Todos los derechos

“Todos los derechos para todas las personas”. Este es uno de esos lemas que, a base de enunciarlo, ha acabado por convertirse en un mantra. Es, quizás, el lema más utilizado por los representantes de la izquierda abertzale heredera de Batasuna. Y cada vez se extiende más su uso: otros representantes políticos y líderes de movimientos sociales también se han apuntado.

Y sin embargo, a pesar de su apariencia inocente, -casi me atrevería a decir que beatífica-, consiste en lo que para mí es una trampa dialéctica. Quienes hacen esa reivindicación de “todos los derechos para todas las personas” meten en un mismo saco productos muy diferentes. Se vinculan de esa forma todos los derechos a efectos de su ejercicio y respeto. Y de un modo sutil, -o quizás no tanto-, se condiciona la reivindicación del cumplimiento de unos derechos al ejercicio de todos a la vez. En cierto modo, se otorga un mismo estatus a todos los derechos y, de forma casi subliminal, se condicionan unos al ejercicio de los otros, aunque no se sepa bien cuáles son.

A los juristas no les gusta que se hable de jerarquía de derechos. Aceptan, como mucho, que se hable de primacía de algunos de ellos. Me resulta indiferente que se utilice una u otra expresión, pero para mí está claro que no todos los derechos son iguales. La dignidad, la integridad física y moral, y la libertad, son bienes tan preciados que no es fácil anteponer unos a otros, y seguramente no sería objetivable una determinada prelación. Pero el derecho a la vida es la llave del cumplimiento de cualesquiera otros derechos. Por la sencilla razón de que los muertos no pueden ejercer ninguno.

Todo esto lo expresaba muy bien Clint Eastwood en una película excelente, “Sin perdón”. Pone en boca del protagonista, -interpretado por él mismo-, una frase que no se me ha ido nunca de la cabeza; reza, más o menos, así: “cuando matas a un hombre no sólo le quitas todo lo que tiene, también le quitas todo lo que podría tener”.

Nota: esta entrada ha sido publicada como columna de opinión en la edición en papel de Deia hoy (15/10/10)

Liu Xiaobo

Debo el haber escrito este post a un comentario de Io a la entrada anterior que dediqué a Mario Vargas Llosa. Liu Xiaobo es el disidente chino a quien le ha sido concedido el Premio Nobel de la Paz. El caso es que este año no tengo nada que objetar a estos premios, que son los que más polémica suelen generar. Ya expliqué la semana pasada semana que me alegró mucho el de Vargas Llosa. Este también me ha alegrado.

Liu Xiaobo es uno de los firmantes de la “Carta 08”, una declaración en la que, tras repasar los hitos más señalados de la historia de China, se analiza la actual situación de los derechos humanos en ese país. Tras ese análisis se declaran los principios que comparten los firmantes (libertad, derechos humanos, igualdad, republicanismo y democracia) y se formula una propuesta que supondría, caso de llevarse a la práctica, una verdadera revolución democrática en China.

Quien esté interesado, puede encontrar aquí el texto íntegro de la “Carta 08”.