El escenario más abierto

Tres hechos políticos de relevancia nos deja el año que acaba hoy.

Uno es el fracaso de ese proyecto político inane que se gestó hace ya una década, pero que no pudo materializarse hasta 2009. La coalición virtual que forman PSE y PP ha fracasado como fórmula de gobierno. Y lo ha hecho por tres razones: 1) porque la mayor parte de la ciudadanía no se identificaba, ya en sus inicios, con esa coalición; 2) porque no ha sido capaz de ofrecer un proyecto de país alternativo al del nacionalismo vasco; y 3) porque ha transitado por la legislatura como si ocupar el gobierno solo consistiese en hacer declaraciones: el balance de gestión ha sido paupérrimo en casi todas las áreas. Aunque el fracaso del proyecto se percibía ya en los resultados de las encuestas de años anteriores, las elecciones forales de mayo y legislativas de noviembre lo han certificado.

El segundo hecho de relevancia ha sido la declaración de ETA y sus antecedentes, junto con la principal consecuencia política de todo ello, la explosión electoral de la izquierda patriótica. Como consecuencia de los resultados electorales cosechados, no solo gobierna en Guipúzcoa y en numerosos municipios; cuenta también con una excelente representación en las Cortes españolas; y se encuentra, además, en condiciones de disputar el liderazgo al resto de formaciones políticas vascas. Por otro lado, es de suponer que el Tribunal Constitucional legalizará Sortu durante los próximos meses y, de ser así, estaremos más cerca de una situación política normal.

Y el tercer hecho ha sido la victoria de Mariano Rajoy al frente del PP en las elecciones legislativas de noviembre. Durante los próximos años el Reino de España será gobernado por el PP con mayoría absoluta, y aunque seguramente tratará de buscar complicidades extramuros, no se verá obligado a acordar prácticamente nada con otros partidos, algo que tendrá consecuencias importantes también entre nosotros.

El actual gobierno vasco tiene ante sí un verdadero calvario. Tras haber sido desautorizado en las urnas de forma severa, lo más probable es que en otoño de 2012 se vea obligado a convocar elecciones. De esa forma evitará tener que elaborar unos presupuestos cada vez más difíciles de cuadrar. Además, no parece que el PP esté dispuesto a seguir desgastándose apoyando a un gobierno tan poco apreciado por su propio electorado.

De cara a los próximos meses se abren dos incógnitas principales. Una es la evolución que experimentará la convivencia en Euskadi y sus variadas componentes, con el reconocimiento y reparación a las víctimas del terrorismo como componente principal.

Y la otra es la configuración que adquirirá el Parlamento Vasco que salga de las próximas elecciones autonómicas. Sospecho que, en lo sustancial y en términos relativos, los resultados de esas elecciones reflejarán, en el ámbito autonómico, lo ocurrido este año en los ámbitos foral y español. Pero de cara a la asignación de parlamentarios y, por lo tanto, a la configuración del nuevo gobierno, habrá que tener muy en cuenta dos elementos: 1) no es descartable que alguno de los partidos pequeños obtenga representación parlamentaria, y 2) los vitorianos elegirán del orden de 23 parlamentarios. Además, los acuerdos que se han producido en el ámbito foral indican bien a las claras que el mapa de alianzas puede adquirir formas antes nunca vistas. Nos encontraremos, seguramente, ante el escenario más abierto que se recuerde.

Los jabalíes habían comido porquerías

Cuando se constituyó el actual gobierno vasco algunos pensamos que la apuesta del PSE era temeraria. El gobierno contaba con suficiente apoyo parlamentario, por supuesto, pero todos éramos conscientes de que esa mayoría parlamentaria era en cierto modo artificial, consecuencia de un artificio. Pues de artificio cabía calificar la exclusión de una fuerza que entonces contaba con un apoyo del orden del 10% del electorado y que resultaba determinante a la hora de definir el margen de la mayoría absoluta.

