¿Universidad para todos? Sí, pero…..

Tal y como anunció el jueves pasado el ministro Wert, las comunidades autónomas podrán, en adelante, aplicar fuertes subidas a las tasas universitarias. La medida se toma en un momento de crisis grave, en el que la necesidad de ahorrar parece justificar casi cualquier recorte. Pero el caso es que esta medida, en particular, debiera tomarse incluso si la situación económica fuera buena. Ahora bien, como se verá, debiera venir acompañada de otras medidas.

Lo primero a resaltar es que es lógico que sean las comunidades autónomas las que tomen esa decisión. A ellas corresponde subvencionar el grueso de los presupuestos universitarios y de establecer las líneas de política universitaria en su ámbito. Por lo tanto, es lógico que ellas decidan en qué medida costea los estudios el conjunto de la ciudadanía y en qué medida lo hace el estudiante o su familia. Responsabilidad y capacidad de actuación deben ir de la mano.

Las tasas actuales solo cubren una pequeña parte del coste de los estudios universitarios, entre un 15% y un 25%, dependiendo de cómo se realice el cálculo y de en qué medida se imputa el coste de la actividad investigadora. Es verdad que de esos estudios se beneficia toda la sociedad, ya que la formación adquirida tendrá un impacto social muy positivo. Pero también es cierto que los principales beneficiados por esa formación son los que la reciben. Aunque la ventaja salarial de los universitarios se ha reducido en los últimos tiempos, sigue existiendo una diferencia importante con las personas con estudios medios, y más aún con las personas con estudios primarios o sin estudios.

Por otro lado, siguen siendo las personas de extracción social alta o media-alta las que acceden a la universidad en mayor medida, por lo que son las que más se benefician de los estudios universitarios. Por eso, el actual sistema es socialmente injusto, porque hace recaer sobre el segmento de la población menos favorecido parte del coste de unas inversiones de las que se beneficiará indirectamente y en una medida pequeña.

Pero dicho lo anterior, una subida generalizada de las tasas tendría el efecto de “expulsar” de la universidad a un número significativo de estudiantes. Se estima que la subida podría dejar fuera de los estudios superiores a un 5% de los que en la actualidad disfrutan de ellos o lo harán en el inmediato futuro. Y eso puede ser muy negativo. Sería socialmente injusto si se trata de personas capaces y con ganas de estudiar que, por carecer de los recursos necesarios, ven limitado o impedido su acceso a la universidad. Pero además, sería muy negativo para el conjunto de la sociedad, porque impediría contar con las capacidades de esas personas una vez formadas. En definitiva, se vulneraría de esa forma el principio de igualdad de oportunidades.

Por todo lo anterior, la subida de tasas universitarias ha de hacerse, pero con dos condiciones. Debe afectar en mayor medida a los estudiantes que obtienen peores resultados académicos, de manera que sirva de acicate para mejorar el rendimiento y se eviten así gastos innecesarios. Y lo más importante: debe venir acompañada por un aumento en el número y cuantía de las ayudas al estudio, para que pueda garantizarse así la igualdad de oportunidades. En conclusión: posibilidad de estudiar en la universidad para todos, sí, pero no a costa del esfuerzo de todos.

La bestia es insaciable

Tal y como relaté en mi artículo del pasado día 20, en mi anterior visita a la sede de la Hacienda Foral vizcaína tuve que abandonarla, frustrado, al no disponer de las dos monedas de cinco céntimos que me hubieran permitido hacer la fotocopia del carné de identidad que, según la administración tributaria, debía presentar para acreditar que yo era quien afirmaba ser. No le bastaba con verme con el carné en la mano. “Tranquilo, -me dijo el funcionario-, le enviaremos a su domicilio la certificación; el próximo lunes la tendrá en su buzón.” El próximo lunes es ya el pasado lunes y la certificación, como es lógico, no está en mi buzón, tampoco está fuera del mismo.

