse, pero con dos condiciones. Debe afectar en mayor medida a los estudiantes que obtienen peores resultados académicos, de manera que sirva de acicate para mejorar el rendimiento y se eviten así gastos innecesarios. Y lo más importante: debe venir acompañada por un aumento en el número y cuantía de las ayudas al estudio, para que pueda garantizarse así la igualdad de oportunidades. En conclusión: posibilidad de estudiar en la universidad para todos, sí, pero no a costa del esfuerzo de todos.


14
abr 12

La precampaña ya empezó

Tanto si se convocan para el otoño de este año, como si se celebran al final de la legislatura, la precampaña para las elecciones autonómicas ya está en marcha. Y como suele ocurrir en casi todas las elecciones, el reparto de escaños dependerá, en gran medida, del grado de movilización del electorado de cada partido.

Los socialistas parten de una cierta posición de desventaja. Durante las últimas convocatorias su electorado ha estado escasamente movilizado. Quizás por ello han sido los primeros en lanzarse a la campaña; la iniciativa “Publikoa” y las manifestaciones del lehendakari-candidato, no dejan lugar a dudas. Dicen que los resultados de las autonómicas andaluzas fueron recibidos, a pesar de ser marzo aún y del batacazo cosechado, como si de agua de mayo se tratase. De hecho, esos resultados se han tomado en círculos socialistas como muestra de que la marea, para ellos, vuelve a subir tras la debacle de las generales. Pero quizás yerran, porque la alternativa de gobierno en Andalucía se llamaba Arenas, y Arenas no es la alternativa en la CAV. Al PSE no le va a resultar fácil mejorar en unos meses el pobre balance de legislatura, y mucho menos presentar un proyecto político atractivo y realista para Euskadi.

Los populares vascos se las veían muy felices…. hasta las andaluzas. Los primeros 100 días del señor Rajoy han resultado ser de máximo desgaste. Subida de impuestos, presupuestos muy restrictivos, amnistía fiscal a delincuentes y, -lo que es peor-, negro horizonte económico y laboral a corto plazo, son pésimos avales para solicitar al electorado el apoyo, en forma de papeleta, a su proyecto. Por eso, tampoco los populares encaran estas elecciones con buenas perspectivas de participación de su electorado tradicional. La incógnita, para ellos, es si es mejor concurrir en el otoño o esperar a la próxima primavera. Y esa incógnita no tiene una solución evidente.

Batasuna y aledaños se encuentran, en lo que al calendario electoral se refiere, en una situación cómoda, pues es previsible que, con ETA fuera del escenario, consigan mantener una importante fidelidad de voto. Siguen cabalgando la ola que les llevó a triunfar en Gipuzkoa y a ser la segunda fuerza más votada en la CAV. Y luego está el factor Otegi. Si el señor Otegi es puesto en libertad contarán con un excelente cabeza de cartel para su electorado, con el mérito de haber pasado un buen periodo en la cárcel. Y si sigue en prisión, capitalizarán, como es lógico, el victimismo que tal situación propicia.

Es previsible que el PNV siga siendo la primera fuerza política en la CAV en número de votos, aunque no está tan claro que lo vaya a ser en parlamentarios. Pocas papeletas podrían, -por ejemplo en Vitoria-, dar y quitar mayorías relativas y, en ese contexto, pequeños contratiempos pueden salir muy caros. La clave, para los nacionalistas vascos, será doble. Por un lado, corren el riesgo de sufrir las consecuencias de unas tensiones internas que no acaban de remitir. Y por el otro, pueden beneficiarse de la imagen de solvencia que aún conservan, y de ser considerados claves para el desarrollo y profundización en el autogobierno. En ese contexto, el PNV necesita, como cualquier otro partido, a un buen candidato o candidata, pero ante la probable eventualidad de que sea él o ella quien lidere el próximo gobierno vasco, lo importante es que esa persona sea un buen gobernante porque, de lo contrario, el retorno a Ajuria Enea podría devenir en frustración y resultar efímero.


