La riqueza

En una escena de “Alicia a través del espejo” (Lewis Carroll, 1871), Alicia y la Reina Roja corren juntas y, aunque lo hacen muy rápido, no consiguen moverse de donde están. Al desconcierto de Alicia, la Reina responde que en su país “hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio; si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido”. Esto mismo nos está ocurriendo con los servicios públicos, y en los próximos años nos ocurrirá en mayor medida. Si queremos mantener aquellos de los que disfrutamos ahora –protección social, sanidad y educación, principalmente-, necesitaremos generar más recursos económicos. Y si los queremos ampliar habrá que producir más aún: “correr dos veces más rápido” como dice la Reina Roja.

La tentación fácil es la de exigir que suban los impuestos. Y en un alarde imaginativo bien conocido, la exigencia se rematará con la coletilla “a los que más tienen”, aunque todos sepamos que los que más tienen disponen de las mejores herramientas para, sean cuales sean los tipos y modalidades impositivas, evitar pagarlos o pagar muy poco. Los recursos adicionales deberán provenir, por lo tanto, de una más intensa actividad económica, mayor productividad, y superior competitividad de las empresas y del conjunto del sistema económico vasco. Claro que esto se dice con facilidad pero la práctica es otra cosa.

Hace no tanto tiempo casi un una tercera parte de la riqueza que producíamos tenía su origen en la industria. Su peso relativo en la economía vasca ha descendido en los últimos años y ahora nos daríamos por satisfechos si esa contribución llegase a representar la cuarta parte del PIB. Eso no es bueno, porque la industria proporciona una actividad económica más sólida, que genera empleo más estable y mejor remunerado que otros sectores (como el del espejismo turístico, por ejemplo). Por ello, si queremos un desarrollo económico capaz de garantizar un aporte regular de recursos abundantes, nuestro tejido industrial deberá mejorar su competitividad y aumentar su dimensión, de manera que pueda crecer su contribución a la producción de riqueza.

Salvo ominosas excepciones, el recurso a las ayudas directas, además de injusto y pernicioso a largo plazo, es prácticamente inviable, por lo que el margen de maniobra de los poderes públicos en este campo es mínimo. Conviene no perder eso de vista. Leemos estos días, no obstante, propuestas electorales concretas para apoyar al tejido industrial; son seguramente propuestas bien fundamentadas y de cuya idoneidad no hay por qué dudar. Pero hay algo que apenas aparece en el discurso público, y no sólo en el que emite la clase política: se echa en falta apelaciones expresas al valor del esfuerzo, la dedicación y el riesgo. Y no me refiero ahora (sólo) a los mensajes que se lanzan en campaña electoral. Exigimos derechos con admirable soltura y, sin embargo, brillan por su ausencia las virtudes de cuyo ejercicio depende que se pueda crear la riqueza necesaria para que nos los podamos permitir. Los responsables políticos, y no sólo quienes nos gobiernan, tienen ahí una asignatura pendiente, porque su discurso tiene indudables efectos pedagógicos.

Termino por lo más importante: por encima de cualquier otra consideración, es la formación de las personas la clave de una industria competitiva y, en general, de una sociedad bien engrasada, eficiente en todos sus niveles y que, más que la utópica garantía de un futuro próspero, sea capaz de proporcionar oportunidades para todos. Una formación de calidad es la pieza sobre la que sostener un desarrollo consistente y armónico, su clave de bóveda en definitiva.

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La serie #Desafíos2020 está formada por las siguientes seis anotaciones:

El envejecimiento

La dignidad

La riqueza

La formación

La cultura

Lo que nos jugamos hoy

 

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