El hecho de estar sustentado en una mayoría tan problemática conllevaba, ya entonces, dos grandes, -por no decir enormes-, problemas. Por un lado, un gobierno con apoyo tan problemático, se iba a ver necesariamente limitado a la hora de proponer y sacar adelante propuestas políticas de cierto calado. Y, por si lo anterior fuera poco, su socio no ha dejado de marcar de manera férrea el límite de lo que puede y lo que no puede hacer. A esas limitaciones obedecen, seguramente, los resultados que arrojan las encuestas de opinión en las que la ciudadanía muestra de manera sistemática una desconfianza profunda y creciente hacia el gobierno.

Y luego está la economía. En marzo de 2009 ya se sabía que nos enfrentábamos a una crisis económica severa. Las crisis son siempre difíciles de gestionar. Como es comprensible, gran parte de la ciudadanía, y sobre todo los sectores más afectados por las condiciones adversas, no aceptan con facilidad las medidas que suelen ponerse en práctica en esas circunstancias. Y por esa razón, es muy conveniente que esas medidas cuenten con amplio apoyo por parte de las fuerzas políticas; de otro modo los gobiernos no pueden actuar con la confianza y autoridad que la situación requiere. Pero el PSE prescindió de esas consideraciones y asumió el riesgo. Del PP no cabe decir lo propio, porque lógicamente no arriesgaba nada con su actitud.

Tras dos años y medio de legislatura, el gobierno vasco se encuentra hoy en una situación muy delicada. En lo que se refiere a políticas públicas, su balance de resultados es ciertamente pobre. Hay alguna excepción, por supuesto, pero el tono general del gobierno es de una atonía asombrosa. Y en lo económico las cosas, como era de prever, se han puesto verdaderamente complicadas. Con unas recaudaciones casi sistemáticamente por debajo de las previsiones y una insuficiente contención del gasto corriente, la deuda no ha dejado de crecer.

Ante estas circunstancias, el lehendakari ha hecho lo peor que se podía hacer. Durante los dos primeros años de legislatura se dedicó a hacer la oposición a la oposición y a los gobiernos del pasado. Y durante los últimos meses no ha dejado de decirle a los demás, incluido el propio Rodríguez Zapatero, lo que tienen que hacer.

Su última actuación, esta misma semana, ha sido antológica. Sin haber concretado ante la ciudadanía en qué consiste su propósito de reforma fiscal, -ámbito en el que, dicho sea de paso, el gobierno vasco carece de competencias-, y en alusión a la respuesta dada por parte de la Diputación de Vizcaya, se ha permitido la licencia de acusar por anticipado a su diputado general de ser el responsable de un hipotético futuro cierre de escuelas y hospitales. Su actitud, tanto por el fondo como, sobre todo, por las formas, ha sido impropia de un lehendakari.

Tras oir esas declaraciones me ha venido a la cabeza una conocida escena de comic. Asterix no ha podido ganar la carrera en los Juegos Olímpicos, y para justificar el chasco, Abraracurcix, el jefe, dice que la pista estaba en malas condiciones, y Edadepiedrix, el anciano, afirma que los jabalíes que había comido Asterix habían comido porquerías. Pues eso, no hay que darle más vueltas, los jabalíes habían comido porquerías.

Lo que funciona bien no hay que tocarlo

El pasado día siete, el lehendakari López utilizó el término despilfarro cuando se refería a la conveniencia de reformar la arquitectura institucional vasca. Lo hizo en un contexto extraño, -un acto académico- y en la intervención con la que cerraba el acto. Dada la dureza del término empleado, el lehendakari debiera aportar los datos que supuestamente avalan su utilización. Pero eso es algo que no creo que ocurra. Ha utilizado el término despilfarro para generar un estado de opinión proclive a su propuesta de revisar nuestro entramado institucional. Se trata de una táctica similar a la de asociar la inmigración con la delincuencia o el fraude con las ayudas sociales. Pretenden, mediante esas asociaciones, orientar a la opinión pública en la dirección deseada. Nadie se extrañe, pues, si pronto se publica algún “informe” que dé sustento a esa idea.

Las diputaciones constituyen elementos claves en la orientación del país, y son verdaderas atalayas y escaparates políticos. De ellas dependen, además, importantes esferas de acción pública. Se me ocurren varias razones por las que no debiera abordarse una reforma como la que plantea el gobierno vasco, y pienso, además, que este es un asunto de enorme calado político. La primera razón es de naturaleza histórico-jurídica; las diputaciones forales son las depositarias de la tradición foral, tradición que es la base histórica del autogobierno vasco. No es, a mi juicio, la razón de más peso, pero sospecho que de esta derivan importantes consecuencias a efectos del reconocimiento de la singularidad vasca por parte de las instituciones europeas. Y eso no es baladí.