24
mar 12

Meros autómatas

A cuenta del homenaje que la Real Academia Española tributó a la lengua vasca la pasada semana, asistí de lejos a un curioso debate en torno a la convivencia lingüística. Una de las personas que intervinieron afirmó que quizás sería bueno que en Europa solo se utilizase una lengua. De esa forma, -argumentaba quien defendía tal idea-, nos entenderíamos mejor y, quizás, nos irían mejor las cosas. Utilizaba el ejemplo norteamericano y el idioma inglés como referencia. A quien sostenía tal opinión le parecía que la diversidad lingüística constituye un obstáculo para la comunicación.

En realidad, lo que es un obstáculo para la comunicación es no conocer más que una lengua. En la historia de la Humanidad el monolingüismo ha sido la excepción y el bilingüismo o el trilingüismo, la norma. Las ciudades, los territorios, los países han sido, por variadas razones, escenarios de encuentro de personas pertenecientes a diferentes grupos lingüísticos, y lo normal ha sido que cada uno conociese dos o tres lenguas. Han sido quizás los europeos pertenecientes a las tres grandes potencias occidentales históricas y, dentro de éstas, los hablantes de sus lenguas hegemónicas, -ingleses, franceses y castellanos/españoles-, los únicos que se han mostrado mayoritaria y pertinazmente incapaces de hablar otra lengua que no fuese la materna. Claro que no es casualidad que hayan sido esas tres naciones las que, en el periodo comprendido entre la configuración de los estados modernos y comienzos del siglo XX, han tenido vocación imperial y han llegado a erigir imperios.

La función social de una lengua es la comunicación; así es. Pero las lenguas cumplen otras funciones, también de gran importancia, que alimentan necesidades básicas de los seres humanos. Cada lengua nos ofrece una versión diferente del mundo. Se suele poner el ejemplo de la nieve y los inuit; pero los hay más sutiles y de consecuencias más imprevisibles, como por ejemplo las que se derivan de que la lengua tenga partitivo o no lo tenga. Cada lengua nos ofrece algo parecido a una cosmovisión. ¿Habría que renunciar a varias de esas visiones del mundo en aras de una hipotética mejor comunicación?

La lengua crea belleza. Es la materia prima de la literatura, y la literatura es, -para algunos, al menos-, una fuente de goce indescriptible. La literatura que se crea en una lengua y la que se crea en otra son diferentes; las obras literarias se traducen, sí, pero la traducción, por excelente que sea, modifica el original. ¿Qué razón puede haber para no tener acceso a más de una literatura? ¿Por qué, si podemos acceder a dos o tres, debemos renunciar a ello?

Y por último, la lengua alimenta la identidad; es, de hecho, una de las componentes más frecuentes e importantes de las identidades colectivas. Hay quien sostiene que las identidades son singulares y carecen de componentes compartidas. Pero esa idea simplemente denota ignorancia u obedece a un deseo. La pertenencia al grupo es un rasgo básico de la naturaleza humana. Ese grupo puede ser mayor o menor, puede ser tribu o nación, pero es el entorno humano que nos da cobijo, con el que compartimos raíces, tradiciones, vivencias, proyectos, etc. Se trata de algo tan básico, tan esencial en nuestra naturaleza, que hasta tiene un sustrato neuroendocrino; es parte de nuestra fisiología.

Las lenguas sirven para comunicarnos, sí, pero sirven para otras cosas. No sé cómo seríamos sin esas otras cosas, pero seríamos menos humanos, mucho menos; estaríamos más cerca de ser, quizás, meros autómatas.


08
mar 12

El fútbol

El fútbol antaño era espectáculo dominical. Por la mañana había que asistir a misa; era la obligación. Y por la tarde íbamos al estadio; era la devoción. El ritual espectáculo vespertino compensaba, en cierto modo, la aburrida liturgia matutina. El lunes, los resultados del domingo eran el tema de conversación en el recreo, y por la noche, después de cenar, veíamos las jugadas dudosas y los goles de la jornada. La resaca del domingo liguero llegaba hasta el martes, porque los periódicos diarios no salían los lunes y dedicaban el martes a analizar la jornada deportiva. Y había vacaciones, vaya si las había; en las primeras semanas del verano llegaba al fútbol la estivación.

