La cultura

El bienestar y la cohesión social no dependen exclusivamente de factores económicos. Hay bienes inmateriales a cuyo disfrute otorgamos gran valor y algunos de ellos son de carácter cultural. La provisión de tales bienes cumple, al menos, tres fines. En primer lugar y dado que prolonga y complementa la labor del sistema formativo más allá de la etapa inicial de la vida, casi todos los bienes culturales proporcionan conocimiento; son por ello, un factor de enriquecimiento y desarrollo personal. En segundo lugar, algunos son fuente de criterio propio y nutren el espíritu crítico; tienen, por ello, un efecto democrático. Y en tercer lugar, pueden proporcionar goce estético o intelectual y son, por lo tanto, fuente de bienestar. Además, cuando esos bienes tienen carácter colectivo, pueden tener una influencia decisiva en la configuración de identidades. En nuestro caso hay varios elementos que tienen ese carácter, pero es la lengua propia el que de forma más nítida contribuye a la configuración de la identidad colectiva.

Por todo lo dicho, y dado que su provisión depende, en cierto grado y de una u otra forma, de decisiones políticas, la política cultural tiene, aunque no lleguemos a ser muy conscientes de ello, mucha incidencia en las vidas de las personas. Y sin embargo, esa política rara vez se diseña a partir de consideraciones como las anteriores y –con la excepción de la lingüística- no suele recibir demasiada atención en los programas y campañas electorales.

En lo relativo a la lengua, tres décadas después de la aprobación de la Ley del Euskera cabe hacer un balance positivo de sus efectos: el conocimiento se ha extendido mucho, la producción cultural en euskera es abundante y de calidad, nos podemos relacionar en lengua vasca con las administraciones municipal y autonómica, y la mayor parte de los estudios se pueden cursar también en vasco. Y sin embargo, su uso no ha crecido en la misma medida que su conocimiento. Me temo que en este asunto nos movemos con esquemas periclitados. La pretensión de que el euskera sea lengua de uso en todos los ámbitos de la vida puede resultar contraproducente a la postre. Y me pregunto qué resultados daría una apuesta por promover la utilización de la lengua en determinados nichos que se demuestren fértiles y de amplia influencia, y dejar que esos nichos ejerzan una función de arrastre sobre el resto ámbitos de uso.

Uno de los ejes principales de la política cultural vasca ha sido la radio-televisión pública. A nadie se le oculta que la televisión, en concreto, vive una situación difícil debido a factores tales como la crisis del mercado publicitario, el aumento de la oferta televisiva, y la extensión de nuevas formas de consumo audiovisual. No me parece factible dar la vuelta a la situación y retornar a los indicadores de hace más de una década. Pero quizás la clave no radique tanto en la improbable recuperación de cifras de audiencia, cuanto en la redefinición del modelo de televisión pública. Y al respecto, hay dos elementos cuya consideración me parece inexcusable. Uno es el papel que debe cumplir la televisión como agente al servicio de la creación y transmisión de contenidos culturales de calidad. Y el otro, la adecuación de ese servicio a las posibilidades que ofrece internet y las plataformas y redes que protagonizan la transmisión multidireccional de contenidos. Hay ahí un universo de oportunidades. Las amenazas a las que nos enfrentamos difícilmente serán más peligrosas que la situación que tenemos hoy. Y no hemos de olvidar que la radiotelevisión pública es un agente cultural de primer orden. O debería serlo.

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La serie #Desafíos2020 está formada por las siguientes seis anotaciones:

El envejecimiento

La dignidad

La riqueza

La formación

La cultura

Lo que nos jugamos hoy

 

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