La segunda razón es una modalidad del principio de subsidiaridad. Las diputaciones forales, en tanto que corresponden a ámbitos políticos más reducidos que el gobierno vasco, están más cerca de la ciudadanía y del entorno sobre el que gobiernan. Y eso supone que se encuentran en mejores condiciones a la hora de identificar los problemas y dar la respuesta más adecuada a los mismos.

La tercera razón es puramente pragmática, pero quizás es la que, en estos momentos, con más energía ha de esgrimirse frente a la pretensión de reforma. Resulta que el sistema vasco de autogobierno ha demostrado dar muy buenos resultados en términos de bienestar económico y de cohesión social. Ello se ha debido, en buena medida, al modo en que se encuentra articulado el sistema, al reparto competencial, y a los contrapesos que, de manera automática, funcionan entre unas instituciones y otras. Siendo esto así, es difícilmente comprensible que algo que ha funcionado tan bien deba ser modificado. Lo que se propone es un experimento de resultado incierto, pero de mucho peligro, y eso es algo que no nos podemos permitir.

Finalmente, me parece necesario recordar algo bastante obvio, pero que suele dejarse de lado en estos debates. La representación electoral de cada territorio en el parlamento vasco es la que es porque el entramado institucional es este y no otro. Si las diputaciones forales tuviesen un menor nivel competencial, habría que corregir la representación parlamentaria, porque quebraría el sistema semiconfederal en que se articula nuestra comunidad. Y eso es algo quizás no sea muy del gusto de nuestros gobernantes.

Hipótesis no científica

Sostengo que el modo en que ha quedado configurado el entramado institucional vasco es, en cierta medida al menos, consecuencia de la política de alianzas que desarrolló el PNV durante la pasada década y, muy en especial, de la que dio lugar al último gobierno tripartito que finalizó su andadura en marzo de 2009.

Salvo que tengan carácter estable, nunca he sido partidario de coaliciones preelectorales. La formada por PNV y EA que ganó las elecciones de 2001, fue una respuesta de emergencia a la situación por la que atravesó el nacionalismo institucional durante el difícil bienio 1999-2000, y a las posibilidades reales que en aquel momento tuvo el PP de alcanzar la presidencia del gobierno vasco. Cuatro años después, sin embargo, aquella coalición no tenía sentido. Condujo a una representación excesiva de EA en el gobierno, situación de la que también gozó EB. Además, aquel tripartito dio aire a dos fuerzas en evidente declive y propició unas políticas públicas en los ámbitos de gobierno de esos dos partidos que poco tenían que ver con la tradición jeltzale. Pero ese fue, quizás, el precio que estuvo dispuesto a pagar el PNV por la pretensión de que el gobierno fuera el “cauce central” de la política vasca.

En marzo de 2009 aquella arquitectura se vino abajo. El excelente resultado del PNV resultó insuficiente, tanto por los efectos de la ilegalización de la izquierda abertzale, como por la debacle electoral de EA y EB. El PNV se había quedado sin fuerzas con las que pactar para evitar el gobierno de la coalición PP-PSE. Y aunque los partidos pequeños sufrieron un verdadero varapalo, no desaparecieron de escena.

En Guipúzcoa, el PNV ha promovido en estas elecciones una estrategia diferenciada que, bajo la denominación “Batu gaitezen”, ha querido revivir el planteamiento de un “cauce central”. Y lo cierto es que esa estrategia ha funcionado con notable éxito. El único problema es que los frutos del éxito los ha cosechado Bildu, coalición que, por nombre y naturaleza, encarna a la perfección el propósito de unidad que promovía “Batu gaitezen”. Esa parte del voto cosechado por Bildu que antaño había sido de EA, atendió a la llamada de unidad, solo que la unidad a la que se sumó fue a la encarnada por Bildu. Al fin y al cabo, la expresión “batu gaitezen” comparte campo semántico con “bildu gaitezen”.