Pero aparecieron las televisiones privadas, y tras las privadas analógicas, las digitales. La multiplicación de canales elevó la competencia. Y con la competencia, proliferó la oferta. Los antiguos clubes, ahora sociedades anónimas, encontraron una fabulosa gallina de los huevos de oro. Sus presupuestos han alcanzado magnitudes asombrosas, aunque, paradójicamente, han conseguido hacer el milagro de gastar en fichajes mucho más de lo que ingresan.

Lo que antes era un espectáculo de tarde dominical se ha convertido en el hecho social más importante. Es el fenómeno al que más atención prestan los medios de comunicación de masas. Casi todos los días de la semana hay fútbol en televisión. Todos los informativos le dedican una parte significativa de su tiempo. Los diarios de información general llenan páginas con el fútbol y en las portadas cada vez es más habitual la imagen futbolística de gran formato. Entre los periódicos más vendidos (y más leídos) están los deportivos, con el fútbol como deporte rey. La información deportiva es, de hecho, la prensa rosa de los hombres. El fútbol altera la programación de radios y televisiones. Está en los autobuses, y en los taxis cada vez es más habitual oír emisoras dedicadas al deporte en exclusiva, mayoritariamente al fútbol.

El fútbol invade nuestras vidas. Se ha convertido en una plaga. Está en todas partes: es como el aire que respiramos. Y no tiene remedio.


29
feb 12

Ese vano empeño por escribir la historia

Según un conocido dicho, la historia la escriben los vencedores. Pero la izquierda patriótica está empeñada, al parecer, en dar la vuelta a la frase. Quieren ser ellos los que escriban la historia o, al menos, quieren que la historia tenga doble autoría: la suya y la de todos los demás. De ese modo pretenden conseguir que ETA no figure como vencida en la hora de su final, porque ello sería casi equivalente a no haber sido derrotada.

Solo esa pretensión justifica la propuesta de crear una “Comisión de la Verdad”. La comisión serviría, según sus impulsores, “para conocer lo que realmente ha ocurrido en nuestro Pueblo”, y conseguiría ese objetivo analizando “las causas y consecuencias del conflicto y los abusos cometidos durante el mismo”. Toda esa retórica abunda en la idea de que la historia tenebrosa de las últimas décadas en Euskadi habría tenido responsabilidades múltiples y de que, por ello, no cabría hablar de violencia, en singular, sino de “violencias”: la de ETA, por un lado, y la de los estados, por el otro. De lo que se trata, por supuesto, es de legitimar de algún modo todas estas décadas de terrorismo; de justificar, siquiera parcialmente, la barbarie.

En Euskadi la mayoría aceptamos hace mucho tiempo desenvolvernos pacíficamente en el marco de un sistema que ha sido útil para abordar la resolución de nuestros problemas y que, con todos los defectos y limitaciones que se quiera, es homologable al resto de sistemas democráticos de Occidente. A la vez, una organización terrorista ha pretendido imponer a la mayoría su proyecto político mediante la coacción y el asesinato. Y esa organización ha contado con el apoyo o la comprensión de una fuerza política importante pero minoritaria.

El estado también ha ejercido y ejerce la violencia, pero ocurre que esa violencia es legítima, porque al estado corresponde su monopolio para defender los derechos y libertades de la ciudadanía. Por eso no cabe mezclar violencias; no vale invocar la del estado para justificar la terrorista. De obrar así, los propios fundamentos del estado, -del estado democrático-, se tambalearían. Eso no quiere decir que toda la violencia ejercida por éste haya sido legítima o aceptable, por supuesto que no. En ocasiones, el estado ha ejercido violencia ilegal y, por lo tanto, ilegítima. Eso ha de ser motivo de denuncia y castigo a los responsables, pero de ningún modo puede ser coartada que justifique la violencia terrorista.

