Es la doctrina

[Publicado el 12 de octubre de 2013]

Hasta la dictadura de Franco, el ministerio que ahora es de educación, era de instrucción pública. Sospecho que el Caudillo le cambió el nombre con la intención de reflejar un cambio en su orientación. No se trataba ya de instruir, sino de educar. Y educar, en el vocabulario de los regímenes totalitarios, tiene, además de la componente de enseñar, esa otra orientada a conformar conciencias, condicionar el comportamiento, ahormar el pensamiento, en definitiva, adoctrinar. La transición no recuperó el nombre republicano; mantuvo el franquista. Dudo que fuera casual.

Los debates educativos de las últimas décadas han tenido que ver, sobre todo, con cuestiones de orden doctrinal y con los valores que unos u otros han pretendido promover a través de la enseñanza reglada. Las nuevas leyes han provocado, casi siempre, gran controversia en esos terrenos. Pero la intervención del poder en la escuela no se ha limitado a los cambios de modelo. Otras medidas, dependiendo de la ocasión y los intereses del momento, también estaban motivadas por esas consideraciones; pero eso sí, el “revuelo” que levantaban sólo dependía de la medida en que unos y otros se identificaban con sus propósitos. Formar en el espíritu nacional, inculcar el respeto al medio ambiente, llevar a las víctimas del terrorismo a las aulas, promover la igualdad, educar en la solidaridad y la diversidad, predicar una moral de inspiración confesional, españolizar a los catalanes, o cualquier otra pretensión relativa al dominio de los valores ha podido ser objeto de tratamiento “transversal” o incluso lectivo. Son empeños vanos, por supuesto, porque ignoran que los valores se transmiten, ante todo, en la familia y la cuadrilla, por fortuna.

Pero aún siendo vanos, esos empeños han sido la causa de que en ninguna otra área se hayan producido tantos cambios legislativos como en la enseñanza, siete desde la transición. Cada vez que ha habido cambio de partido en el gobierno, y a veces con el mismo partido, los nuevos han cambiado lo que había, y nada es más perjudicial para el sistema de instrucción que realizar frecuentes cambios normativos. Pero recuerden: se ha tratado de adoctrinar, ahora y antes.

La gente, por otro lado, tampoco parece conceder a la instrucción la importancia que merece. Las familias se conforman con lo que hay. Los de mi generación hemos conocido personas que, aunque analfabetas funcionales, eran muy conscientes de la importancia de los estudios y hacían lo posible por que sus hijos los cursaran, cuantos más mejor. Pero no sé si esa es una preocupación mayoritaria hoy. Quizás el logro del acceso universal a la enseñanza haya hecho desaparecer la genuina preocupación ciudadana por su calidad.

Y en ese debate estábamos esta semana, cuando ha llegado la OCDE con su informe sobre competencias formativas básicas en adultos. Que mucha gente no sea capaz de entender y manejar lo básico en los dos lenguajes -literario y matemático- esenciales para ejercer como ciudadanos resulta demoledor, más aún al comprobar que, con una mínima excepción, España es el país con peores resultados. Y no es suficiente consuelo que en las edades jóvenes las cosas estén sólo mal y no catastróficas. La ley Wert no va a conseguir, como ninguna otra lo consiguió antes, que la educación en España dé el salto de calidad que necesita. Al contrario, el simple hecho de volver a cambiar de ley será una losa más a añadir a las varias que ya arrastra la enseñanza.

Pero a la hora de la verdad ¿a quién importa? Porque llenan de orgullo los triunfos de “la roja”, mas no de oprobio la mediocridad educativa y cultural.

¿Universidad para todos? Sí, pero…..

Tal y como anunció el jueves pasado el ministro Wert, las comunidades autónomas podrán, en adelante, aplicar fuertes subidas a las tasas universitarias. La medida se toma en un momento de crisis grave, en el que la necesidad de ahorrar parece justificar casi cualquier recorte. Pero el caso es que esta medida, en particular, debiera tomarse incluso si la situación económica fuera buena. Ahora bien, como se verá, debiera venir acompañada de otras medidas.

