Champín y el síndrome del emperador

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Recuerdo perfectamente mis fiestas de cumpleaños infantiles. Aquellos sandwiches de nocilla, de chorizo de Pamplona, de foiegras o de jamón de york. Que se utilizase pan de molde ya significaba que era un día especial; aquel día nos saltábamos el bocadillo de pan de barra habitual y nos sentíamos especiales merendando algo tan distinto como ese pan que nos parecía extranjero solo con nombrarlo: sandwich. También había ganchitos de esos que te dejaban las manos pringosas, patatas fritas y jariguai de naranja o de cola.

Eso, el tocadiscos de maleta con música sonando a todo trapo y varios niños y niñas corriendo por la casa hasta que Delia, la vecina de abajo, se cansaba de escuchar las carreras infantiles y subía a quejarse. Ni un día al año perdonaba el ruido, oye.

Así celebraba yo mi cumpleaños. Como casi todas las de mi clase, mis compañeras de colegio.

Pero cada vez tenemos menos paciencia para aguantar a niños y niñas dando guerra alrededor y dejándolo todo revuelto así que hubo quien supo ver el negocio en las fiestas infantiles y decidió organizarlas en locales comerciales. Un éxito. De pronto aquellas reuniones caseras pasaron a mejor vida y los cumpleaños infantiles se convirtieron en fiestas de pago.

Este fin de semana he leído el reportaje de mi compañera Arantza Rodriguez y me he quedado sin palabras. Bueno, alguna me ha quedado para escribir esto y contar hasta dónde llega esto de las celebraciones.

Cuenta Arantza que” hay quien alquila un rocódromo con sesión de cine y palomitas incluidas. Quien se los lleva a batallar con pistolas láser o de bolas de pintura. Quien les invita a una clase de baile, artes marciales o submarinismo o les pone a hacer lo mismo experimentos que cupcakes. Otros contratan a un mago o reservan un paseo con karts a pedales, una yincana o una sala de escape. También hay quien organiza torneos de fútbol entre padres e hijos con copa para todos o una fiesta temática con disfraces de Star Wars, photocall, sesión continua de pelis y tarta del Halcón Milenario como colofón. Basta con hacer un pequeño sondeo entre una decena de madres y padres vizcainos para concluir que los cumpleaños ya no son lo que eran y la proliferación de negocios y actividades destinadas al ocio infantil es una buena prueba de ello. Lejos de las sencillas merendolas de antaño, la oferta es tal que uno no deja de sorprenderse. Entre las propuestas más novedosas destaca la de darse un garbeo con los amigos en limusina. Han leído bien. “Normalmente suelen contratar una hora y les damos un paseíto por Bilbao o por la zona de playas. Les incluimos, aparte del Champín, que es una especie de cava sin alcohol para menores, refrescos, agua y bolsas de cumpleaños. Luego les hacemos fotos dentro, fuera, saliendo por el techo, con las copitas… Lo pasan bien”.

Se nos va de las manos esto. Nos quejamos de que nuestros menores son cada vez más exigentes, tienen menos tolerancia al fracaso, son más competitivos y valoran menos el esfuerzo y el trabajo. Pues señoras y señores, nuestros hijos e hijas no son más que un reflejo de nosotros mismos. Somos sus modelos. Si en vez de explicarles que una fiesta de cumpleaños es importante porque sirve para reunir a sus amigos/as, entramos en una competición por ver si nuestra fiestas es más que la de su compañero e intentamos ir más y más allá acabaremos por frustrarles si no les enviamos a la luna en cohete como fiestón.

Lo de la limusina me ha dejado impresionada. Niños y niñas imitando el glamour. Niños y niñas bebiendo “champín”. Padres y madres dejándose un pastizal para hacer supuestamente felices a unas criaturas que serían casi con seguridad más felices en una fiesta “normal”.

Vale que los tiempos cambian, que las formas de divertirse también, que evolucionamos… Lo malo es que esta evolución no tiene pinta de ir a dar muy buenos resultados. Generamos pequeños tiranos con síndrome del emperador, con capacidad de controlar lo que hacen sus padres y madres y no al contrario. Mucho champín y mucha fiesta pero tenemos un problema.

www.begoberistain.com

 

 

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