Los jabalíes de Marcelo Bielsa no han comido porquerías

Aunque brevemente, me aventuro de nuevo hoy en el proceloso mar de la futbolmanía. Y lo hago para hablar (bien) de Marcelo Bielsa, el entrenador del Athletic Club. Porque le he oído en más de una ocasión decir que él ha sido el responsable de la derrota de su equipo, el único o máximo responsable, para ser precisos. Sólo por eso, por lo difícil que resulta en estos tiempos que corren que alguien se declare responsable de algo que no sale bien, merece mi respeto y mi aplauso.

Hace unos meses me referí aquí a esa extendida, -y detestable-, costumbre de tratar, de manera sistemática, de responsabilizar a los demás de las desgracias propias. En el ámbito de la política lo hacía Rodríguez Zapatero, que echaba la culpa de casi todo a “los mercados”. Lo han venido haciendo muchos de los consejeros del gobierno vasco actual, con su lehendakari al frente, para quienes casi todos los males son consecuencia de la herencia que les dejó el lehendakari Ibarretxe y su gobierno. Lo hace ahora Mariano Rajoy; justifica el presidente del gobierno español el incumplimiento sistemático de sus promesas electorales en la nefasta herencia dejada por su predecesor. Y si no es la herencia, nunca falta chivo en el que expiar lo que corresponda: el señor de Guindos afirma que la culpa la tiene Grecia, y el señor Montoro, que las autonomías. Y ahora va a resultar que las decisiones del ejecutivo español para “generar confianza” en los mercados y en los socios europeos no las tomó nadie, se tomaron ellas solas.

Las “culpas” se reparten con una liberalidad que es directamente proporcional a la racanería con que se asumen las responsabilidades. ¡Pero ojo! Los responsables políticos no son los únicos que se hacen los locos. Los bancos españoles deben centenares de millones de euros; las promotoras inmobiliarias o están en quiebra o deben lo que no está escrito; la gente debe muchísimo dinero. Centenares de miles de personas están hipotecadas hasta el cuello y una buena parte de ellas, no trabajan. Y lo extraordinario del asunto es que parece que la decisión de entramparse no la debió de tomar quien lo hizo. Es como si miles de personas hubiesen sido abducidas por algún ente maligno y hubiese decidido por ellos comprar algo que requería de un crédito, o les hubiese hecho creer que el desempleo estaba pasado de moda y ya nunca volvería. O quizás es que, como sostienen algunos, aquellas no fueron decisiones realmente libres porque las tomamos “obligados” por los estímulos consumistas que hacen de las personas títeres sin voluntad.

En el ámbito educativo, -al que pertenezco-, lo de evadir responsabilidades tiene carácter secuencial. Los profesores de universidad decimos que vienen mal formados del bachiller; los de bachiller que de la ESO, y así sucesivamente. El problema debe de surgir en infantil; claro que, ¿por qué detenerse ahí? ¿no será que estaba en el espermatozoide? ¿o estaría quizás en el óvulo?

Para la mayoría, -no para Marcelo Bielsa-, Asterix no ha ganado la carrera porque los jabalíes que éste había comido antes habían, a su vez, comido porquerías. Y sin embargo, ocurre que mientras pensemos que la “culpa” la tienen las porquerías que habían comido los jabalíes, nunca reconoceremos que el problema de Asterix no era ese, sino otro. Y por lo tanto, no le daremos solución. Pero debemos ser conscientes de que actuando de ese modo descartamos ser dueños de nuestro destino: aceptamos que el futuro sea un porvenir, renunciando así a que sea un “porhacer”.

Impresiones

1ª impresión: Uno de los dos asesinos de mujeres que han ejercido este fin de semana ha intentado, dicen, suicidarse. Sorprende en estos tipos el nivel de acierto a la hora de cargarse a su pareja y el escasísimo éxito que tienen cuando tratan ellos mismos de quitarse de en medio.