Lo primero a resaltar es que es lógico que sean las comunidades autónomas las que tomen esa decisión. A ellas corresponde subvencionar el grueso de los presupuestos universitarios y de establecer las líneas de política universitaria en su ámbito. Por lo tanto, es lógico que ellas decidan en qué medida costea los estudios el conjunto de la ciudadanía y en qué medida lo hace el estudiante o su familia. Responsabilidad y capacidad de actuación deben ir de la mano.

Las tasas actuales solo cubren una pequeña parte del coste de los estudios universitarios, entre un 15% y un 25%, dependiendo de cómo se realice el cálculo y de en qué medida se imputa el coste de la actividad investigadora. Es verdad que de esos estudios se beneficia toda la sociedad, ya que la formación adquirida tendrá un impacto social muy positivo. Pero también es cierto que los principales beneficiados por esa formación son los que la reciben. Aunque la ventaja salarial de los universitarios se ha reducido en los últimos tiempos, sigue existiendo una diferencia importante con las personas con estudios medios, y más aún con las personas con estudios primarios o sin estudios.

Por otro lado, siguen siendo las personas de extracción social alta o media-alta las que acceden a la universidad en mayor medida, por lo que son las que más se benefician de los estudios universitarios. Por eso, el actual sistema es socialmente injusto, porque hace recaer sobre el segmento de la población menos favorecido parte del coste de unas inversiones de las que se beneficiará indirectamente y en una medida pequeña.

Pero dicho lo anterior, una subida generalizada de las tasas tendría el efecto de “expulsar” de la universidad a un número significativo de estudiantes. Se estima que la subida podría dejar fuera de los estudios superiores a un 5% de los que en la actualidad disfrutan de ellos o lo harán en el inmediato futuro. Y eso puede ser muy negativo. Sería socialmente injusto si se trata de personas capaces y con ganas de estudiar que, por carecer de los recursos necesarios, ven limitado o impedido su acceso a la universidad. Pero además, sería muy negativo para el conjunto de la sociedad, porque impediría contar con las capacidades de esas personas una vez formadas. En definitiva, se vulneraría de esa forma el principio de igualdad de oportunidades.

Por todo lo anterior, la subida de tasas universitarias ha de hacerse, pero con dos condiciones. Debe afectar en mayor medida a los estudiantes que obtienen peores resultados académicos, de manera que sirva de acicate para mejorar el rendimiento y se eviten así gastos innecesarios. Y lo más importante: debe venir acompañada por un aumento en el número y cuantía de las ayudas al estudio, para que pueda garantizarse así la igualdad de oportunidades. En conclusión: posibilidad de estudiar en la universidad para todos, sí, pero no a costa del esfuerzo de todos.

Lo que de verdad importa

Han sentado fatal las bromas sobre los éxitos del deporte español en los guiñoles del vecino del norte. El orgullo patrio se ha resentido y ha aflorado la vieja hostilidad hacia los “gabachos”. “Es que nos tienen envidia” decía, uno de estos días, un comentarista en una emisora de radio. En la misma semana, más o menos, en que los humoristas franceses escarnecían a la elite del deporte español, “Nature”, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo, publicaba una columna que se hacía eco de los recortes habidos en la ciencia española y valoraba los riesgos que para el futuro suponían esos recortes; el título de la columna es suficientemente expresivo: “Spanish changes are scientific suicide” (Los cambios españoles son el suicidio científico). Supongo que nadie se sorprenderá del hecho de que esa columna no generase la más mínima reacción por parte de la opinión pública y, menos aún, de algún ministro.

Que buena parte de los éxitos deportivos han sido el resultado de los avances de la farmacología no lo duda casi nadie, aunque también es cierto que a casi nadie importa esa evidencia. Pero no es esa la cuestión que me interesa hoy. Allá los deportistas con su salud y los aficionados con sus principios. Me interesa la consideración de los deportistas que participan en competiciones internacionales como verdaderos representantes de la esencia patria, y de sus éxitos como heroicas conquistas nacionales. Para mí es evidente que España es una potencia deportiva porque los españoles dan a los éxitos en el deporte una importancia enorme. Si no fuera por esa razón, los medios de comunicación de masas -y muy especialmente la televisión- no le dedicarían, ni de lejos, el espacio y la relevancia que le dedican. Solo así se explican desatinos tales como el millón de euros que paga la televisión pública española a un tenista por la exclusiva de las entrevistas posteriores al partido.