Los empeños por escribir, en solitario o en comandita, la historia de los últimos años, así como los afanes que, desde otros ángulos del polígono político, persiguen oficializar un determinado “relato”, van a ser hueros. La historia, -que no la verdad, porque tal cosa es una entelequia-, la acabarán escribiendo los historiadores, y para hacerlo se basarán en las fuentes propias de su disciplina. Unos la enfocarán de un modo y otros de otro, pero la historia que se enseñe en las escuelas será un destilado de esos enfoques, y dudo que ello genere grandes controversias en el futuro.

Ahora, lo que toca es afianzar la paz, reparar en la medida de los posible el daño causado, resarcir moralmente a las víctimas, acercar a los presos a sus familias y, si se dan las condiciones para ello, poner en práctica medidas de gracia individuales. El documento presentado por la izquierda patriótica el domingo pasado es, ante todo, retórica. Lo que se necesita son hechos, y el mejor y más contundente de todos ellos sería el comunicado de ETA que anuncie su definitiva desaparición.


23
feb 12

Lo que de verdad importa

Han sentado fatal las bromas sobre los éxitos del deporte español en los guiñoles del vecino del norte. El orgullo patrio se ha resentido y ha aflorado la vieja hostilidad hacia los “gabachos”. “Es que nos tienen envidia” decía, uno de estos días, un comentarista en una emisora de radio. En la misma semana, más o menos, en que los humoristas franceses escarnecían a la elite del deporte español, “Nature”, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, publicaba una columna que se hacía eco de los recortes habidos en la ciencia española y valoraba los riesgos que para el futuro suponían esos recortes; el título de la columna es suficientemente expresivo: “Spanish changes are scientific suicide” (Los cambios españoles son el suicidio científico). Supongo que nadie se sorprenderá del hecho de que esa columna no generase la más mínima reacción por parte de la opinión pública y, menos aún, de algún ministro.

Que buena parte de los éxitos deportivos han sido el resultado de los avances de la farmacología no lo duda casi nadie, aunque también es cierto que a casi nadie importa esa evidencia. Pero no es esa la cuestión que me interesa hoy. Allá los deportistas con su salud y los aficionados con sus principios. Me interesa la consideración de los deportistas que participan en competiciones internacionales como verdaderos representantes de la esencia patria, y de sus éxitos como heroicas conquistas nacionales. Para mí es evidente que España es una potencia deportiva porque los españoles dan a los éxitos en el deporte una importancia enorme. Si no fuera por esa razón, los medios de comunicación de masas -y muy especialmente la televisión- no le dedicarían, ni de lejos, el espacio y la relevancia que le dedican. Solo así se explican desatinos tales como el millón de euros que paga la televisión pública española a un tenista por la exclusiva de las entrevistas posteriores al partido.

Esto mismo vale, a su nivel y en el ámbito que corresponde, para las aficiones de los equipos que compiten en las ligas y, de manera singular, para el fútbol. Aquí el patriotismo deviene forofismo, teñido a veces de cierto componente nacional-futbolístico. Los resultados del club de los amores son lo más importante, y la prueba más evidente es que el aficionado medio no pone en cuestión que a ciertos futbolistas se les paguen cifras astronómicas y, lo que es más significativo, que se considere perfectamente normal que a los mejores futbolistas se les pague más que a los demás.

Si se valorase más la ciencia o, para qué ir tan lejos, la misma educación, exigiríamos que a esas actividades se les dedicasen muchos más recursos que los que les destinan y se presionaría para que, por ejemplo, científicos y educadores estuviesen mejor pagados que lo que lo están. Es más, estaría bien visto que se pagase mucho mejor a los mejores investigadores y a los mejores profesores que a los demás. Pero está claro que eso no preocupa en exceso. Y es curioso, porque si preocupase algo más quizás no estaríamos ahora tan mal como estamos. Es posible, por ejemplo, que hubiera menos fracaso escolar. Quizás muchos jóvenes que abandonaron la formación para ganar un dinero hace diez años estarían ahora trabajando o, al menos, tendrían mejores perspectivas que las que tienen.

