Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa es el autor que ha escrito las que para mí han sido las mejores novelas de la segunda mitad del siglo XX. El otro gran escritor del siglo, anterior a Vargas Llosa, fue William Faulkner. Para gustos están hechos los colores. Lo digo porque habrá quien tenga otras preferencias y es lo lógico.

Vargas Llosa, como Faulkner o Marsé, recrean vidas, fabulan, construyen (o reconstruyen) historias. Nos ofrecen experiencias que no podemos vivir; reproducen ambientes y situaciones que no conocemos, aunque puedan resultarnos, en ocasiones, familiares. Estos autores en concreto, y Vargas Llosa muy especialmente, ha desarrollado una técnica narrativa de gran potencia. Ofrece fragmentos y visiones parciales de una misma realidad, y es el lector el que, convirtiéndose en sujeto activo, en agente, reconstruye la historia. Es hasta posible que unos lectores y otros obtengan resultados diferentes de esa reconstrucción. Esa es una componente fundamental de su genio.

“Conversación en la catedral” y “La casa verde” son ejemplos sublimes de esa modalidad narrativa, la primera sobre todo, quizás la obra más importante de su autor (él así lo cree). De entre sus numerosas novelas, hay una que ha pasado, a mi juicio, injustamente inadvertida. Es “El hablador” contiene una reflexión esplendorosa sobre la lengua, el pensamiento, la estructura de las narraciones, los mitos fundacionales y cosas así. Es una maravilla. La recomiendo, aunque una de las dos narraciones que la completan puede resultar difícil de seguir al principio.

Hay quienes denostan al autor y se lamentan de que se le haya concedido el premio literario más importante que existe. La persona podrá ser lo que quiera; el personaje tiene, como todos, sus luces y sus oscuridades. Pero hay dos cosas que creo que no se le deben negar. La primera es que su obra literaria es un alegato a favor de la libertad, en contra de las dictaduras, de la corrupción y de la tiranía. Esa obra, aparte de por sus valores literarios también perdurará en el tiempo por esa razón. Y la segunda es que se podrá uno sentir identificado con lo que piensa o todo lo contrario, pero no se le puede negar su compromiso político, su implicación en los grandes problemas de nuestro tiempo. A mí hay aspectos de sus ideas que me quedan muy lejos, que no comparto, como su visión de las realidades nacionales que carecen de estado, por ejemplo. Pero comparto su ideal de la libertad individual, su reivindicación de la dignidad humana.

En todo caso, debemos ser capaces de disociar labor creativa e ideología o alineamiento político. Mario Vargas Llosa es un escritor enorme. Sus ideas y sus opciones políticas no las recordará nadie dentro de unas décadas. Pero su obra perdurará y ya es patrimonio de la Humanidad.

Nota: durante los próximos días no podré moderar los comentarios, por lo que es posible que, si la persona que lo envía no lo ha hecho antes, no aparezcan publicados hasta el próximo martes o miércoles

Científicos, pintores y cuentistas

La pasada semana tuve el privilegio de escuchar a algunos de los científicos más destacados del mundo. Fue en Donostia, en el marco del encuentro “Passion for Knowledge”. Hablaron de ciencia, sí, pero también hablaron del mundo, de los seres humanos, de sus anhelos, de los retos que afronta la Humanidad. Fue un verdadero placer oir lo que decían. Comprobé, una vez más, que la gente de gran nivel suele tener cosas interesantes que decir y suele decirlas, además, muy bien, -de manera que lo podemos entender todos-, y con un entusiasmo contagioso.

Anteayer estuve en la inauguración de la exposición de Jesus Mari Lazkano en el Bellas Artes de Bilbao. Jesus Mari es un crack. Conozco a algunas personas, pocas, a las que no gusta su pintura. A mí me entusiasma, desde hace años. La obra que pintó para la Universidad del País Vasco y que hoy “adorna” su Aula Magna, en Leioa, es impresionante; y recoge muy bien la esencia de lo que es la universidad vasca: la institución que crea y transmite conocimiento del más alto nivel en todos los campos del saber y que lo hace en un entorno y un país concreto, Euskadi. La exposición que acaba de inaugurar Jesus Mari es espectacular; es la representación pictórica de una transición, entre la arquitectura y la naturaleza, y un homenaje explícito al museo. La exposición consiste en un conjunto de imágenes extraordinarias en las que naturaleza y arquitectura se encuentran, a veces se oponen y a veces se interpenetran. Jesus Mari no solo es un pintor excelente; se expresa, además, muy bien. Quizás tenga que ver con su condición de profesor universitario. Merece la pena escucharle hablar de su obra, sus cuadros adquieren otra dimensión.

Ayer asistí a un coloquio entre escritores. La Casa del Libro reunió ayer a Jon Bilbao, Txani Rodríguez y Pedro Ugarte para hablar de cuentos. Hablaron de cuentos y de literatura. Y me ocurrió una cosa que siempre me pasa cuando oigo hablar a buenos escritores. Me interesa lo que dicen. Suele ser personas inteligentes (aunque hay excepciones notables), que dedican mucho tiempo a reflexionar sobre los seres humanos, sobre su condición, sus miserias y sus grandezas. Y luego escriben. Inventan (o recrean) situaciones que les sirven para plasmar lo que han pensado, su visión de la naturaleza humana. Pues bien, además de que me suele interesar lo que dicen, también me gusta cómo lo dicen. Alguien pensará que eso no tiene mayor misterio; al fin y al cabo son escritores. No digo que no, pero me sigue pareciendo envidiable el dominio que tienen de la lengua; lo bien que la utilizan: la palabra precisa, el matiz idóneo, el tono adecuado. Con ellos no hay confusión ni en los términos ni en los registros.

Esto era todo, todo lo que quería contar. Aquí no hay sorpresa final, ni tampoco mensaje ¿o si?