La contradicción saharaui

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Campo de refugiados de Smara. Foto de Xavi Maltas

Último capítulo de la aventura saharaui, hoy centrada en la sensación que yo me he traído tras una semana en el campo de refugiados de Smara.

Lo cierto es que las impresiones son contradictorias. Por una parte he aprendido mucho de la historia de este pueblo, de su expulsión, de su guerra, de su espera a la celebración de un referendum que les devuelva a su tierra. Por otro lado he visto a un pueblo resignado y cada vez más acomodado en un territorio inhóspito pero que están convirtiendo en su casa. Los miles y miles de saharauis nacidos en los campos van teniendo cada vez una visión más lejana de su verdadera tierra.

Podríamos agrupar en tres los diferentes posicionamientos ante la situación en la que viven. Los mayores están convencidos de que ha sido Alá quien les ha puesto ahí y que será él el encargado de sacarles, si es que salen. Resignados. Hay grupos de jóvenes dentro del moviento Sáhara Libre que siguen reivindicando su tierra y que estarían incluso dispuestos a empuñar las armas por lograrlo pero encuentran reticencias incluso dentro de su pueblo. Y después están los acomodados, los que han encontrado en esta situación una manera de vivir más o menos bien y de hacer dinero con el conflicto.

De hecho, las diferencias sociales entre las distintas familias es cada vez más evidente. Hay quien vive en la más absoluta pobreza y depende exclusivamente de la ayuda externa y hay quien tiene en su casa instalado hasta el wifi. Hay familias en las que los electrodomésticos son de uso más o menos normal y hay quienes sueñan con tener una rudimentaria lavadora.

Ha servido también este viaje para reflexionar sobre la ayuda que desde aquí prestamos al pueblo saharaui. Creo que la enviamos pensando más en nosotros que en ellos. Y la enviamos pero no la controlamos. Personas que llevan muchos años trabajando en el terreno me han contado cómo parte de los alimentos que enviamos se diluyen en manos intermedias, algunos acaban siendo vendidos en las tiendas del mercado porque los saharauis no los tienen entre sus necesidades y otra parte sí, llega a las familias.

Invertimos dinero en crear centros en los que una familia saharaui nunca ha pensado, como por ejemplo una residencia de ancianos. No está dentro de su cultura ingresar a las personas mayores en un centro cuando envejecen. De hecho, una vez construido uno con financiación de un ayuntamiento vasco, costó Dios y ayuda poder acercar allí a varias personas de edad para poder hacer una foto que demostrase su utilidad.

Algo no estamos haciendo bien. Mostramos nuestro lado más solidario, intentamos ayudarles pero no canalizamos bien esa ayuda. Está bien que les demos peces pero nuestra obligación es ayudarles a pescar. Y digo ayudarles y no enseñarles, porque ellos ya tienen su propia forma de hacer las cosas.

Volvemos con sensaciones contradictorias. Ahora las jaimas tienen electricidad y se rumorea que enseguida el gobierno argelino les instalará el agua corriente. La sensación de provisionalidad se va agotando, el pueblo se va asentando y el temor generalizado es que la zona acabe siendo una provincia más de Argelia.

Es un tema complejo. Todas las personas con las que he hablado estos días coincidían en la necesidad de seguir ayudando pero , eso sí, redirigir la cooperación hacia sus verdaderas necesidades.

La resignación no puede ser la solución aunque cada vez es más difícil pelear contra quien te está poniendo la vida más fácil para mantenerte callado y acomodado.

 

 

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