La dignidad

Las llamadas políticas sociales tienen por objeto que todas las personas, con independencia de su situación económica, disfruten de unos niveles básicos de bienestar. Pretenden ofrecer apoyo, protección, atención y cuidados a quienes se encuentran en riesgo de que su calidad de vida se deteriore hasta un punto que nos parece inaceptable. Hemos decidido que todos hemos de poder disfrutar de unas condiciones materiales de vida determinadas, porque las consideramos irrenunciables. El nivel de dichas condiciones viene objetivado por el esfuerzo que los poderes públicos deciden que debe hacerse en cada caso. A modo de ejemplo sirva la cuantía de las rentas que se asignan, con cargo al erario público, a quienes se considera que las necesitan para vivir. Otros grados de esfuerzo los fijan en función de la extensión y nivel de los servicios que prestan o ayudas que otorgan en otras áreas de acción social.

Algo similar cabe decir en relación con la atención sanitaria. El de la salud es un derecho que consideramos irrenunciable. Afortunadamente, la gente es cada vez más consciente de la importancia de la prevención, y gracias a eso, a los mejores hábitos de vida, se ha podido limitar el esfuerzo en actuaciones curativas o paliativas. Pero algunos fenómenos nos deben mover a la reflexión: el consumo abusivo de drogas –alcohol, principalmente- por parte de muchos jóvenes, y el sobrepeso y obesidad creciente en ese segmento de edad, son verdaderas bombas de relojería. Euskadi cuenta con un sistema sanitario muy bien valorado por sus usuarios. Pero los servicios de salud son caros. Y cada vez lo son más porque el envejecimiento es un factor de encarecimiento. Una mayor esperanza de vida tiene un precio; el tiempo no transcurre en balde y el deterioro orgánico pasa su factura en términos de salud y, por lo tanto, también en términos económicos. Los tratamientos de las enfermedades graves más prevalentes son, además, cada vez más caros.

La asistencia a los necesitados, a los que se encuentran en riesgo de exclusión, a quienes no pueden desarrollar una actividad laboral normal, a las personas mayores que carecen de suficientes recursos, y la atención sanitaria universal, las consideramos necesarias para procurar una vida digna de ser vivida. Todo ese esfuerzo, que hacemos de forma colectiva a través de las administraciones públicas y también gracias al concurso de entidades privadas y particulares, lo hacemos porque nuestra sociedad está formada por personas compasivas, porque pensamos que nadie debe quedar desamparado. Pero nada es gratis, y no está claro que andando el tiempo vayamos a poder seguir permitiéndonoslo. Y es que es fácil hablar de derechos sociales, pero derechos son sólo aquellos que decidimos que lo sean y que podemos costear. O son, como me decían en casa un día de estos, aquellos que estamos dispuestos a pagar a costa de nuestro propio sacrificio económico personal. Esto deberíamos tenerlo muy claro, máxime en una sociedad que envejece de forma irremediable y en la que cada vez hay más demandas para que las instituciones públicas presten ayuda económica a quien cree merecerla o necesitarla.

Nada en este terreno puede garantizarse, nada puede darse por conseguido. Si queremos que todas las personas tengan cubiertas sus necesidades básicas y disfruten de lo que consideramos una vida digna, no bastará con enunciar el deseo o la exigencia de que así sea. Para hacerlo posible, quienes gobiernen en los próximos años deberán articular medidas concretas entre las que será inevitable, seguramente, recurrir a fórmulas nuevas. Pero ante todo, como sociedad, deberemos generar más recursos. Esa es la clave, porque –insisto- nada es gratis, tampoco la dignidad.

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La serie #Desafíos2020 está formada por las siguientes seis anotaciones:

El envejecimiento

La dignidad

La riqueza

La formación

La cultura

Lo que nos jugamos hoy

 

El envejecimiento

Esta es la primera de una serie de seis piezas en las que, hasta el próximo día 25, repasaré los grandes retos que afronta la sociedad vasca en el terreno de las políticas públicas. Dado que son –siempre, lógicamente, según mi criterio- asuntos de la máxima importancia, no dudo que las candidaturas que se presentan a las elecciones del próximo día 25 harán propuestas para superarlos. El envejecimiento de la sociedad vasca, por sus profundos efectos sobre el funcionamiento social y sobre nuestras vidas, es el problema de más alcance al que nos enfrentamos; condicionará las medidas que se pongan en práctica y determinará también el éxito o fracaso de las mismas.

