El envejecimiento

Esta es la primera de una serie de seis piezas en las que, hasta el próximo día 25, repasaré los grandes retos que afronta la sociedad vasca en el terreno de las políticas públicas. Dado que son –siempre, lógicamente, según mi criterio- asuntos de la máxima importancia, no dudo que las candidaturas que se presentan a las elecciones del próximo día 25 harán propuestas para superarlos. El envejecimiento de la sociedad vasca, por sus profundos efectos sobre el funcionamiento social y sobre nuestras vidas, es el problema de más alcance al que nos enfrentamos; condicionará las medidas que se pongan en práctica y determinará también el éxito o fracaso de las mismas.

La nuestra es una de las sociedades europeas donde menos niños y niñas nacen. También es una de las que tienen mayor esperanza de vida. Por eso, la proporción de personas mayores y muy mayores es cada vez más alta. Pero el envejecimiento de la población es muy peligroso. Por un lado, hace recaer en una pequeña fracción de la sociedad el mantenimiento de una gran proporción de la misma. Unos pocos, muy pocos, deberán hacerse cargo de los gastos de formación de los jóvenes, de la asistencia a los mayores y del funcionamiento de los servicios públicos. Una sociedad con poca gente joven es una sociedad sin vitalidad, con menos potencial creativo, y menos empuje. El envejecimiento es un hecho, y nada que se haga conseguirá revertirlo de forma inmediata. Pero ciertas actuaciones podrían mitigar su intensidad. Y además, es posible -y será necesario- atenuar sus consecuencias más negativas.

Para mitigar la intensidad se aplicarán seguramente políticas natalistas y de igualdad entre hombres y mujeres, algunas de ellas ensayadas con algún éxito en ciertos países. Pero esas políticas no son gratuitas y a la hora de la verdad, dudo que puedan surtir los efectos buscados en una medida significativa. También puede facilitarse la llegada de personas de fuera y, en la medida de lo posible, de personas de talento. Pero esta vía plantea otros problemas. Euskadi ha tenido una larga historia de inmigración: durante casi siglo y medio muchos hemos venido de fuera en busca de un futuro mejor. Pero esa afluencia no ha resultado inocua en términos de cohesión social y cultural. En el mundo hay millones de personas dispuestas a salir de su tierra y viajar a otros países para mejorar. Y muchas de esas personas están dispuestas a venir a este rincón del mundo. Pero la llegada de emigrantes en un volumen suficiente como para atenuar de forma significativa los efectos del envejecimiento, será causa de conflictos y tensiones de difícil tratamiento. No pretendo con esto sugerir que haya que descartar esa vía, pero hay que ser conscientes de los peligros que habrá que conjurar y, de ser posible, estar preparados para ello.

En otro orden de cosas, neutralizar las consecuencias negativas del envejecimiento exigirá producir más riqueza y hacerlo de forma muy eficiente. Habrá que elevar en una medida importante la productividad. Sólo así menos personas trabajando podrán generar los excedentes que deberán utilizarse para hacer frente a los costes que una sociedad envejecida impone y que antes he apuntado. Pero tampoco conviene engañarse: no está a nuestro alcance lograr aumentos de productividad que, por sí solos, resuelvan el problema.

Como suele ocurrir en situaciones difíciles, las soluciones, de haberlas, serán parciales, y habrá que hallarlas mediante medidas diferentes que se apliquen de forma simultánea. Hemos vivido demasiado tiempo ignorando activamente que cada vez nace menos gente y la vida es cada vez más larga. No nos podemos permitir seguir así.

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La serie #Desafíos2020 está formada por las siguientes seis anotaciones:

El envejecimiento

La dignidad

La riqueza

La formación

La cultura

Lo que nos jugamos hoy

 

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