2ª impresión: No he leído la sentencia del caso Bateragune, entre otras cosas porque no entiendo algunas expresiones propias de esos textos. Estoy bastante harto de la tremenda banalidad, -banalidad del mal, esta también-, que se ha instalado en el mundo de la justicia. He visto en acción a la jueza que ha presidido el tribunal del caso; declaré como testigo en la Audiencia Nacional hace ya varios años ante un tribunal presidido por ella. Me fui pensando que la actuación que había visto era un mal sueño. Por lo visto no lo fue.

3ª impresión: España es campeona de Europa en baloncesto; tengo entendido que ya era campeona de algo muy grande también. Y qué decir del fútbol y la roja; también es campeona de todo. Nadal en tenis es muy bueno; Alonso ha sido campeón del mundo de fórmula 1 hace pocos años y en ciclismo varios corredores españoles han ganado las grandes vueltas durante los últimos años. Y yo me pregunto: ¿Todos estos éxitos no tienen nada que ver con que España esté en la ruina, endeudada hasta las cejas y al borde del colapso?

Deportes

Hay distintas formas de relacionarse con el deporte. A mí se me ocurren cinco, aunque bien podrían ser más. Algunos lo practican de forma profesional. Disfrutan haciéndolo, aunque a veces, muchas, también sufren. Buscan, además, la victoria, y no sólo lo hacen porque estén obligados a ello. Desean ganar. Unos con más ambición y otros con menos, pero todos ellos quieren ganar. También hay deportistas de competición que no son profesionales. No se ganan la vida de esa forma, pero disfrutan y, como los anteriores, a veces sufren. Y también quieren ganar. Desean la victoria.

Luego está el deporte practicado por simple disfute, casi como un juego. Son esas cuadrillas que se juntan para salir en bici o jugar un partido de fútbol, o salen a correr 10 km todos los días. En este caso hay diversas motivaciones. Son variadas, aunque las componentes lúdica, masoquista e higiénica suelen estar presentes en diferentes proporciones.

Otra forma de implicación es la del forofo. Abunda en fútbol, pero lo hay en otros deportes. El forofismo es un forma irracional y desagradable de manifestar el entusiasmo por un deportista o por un equipo. A veces tiene una fuerte base identitaria, pero no siempre. El forofo parece poner la razón de su misma existencia en los logros, -reales o supuestos-, del objeto de su veneración. Y la quinta es la simple afición o gusto por asistir a espectáculos deportivos. Normalmente se produce una cierta identificación con un deportista o con un equipo, y se desea que tenga éxito. Creo que esa identificación también es irracional.

Yo practiqué el remo durante un año. Me sentí expulsado de su práctica porque las tretas y el juego sucio que se practicaba para ganar un puesto en la tripulación de la trainera eran incompatibles con mi manera de ser y mis intereses. Aparte de eso y de algún corto periodo nadando (que abandoné porque me cansaba, me aburría y el agua estaba más fría de lo aconsejable), no he hecho gran cosa salvo andar, aunque dudo que eso, por sano que sea, pueda calificarse de deporte.

Antes me gustaba el fútbol. Ahora no soporto las retransmisiones de los partidos y he llegado a aborrecer el ambiente forofero que inunda el estadio. Además, me siento agredido por la sobrepresencia futbolístico-futbolera en los medios de comunicación. Cuanto más veo u oigo cosas que tengan que ver con el fútbol, más absurdo me parece todo ello. [Aunque confieso que me sigo alegrando cuando gana el Athletic, cosa que no entiendo.]

Admiro a los alpinistas, pero el alpinismo no se retransmite por televisión, ni parece realista instalar graderíos en el Everest. Por eso, hoy es el día en que sólo disfruto viendo ciclismo (aunque tampoco sé muy bien por qué). Y aunque mi equipo es Euskaltel, casi todos los ciclistas me parecen dignos de admiración. Bueno, el caso es que me gusta el ciclismo. He visto correr a Contador; lo he visto en la tele y también en directo en el Tour. Aunque me parece un rato raro, creo que es un crack. Y no acabo de entender la historia del clembuterol. Es una historia extraña. De ninguna forma descarto el dopaje, por supuesto, pero lo que ha hecho la UCI no tiene nombre. Y todo esto me fastidia, la verdad, porque a este paso no me va a quedar ni el ciclismo.