La nuestra es una de las sociedades europeas donde menos niños y niñas nacen. También es una de las que tienen mayor esperanza de vida. Por eso, la proporción de personas mayores y muy mayores es cada vez más alta. Pero el envejecimiento de la población es muy peligroso. Por un lado, hace recaer en una pequeña fracción de la sociedad el mantenimiento de una gran proporción de la misma. Unos pocos, muy pocos, deberán hacerse cargo de los gastos de formación de los jóvenes, de la asistencia a los mayores y del funcionamiento de los servicios públicos. Una sociedad con poca gente joven es una sociedad sin vitalidad, con menos potencial creativo, y menos empuje. El envejecimiento es un hecho, y nada que se haga conseguirá revertirlo de forma inmediata. Pero ciertas actuaciones podrían mitigar su intensidad. Y además, es posible -y será necesario- atenuar sus consecuencias más negativas.

Para mitigar la intensidad se aplicarán seguramente políticas natalistas y de igualdad entre hombres y mujeres, algunas de ellas ensayadas con algún éxito en ciertos países. Pero esas políticas no son gratuitas y a la hora de la verdad, dudo que puedan surtir los efectos buscados en una medida significativa. También puede facilitarse la llegada de personas de fuera y, en la medida de lo posible, de personas de talento. Pero esta vía plantea otros problemas. Euskadi ha tenido una larga historia de inmigración: durante casi siglo y medio muchos hemos venido de fuera en busca de un futuro mejor. Pero esa afluencia no ha resultado inocua en términos de cohesión social y cultural. En el mundo hay millones de personas dispuestas a salir de su tierra y viajar a otros países para mejorar. Y muchas de esas personas están dispuestas a venir a este rincón del mundo. Pero la llegada de emigrantes en un volumen suficiente como para atenuar de forma significativa los efectos del envejecimiento, será causa de conflictos y tensiones de difícil tratamiento. No pretendo con esto sugerir que haya que descartar esa vía, pero hay que ser conscientes de los peligros que habrá que conjurar y, de ser posible, estar preparados para ello.

En otro orden de cosas, neutralizar las consecuencias negativas del envejecimiento exigirá producir más riqueza y hacerlo de forma muy eficiente. Habrá que elevar en una medida importante la productividad. Sólo así menos personas trabajando podrán generar los excedentes que deberán utilizarse para hacer frente a los costes que una sociedad envejecida impone y que antes he apuntado. Pero tampoco conviene engañarse: no está a nuestro alcance lograr aumentos de productividad que, por sí solos, resuelvan el problema.

Como suele ocurrir en situaciones difíciles, las soluciones, de haberlas, serán parciales, y habrá que hallarlas mediante medidas diferentes que se apliquen de forma simultánea. Hemos vivido demasiado tiempo ignorando activamente que cada vez nace menos gente y la vida es cada vez más larga. No nos podemos permitir seguir así.

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La serie #Desafíos2020 está formada por las siguientes seis anotaciones:

El envejecimiento

La dignidad

La riqueza

La formación

La cultura

Lo que nos jugamos hoy

 

¿Candidato o candidata?

Con la candidatura de Otegi pasa lo que con esas experiencias que, al vivirlas, uno tiene la sensación de haberlas vivido ya. Es eso a lo que en francés llaman déjà vu. Lo malo es que ésta, bajo formatos quizás diferentes, ya la hemos vivido de verdad.

Al Partido Popular le viene de perlas centrar el debate electoral vasco en el affaire Otegi. Salvo, quizás, el de la inmigración, casi cualquier otro asunto le resultaría incómodo ahora. Los inmigrantes, antes o después, saldrán a relucir, pero imagino que ya en plena campaña, cuando Otegi haya dejado de protagonizarla. A EHBildu también le viene bien que el debate se centre en ese tema. Teniendo en cuenta el trayecto hacia la irrelevancia que la izquierda patriótica ha seguido desde las elecciones –forales y españolas- de 2011, la condición de víctima política de los malvados designios del PP resulta de lo más conveniente para recuperar un protagonismo que otros, con estilos y estética más modernas, le han birlado. Lo hasta ahora dicho no expresa juicio de intenciones, sino meras opiniones acerca de un hecho político.

Pero pasemos al terreno de las intenciones, a sabiendas de que éste es resbaladizo y, por ello, propicio para el patinaje. Desde que empezó el runrún no he dejado de preguntarme si la izquierda patriótica tenía realmente la intención de que Otegi encabezase la candidatura de EHBildu por Gipuzkoa y, desde esa posición, la candidatura a lehendakari. Dado el deterioro electoral que ha sufrido en los últimos años, es perfectamente lógico preguntarse si no habrían ya decidido renovar las caras –ya que con el discurso parecen tener más dificultades- y si esa renovación no pasaría por prescindir de Otegi como candidato. Algunos elementos avalan esta especulación.