Tras leer estas líneas habrá quien piense que todo eso es cosa de los españoles, que los vascos son diferentes. Sinceramente, creo que el hecho diferencial vasco no se manifiesta en este tipo de cuestiones.


16
ene 12

El futuro abierto

Hace cuatro años, las expectativas se presentaban mucho más inciertas para el PNV que en años anteriores. El resultado obtenido en las legislativas de 2008 indicaban que el Gobierno Vasco se encarecería mucho. Y así fue; a pesar de la holgada victoria jeltzale en las elecciones autonómicas, el PNV fue desalojado, por primera vez en su historia, del Gobierno Vasco. Además, las aguas seguían bajando revueltas dentro del partido. A pesar de haberse presentado una candidatura al EBB previamente acordada, seguía sin proyectarse un discurso único hacia el exterior. Dependiendo de quién y de dónde se manifestase, el mensaje que el partido trasladaba a la sociedad era diferente.

Estos cuatro años no han pasado en balde para el PNV. En contra de lo que muchos hubiesen anticipado, el partido liderado por Íñigo Urkullu no se vino abajo tras las elecciones de 2009. Interviniendo de manera inteligente en la política española, ha conseguido completar prácticamente el desarrollo del Estatuto de Gernika. Y además, ha sido parte activa en el proceso que ha desembocado en la declaración de ETA de final de la violencia. Si a esto añadimos que el gobierno liderado por Patxi López ha tenido un pobre desempeño y ha sido incapaz de presentar un proyecto de país alternativo para Euskadi, nos encontramos con que el PNV sigue siendo el principal referente político de los vascos.

Pero a pesar de lo anterior, el futuro no se le presenta despejado. Está, por un lado, la emergencia electoral de la izquierda patriótica. Es cierto que en las dos elecciones de 2011 el PNV ha salido vencedor allí donde los dos proyectos medían sus fuerzas. Pero también es cierto que la distancia entre ambos es pequeña y que las grandes batallas por la victoria en las próximas autonómicas se darán allí donde ha obtenido en 2011 peores resultados, Gipuzkoa y Araba, precisamente los territorios en los que los votos tienen más valor.

Y por el otro lado está la cuestión de la coherencia en los discursos. El liderazgo de Íñigo Urkullu ha salido nítidamente reforzado de este periodo; pero la organización que preside no solo no es inmune al virus de la disparidad en los mensajes, sino que la misma naturaleza del partido la facilita. El problema, claro está, es que esa disparidad se cierne como una amenaza sobre las posibilidades de victoria en las próximas autonómicas, porque el electorado interpreta la disparidad de discursos como discrepancias políticas, y tiende a no depositar su confianza en quienes parecen no tener la casa en orden.

La expectativas del PNV para los próximos años son positivas, pero el futuro está abierto. Los retos serán diferentes a los que hemos conocido hasta ahora. En los próximos años asistiremos a fenómenos nuevos. La desaparición de la violencia y los intereses de unos y otros propiciarán la búsqueda de un “govern de progrés” a la vasca. Y por supuesto, se intensificarán las tendencias recentralizadoras del estado. Frente a todo ello, para convertir en hechos los propósitos formulados ayer por Íñigo Urkullu, el PNV debe emitir un discurso propio y coherente, diferenciado de unos y de otros. Debe aparecer ante la ciudadanía como el partido en el que confiar para salir del atolladero económico, y también como máximo garante del autogobierno e institucionalización de la nación vasca. Las expectativas del PNV son positivas, sí, pero no se materializarán por sí mismas; eso dependerá, sobre todo, del propio partido, de sus hombres y mujeres, porque el futuro no está escrito; está, como siempre lo estuvo, abierto.