Esto mismo vale, a su nivel y en el ámbito que corresponde, para las aficiones de los equipos que compiten en las ligas y, de manera singular, para el fútbol. Aquí el patriotismo deviene forofismo, teñido a veces de cierto componente nacional-futbolístico. Los resultados del club de los amores son lo más importante, y la prueba más evidente es que el aficionado medio no pone en cuestión que a ciertos futbolistas se les paguen cifras astronómicas y, lo que es más significativo, que se considere perfectamente normal que a los mejores futbolistas se les pague más que a los demás.

Si se valorase más la ciencia o, para qué ir tan lejos, la misma educación, exigiríamos que a esas actividades se les dedicasen muchos más recursos que los que les destinan y se presionaría para que, por ejemplo, científicos y educadores estuviesen mejor pagados que lo que lo están. Es más, estaría bien visto que se pagase mucho mejor a los mejores investigadores y a los mejores profesores que a los demás. Pero está claro que eso no preocupa en exceso. Y es curioso, porque si preocupase algo más quizás no estaríamos ahora tan mal como estamos. Es posible, por ejemplo, que hubiera menos fracaso escolar. Quizás muchos jóvenes que abandonaron la formación para ganar un dinero hace diez años estarían ahora trabajando o, al menos, tendrían mejores perspectivas que las que tienen.

Tras leer estas líneas habrá quien piense que todo eso es cosa de los españoles, que los vascos son diferentes. Sinceramente, creo que el hecho diferencial vasco no se manifiesta en este tipo de cuestiones.

Mal en Ciencias

Hola. Después de unos días sin publicar nada, aquí estoy de nuevo.

Hoy se han publicado dos informaciones de grandísimo interés. [Enlace roto.] es la del asesinato de una joven en Baracaldo por su anterior pareja sentimental. No me voy a referir a ese asunto ahora, aunque lo haré más adelante, y anticipo que lo que escriba no va a ser del gusto de mucha gente, porque creo que se está haciendo un diagnóstico erróneo del problema.

El [Enlace roto.] importante en la prensa de hoy ha sido la publicación de los resultados de la prueba PISA 2009. Las informaciones publicadas son bastante claras y las comparaciones muy expresivas. En Euskadi andamos flojos en Ciencias. Para alguien que, como yo, está especialmente preocupado (y últimamente ocupado) con la cuestión de la cultura científica, el dato tiene especial interés. Se constata que lo que considero un déficit social hunde sus raíces en las etapas medias del sistema educativo.

Los expertos serán capaces, no lo dudo, de identificar las razones de los malos resultados obtenidos en Ciencias. No me sorprendería que parte del problema tenga que ver con el (poco) esfuerzo, en forma de tiempo, que se dedica a esas materias. Tampoco sé, con seguridad, si es así o no. Pero no dudo de que la verdadera raíz del problema, lo que se encuentra en el origen, es la escasa consideración social que tienen la ciencia y los valores que la sustentan.

El discurso público, el de nuestras autoridades y el de muchos prescriptores, se ha orientado a prestigiar un tipo de actividades y unos valores, que no son precisamente los que están en la base de la ciencia, como actividad y como forma de conocimiento. Por esa razón la ciencia no cuenta con el prestigio social que necesita para ser apreciada. Sin aprecio no hay interés, y sin interés no hay aprendizaje.

Reconozco que esto es lo que me dice el olfato. Carezco de datos contrastados. No sé si se ha analizado este fenómeno, ni si hay alguna propuesta al respecto. Pero creo que las cosas van por ahí. Y si no estoy equivocado, tenemos un problema, porque se supone que Euskadi tiene vocación de basar su crecimiento y su prosperidad futura en el conocimiento, en la ciencia, la tecnología y en eso que llaman innovación.

Addenda: Josu Sierra ha publicado un post bastante atinado hoy en su blog en relación con un aspecto de esta cuestión (PISA) quizás lateral, pero que convendría no olvidar. Hace unos años, alguna prensa afín al actual régimen, el sindicato CCOO y algún político de tres al cuarto vilipendiaron de mala manera a los anteriores responsables de Educación por algo que hoy parece no tener la menor importancia. Como diría mi amigo Jesus Mari, “la impostura”.