Uno -quizás no el más importante, aunque sí significativo- de esos elementos es la utilización que hace el propio Otegi de las intenciones de las instituciones centrales del estado. Me refiero, en concreto, al viejo –más que viejo, viejuno, cabría decir- truco de exigir al Lehendakari que resuelva “su problema” con los tribunales, volviendo así la burra al mismo río en que abrevaba en los tiempos de la ilegalización.

El segundo elemento es que la figura de Otegi (candidato por Gipuzkoa) conforma, junto a las candidatas Miren Larrion (Araba) y Jasone Agirre (Bizkaia), un cartel “incongruente”. Y no me refiero (sólo) al aspecto estético. Por relevante que haya sido en el pasado, Otegi es un político de ese pasado, es la imagen principal de una fuerza política en declive. Y sin embargo, el conjunto de la izquierda patriótica vasca dice haberse embarcado en una renovación. Las cabezas de lista de EHBildu por Araba y Bizkaia serían, en cierto modo, iconos de esa renovación. En otras palabras: son caras nuevas. La de Otegi es todo lo contrario.

Y el último -pero no por ello menor- elemento es la relevancia de la persona elegida para ser la segunda en la lista guipuzcoana. Maddalen Iriarte es una personalidad de primera fila. Para amplios sectores culturales, mediáticos y, en general, sociales vascos y vasquistas –euskaltzaleak- Iriarte es una persona referencial. De hecho, su presentación el pasado martes en el Palacio Miramar tuvo un realce especial, un realce que ningún otro segundo puesto en una candidatura ha merecido. Es lícito, por lo tanto, que nos preguntemos si, en realidad, ella no ha sido desde hace tiempo el plan A de EHBildu para liderar su grupo parlamentario y optar a la presidencia del Gobierno Vasco. Y es que al afirmar que ella no era el plan B, Iriarte, el pasado martes, dijo seguramente la verdad.

Ni está fuera ni está dentro

El mensaje que una y otra vez transmite Pedro Sánchez no se sostiene. La cantinela de que Mariano Rajoy ha de buscar aliados en su espacio natural -la “derecha”- y que al PSOE le toca hacer oposición incluso antes de que haya un gobierno al que oponerse, no tiene ni pies ni cabeza. Incluso si se aceptase que unos partidos son de “derecha” y otros de “izquierda” y que coinciden, en cada porción del abanico ideológico, con los que dice Sánchez, nada obliga –ni tan siquiera aconseja- a que los acuerdos hayan de hacerse entre los que, supuestamente, están en la misma zona del espectro. En Euskadi lo sabemos muy bien: ha habido casi todo tipo de acuerdos y los menos han sido, precisamente, entre próximos. El mismo líder socialista ha desmentido con los hechos esa doctrina: su efímero acuerdo con Albert Rivera hace unos meses, sin ir más lejos, fue un buen ejemplo. Todo esto es tan obvio que sonroja ponerlo por escrito.

Es verdad que los socialistas tienen una papeleta harto complicada. Si votan que no a Rajoy no hay ninguna posibilidad de que éste consiga formar gobierno. En tal caso, lo más lógico sería que Sánchez presentase su candidatura y se sometiese, a su vez, a una nueva votación de investidura. Pero sería muy difícil, por no decir imposible, que la superase. Habría de recorrer el mismo o similar camino que hace unos meses. La aristocracia socialista, previsiblemente, mantendría el veto al pacto con Podemos, con lo que Sánchez intentaría llegar a un acuerdo con Ciudadanos, o sea… con la “derecha”. Supongamos que Rivera, por razones de simple supervivencia, acepta. Necesitarían, además, el voto favorable de Podemos. Ahora bien, difícilmente aceptará ahora Pablo Iglesias lo que no aceptó cuando los números de la “izquierda” eran mejores. La única razón para hacer algo así sería el temor a presentarse ante su electorado, por tercera vez en menos de un año, sin haber facilitado un gobierno alternativo al del Partido Popular en dos ocasiones seguidas. No es argumento pequeño, pero la contradicción sería mayúscula.