En Álava las cosas podían haber ido mucho mejor para los jeltzales si la actitud que desde el principio mostró el Diputado General en relación con los casos de presunta corrupción hubiese sido adoptada con la misma energía y celeridad por el ABB y por los imputados. Los tres mil y pico votos que le faltaron al PNV para ganar, bien pudieron no haberse perdido. Pero se perdieron; esos y más. Y una parte importante seguro que también se fue con Bildu. Pero en este territorio las cosas no han sido como en Guipúzcoa. Han sido más tristes: un partido en descomposición el que ha acabado por enterrar las posibilidades de Xabier Agirre para repetir como Diputado General. Me muevo en el terreno de lo no contrastable, lo sé. Pero tengo la convicción de que la negociación con EB no hubiese acabado como ha acabado de no haber sido por la facilidad con la que esa fuerza política consiguió espacios de poder y de gestión en las negociaciones para formar los gobiernos anteriores, y muy en especial el segundo. No sugiero que en aquellos casos el PNV accediera a conceder lo que no se podía conceder. No era necesario, porque la sola presencia de EB en el gobierno ya servía para alimentar los comportamientos que denunció Xabier Agirre en la sesión de investidura, sin necesidad de complicidad por parte de nadie más.

No es posible contrastar la validez de la hipótesis que he formulado; tampoco es posible contrastar su falsedad. Está, por lo tanto, muy lejos de ser una hipótesis científica. Pero ello no es óbice para que sea válida; tampoco para lo contrario.

Rebatiña gubernamental

Cuando era chaval y andaba en pantalón corto por las calles de Salamanca no era raro que, algunos domingos, algún padre feliz saliera a la calle con chucherías y golosinas y las lanzara al grupo de chiquillos que se apelotonaba frente a su portal para lanzarse a coger al vuelo o del suelo lo que se pudiera. Es algo parecido a lo que hacen los Reyes Magos y el Olentzero ahora en los desfiles navideños. Y es parecido, también, a lo que se propone hacer el Gobierno Vasco con los [Enlace roto.]: una rebatiña.

El plan del Gobierno Vasco de gastar casi un millón de euros en los próximos meses para, -supuestamente-, apoyar al comercio riza el rizo. El año pasado fueron los coches, los electrodomésticos y los muebles. Se recurrió entonces a la concesión de ayudas públicas para estimular un consumo deprimido, poniendo en práctica una medida de efectividad económica más que discutible. Y no nos engañemos, lo que entonces se gastó el Gobierno vasco en aquellas ayudas lo tendrán que pagar nuestros hijos dentro de unos años con sus impuestos.

Hace unas semanas salieron con lo de entrar en el capital de la Naval, prestos a resolver con dinero público los problemas que genera la falta de competitividad de la empresa. Y ahora vuelven a las andadas. El objetivo dicen que es el comercio. Y el procedimiento es de chiste: se sortearán bonos de compra. Medio millón de euros para comprar, y el otro se irá en publicidad. Dicho con otras palabras: medio millón de euros que se gastarán entre unos cinco mil afortunadosciudadanos vascos (a razón de 100€ por cabeza) por un lado, y cerca de otro medio millón de euros que irá derecho a empresas de comunicación y de publicidad. [Excurso: a mí me parece que son estas empresas las verdaderas beneficiarias de este plan y en las que se ha pensado para ponerlo en marcha].

Insisto en que todo esto saldrá del bolsillo de nuestros hijos dentro de unos años. Y eso es injusto; ellos no tienen la culpa de que nosotros no hayamos sabido administrar debidamente nuestros recursos ahora. Pero hay más, el dinero que gasta la administración ahora se detrae del circuito económico, donde podría estar ayudando a que otros sectores, esos sí, eficientes, tengan más dinamismo del que tienen.

Ese dinero se va a gastar en vísperas electorales. No soy un ingenuo; eso se hace con un propósito, pero para mí eso es lo de menos. No les va a dar ni un solo voto. El problema es la ideología que subyace a este tipo de operaciones y los efectos que ellas acaban teniendo sobre el dinamismo económico del país y la eficiencia y competitividad de sus empresas.