Hoy terminaba el plazo para presentar el documento ante la extensión universitaria de la bestia. He vuelto a la sede de la Hacienda Foral, y me ha atendido la funcionaria de la primera ocasión. Se acordaba de mí perfectamente. Le he explicado todo lo ocurrido en mi segunda visita y ella, como es natural, ha respaldado a su compañero. Acto seguido le he dicho que la certificación no me ha llegado. “Imposible” me ha respondido; “llegan siempre, porque siempre las enviamos” ha esgrimido como argumento definitivo. “Que no” le he replicado. Y ella: “entonces es que nos dio mal su dirección”. Al cotejarla hemos comprobado que, para su desconcierto, estaba correcta. “Pues no sé qué ha podido pasar” ha dicho con gesto circunspecto. En ese momento le he pedido que me diera allí mismo el certificado, puesto que yo, por si acaso, había hecho la fotocopia del DNI y se la he puesto encima de la mesa. La fotocopia en cuestión ha obrado el milagro y, de repente, casi sin darme cuenta, el certificado de marras se ha materializado ante mis ojos. Hemos tenido un curioso e intenso intercambio de pareceres; ha habido un momento en el que le he llegado a decir que por mucho que lo intentase no iba a conseguir volverme loco, pero creo sinceramente que no era esa su intención. “Misión cumplida”, he pensado para mis adentros y me he largado de allí con el certificado en la cartera.

La anterior ha sido la experiencia de hoy, pero en todo este asunto hay algo más, algo que todavía no he relatado y que, sin duda, supera el absurdo de la experiencia con la prolongación foral del monstruo. El caso es que todos estos trámites forman parte de los requisitos que la propia universidad me exige cumplir para poder hacerle una solicitud. Pues bien, resulta que no me había percatado (hasta que un amigo me lo hizo ver) de que la parte universitaria de la bestia, que es a la que le tengo que ofrecer estos papeles en sacrificio ritual, me pide un documento acreditativo de que trabajo para ella. Sí, como suena: esa prolongación del Leviatán para la que trabajo y a la que pertenezco me pide que acredite ANTE ELLA MISMA que soy parte de su organismo y que trabajo para ella. ¡Como si no lo supiera de sobra! (entre otras cosas porque me paga el sueldo). En este caso la expresión “rizar el rizo” adquiere todo su significado. La sensación es inenarrable.

Pero que nadie se llame a engaño; las máximas autoridades de la cosa están sometidas a la misma dictadura burocrática. Porque la bestia es insaciable.

La bestia

Hoy está siendo, como diría Tom Sharpe, “uno de esos días”.

Me apresto a relatar una experiencia cuyos protagonistas somos dos: el Leviatán de nuestro tiempo y su seguro servidor (servidor del mismo Leviatán, quiero decir).

Resulta que debo acreditar ante la administración universitaria que mi hijo, a la sazón mayor de edad, depende económicamente de sus progenitores; y eso es algo que debe certificar la mismísima Hacienda Foral de Vizcaya. Al parecer la parte universitaria del monstruo no se fía de mí y exige que otra parte del mismo monstruo dé fe de ello. A tal efecto, el pasado martes me personé en las dependencias forales del bilbaíno barrio de Basurto con la intención de pedir el correspondiente certificado.

La funcionaria que me atendió, -muy amable, por cierto-, me hizo ver que según una ley cuyo título no recuerdo, pero que sin duda está dictada para mejor garantizar alguno de los muchos derechos que me han sido reconocidos, mi hijo, el dependiente, debía autorizarme a solicitar tal documento. Y para ello debía presentar un formulario, convenientemente cumplimentado, con su firma. El formulario tiene nombre: “R-1 Documento normalizado de representación para personas físicas” y mi hijo lo cumplimenta y firma en condición de “obligado tributario” (vaya usted a saber qué habrá hecho él para merecer tal consideración). Además del formulario, debía adjuntar una fotocopia del DNI del joven e insolvente “obligado tributario”.