La otra posibilidad para Sánchez es que, o bien sin llegar a presentar su propia candidatura o bien tras su previsible derrota si la presentase, los socialistas acaben absteniéndose en la de Rajoy. Esta es seguramente la más lógica, aunque si finalmente se acaba materializando, al PSOE no le va a resultar nada fácil explicarla a su electorado. Podemos sacaría petróleo de la abstención socialista, ahora y durante toda la legislatura. La alternativa a las dos posibilidades anteriores, como ya se ha dicho, serían unas terceras elecciones. ¿Piensa la dirección socialista que otros comicios les ayudarían a dejar a Podemos atrás? No creo que lo piensen; es más, si los electores atribuyen a los socialistas la responsabilidad de una segunda repetición electoral, las consecuencias podrían ser catastróficas para ellos. En resumen, la alternativa que afronta el PSOE es la de aparecer ante el electorado de “izquierda” como el partido (de “izquierda”) que facilitó un nuevo gobierno de la “derecha” o aparecer ante la opinión pública como los responsables de una eventual repetición de las elecciones. Es la alternativa del diablo porque, hagan lo que hagan, se producirán muchas bajas.

El problema para el Partido Socialista es que por diabólica que sea la alternativa que afronta, el tiempo pasa y su actitud recuerda cada vez más a Diana, la condesa de Belfor, de la comedia de Lope de Vega: “No dudes: naturalmente / es del hortelano el perro. / Ni come ni comer deja, /ni está fuera ni está dentro”.

Bienvenida

Esta semana hemos sabido que Pilar Zabala es la persona que encabezará la candidatura de Podemos Euskadi a la presidencia del Gobierno Vasco. He de confesar que la propuesta me sorprendió en su momento porque pensaba que la persona elegida tendría un perfil más parecido al de Garbine Biurrun. Pero, en todo caso, he recibido con agrado la noticia. Esa es la verdad.

Siento una gran admiración hacia Pilar Zabala desde la primera ocasión en que la oí hablar públicamente de su experiencia y la de su familia tras conocerse el terrible final, a manos de la Guardia Civil, de su hermano José Ignacio y del compañero de éste José Antonio Lasa. Creo que esa admiración es compartida por muchísimas personas en Euskadi. Su actitud, junto con la de otras víctimas del terrorismo, ha sido una lección ejemplar de generosidad y la han convertido en una referencia moral para la sociedad vasca. Así lo pienso.

Al optar por una persona del perfil de Pilar Zabala, Podemos Euskadi parece apostar por abrir el espacio de la política hacia segmentos de la sociedad que no estaban, hasta ahora, directamente implicados en la actividad partidaria. En realidad, esa apuesta ya se había producido cuando la persona elegida había sido Biurrun, y lo mismo cabe decir de Juan Luís Uría, el candidato que presenta a las primarias la corriente crítica de ese partido. Tienen estas decisiones un aspecto positivo, pues así cabe calificar la intención de Podemos de llevar al ejercicio de la política real a personas procedentes de eso que se llama sociedad civil, de profesionales ajenos a la dinámica propia de los partidos políticos y que, por ello, carecen de los hábitos y tics que hacen de la confrontación partidaria algo tan previsible y, a veces, tan detestable. Además, si resultase ser cierto que los políticos viven en una burbuja propia, ajenos a las verdaderas preocupaciones de la gente, la participación de personas como Biurrun, Uría o Zabala contribuiría a romper esa burbuja y a acercar el debate y confrontación política a los intereses de la ciudadanía.

Pero esa forma de proceder a la hora de designar candidatos para dirigir las instituciones tiene su contrapartida. Y es que, en cierto modo, supone un cuestionamiento implícito de la valía de quienes ocupan puestos de responsabilidad en el partido. Porque, ¿cuál es la razón para desestimar la candidatura a Lehendakari de alguno de los dirigentes del partido en Euskadi? ¿Por qué no es aplicable la lógica seguida en las legislativas españolas a las legislativas vascas? ¿No era, acaso, Pablo Iglesias el candidato de Unidos Podemos a presidente del Gobierno Español? ¿Nagua Alba, por ejemplo, no es una buena candidata cuando Pablo Iglesias sí lo es? Ante esos contrastes se suscita la duda de cuál es la verdadera intención de Podemos Euskadi. ¿Pretenden abrir el ejercicio de la política a personas de valía procedentes de ámbitos sociales diversos? ¿O se trata, en realidad, de una decisión en la que cuestiones de imagen han tenido un peso importante?

Las anteriores son las dudas que me han surgido al tener conocimiento de la propuesta de la dirección vasca de Podemos. Pero al expresar esas dudas de ninguna forma deseo poner en cuestión la decisión de Pilar Zabala de lanzarse a la arena política y tratar de alcanzar la máxima representación institucional de nuestra comunidad autónoma. Lo que de ella hemos podido atisbar hasta la fecha sugiere que su discurso puede contribuir a enriquecer de forma significativa el debate político vasco. Por eso y por la admiración que me merece, quiero darle hoy la bienvenida.