Esta mañana he vuelto. Me ha atendido otro funcionario, muy amable también. Pero hete aquí que con los documentos que portaba no era suficiente. En una nota a pie de página del “documento normalizado”, se nos advierte de algo en lo que no había reparado: “Es necesario acompañar a la presente solicitud fotocopia del NIF del obligado tributario y de la persona representante”. En otras palabras: debía adjuntar la fotocopia de mi propio carné de identidad, puesto que “la persona representante” no es otra que la que suscribe.

Lo primero que he pensado es que soy un desgraciado, que solo se me ocurre a mí no haber leído con atención todo el formulario, hasta la última línea del pie de página, antes de salir de casa. Luego he preguntado al funcionario si había por allí una fotocopiadora. La había. ¡Qué bien! -he pensado-, a la postre va a resultar que no soy tan desgraciado. Pero un instante después, cuando ya había colocado el carné encima del cristal de la máquina, me he percatado de que la fotocopiadora tenía una ranura y de que por aquella ranura había que meter una moneda de cinco céntimos. Y aunque tengo la costumbre de desprenderme de esas monedas en cuanto puedo, resulta que sí, que tenía una de esas monedas. Pero….., ¡maldición! sólo tenía una, no las dos que se necesitan para sacar una fotocopia por las dos caras. [Por cierto, ¿hay alguien en este país que lleve en su monedero o bolsillo dos monedas de cinco céntimos?].

En ese momento me he dado cuenta de algo aparentemente importante: ¿para qué tengo yo que presentar una fotocopia de mi documento de identidad estando [de cuerpo] presente y pudiendo exhibir el original? No tiene sentido que deba presentar una fotocopia. Mi identidad ya ha sido, de esa forma tan natural y directa, convenientemente acreditada ante la parte foral del Leviatán. Y así se lo he manifestado al funcionario.

No ha habido manera. Sin perder su paciencia ni su amabilidad, se ha aferrado a la nota a pie de página del formulario y, eso sí, ante mis protestas, me ha invitado a rellenar otro formulario, el de queja esta vez. No le he hecho caso; me ha faltado paciencia y temple para dedicar unos minutos a rellenar otro formulario más, a alimentar al monstruo de mi puño y letra.

He salido de las oficinas (muy bien organizadas, por cierto) frustrado y más cabreado que un mono. Y he ido a la oficina en la que trabajo. ¡Qué casualidad! Me he encontrado en la planta baja con un amigo que sabe algo de leyes y a quien he contado mi matinal. Después de escucharme con paciencia me ha dicho que, por supuesto, yo tenía razón en mi pretensión de no tener que adjuntar la fotocopia si podía exhibir el original. Y por si eso era poco, también me ha explicado que, en todo caso, los ciudadanos no estamos obligados a presentar a una parte del Leviatán ningún documento que ya hayamos aportado anteriormente, aunque se trate de un trámite completamente diferente.

El balance de la experiencia ha sido frustrante. Pero es peor que eso. Reconozco mi torpeza. A pesar de ser una persona formada, soy incapaz de relacionarme con la bestia de una manera natural, y eso que formo parte de otro de sus apéndices, del universitario. No entiendo nunca bien las instrucciones que me da y episodios como este que he contado han sido frecuentes en mi vida. De hecho, cada vez que me veo obligado, por las circunstancias que fuere, a relacionarme con el monstruo, se me agria (aún más) el carácter.

Pero más allá de la anécdota personal, esta experiencia ilustra muy bien la naturaleza del principal problema de nuestras sociedades: alimentamos sin cesar un monstruo sin reparar en que alimentándolo no deja de crecer, y al crecer exige más y más cada día. Ese monstruo tiene varios órganos y apéndices, el foral es solo uno, y no el más grande; el universitario es otro, y hay bastantes más. Se está haciendo tan grande que antes o después ese monstruo nos acabará devorando a todos. Acabará con nuestro trabajo, nuestra creatividad, nuestros recursos; acabará con todos los que lo alimentamos, hasta que nada quede. Nuestra civilización no se va a terminar porque falte petróleo, o por el calentamiento global, ni siquiera por culpa de una guerra nuclear. No, nuestra civilización sucumbirá ante el Leviatán, ante la bestia. No creo que estemos a tiempo de evitarlo.