02.00.25

maraton

Sí, yo también soy de las que creo que Eliud Kipchoge no corrió el pasado fin de semana una maratón. Corrió 42 kilómetros y 195 metros, sí, pero no una maratón. De lo estratosférico de la marca no hay ninguna duda. Correr 42 kilómetros a un ritmo de 2.50 y llegar al final del recorrido en un tiempo de dos hora y veinticinco segundos es ser un corredor de otro planeta. No puedo ni imaginar la agonía que significa esa velocidad durante un recorrido tan eterno como el de los 42.

Fijaros que he dicho “llegar al final del recorrido” y no a la meta. Lo he hecho con toda la intención porque un experimento de laboratorio como el que ha hecho la marca deportiva patrocinadora del intento, no me encaja en mi concepto de alcanzar un objetivo y una meta, que no es otra cosa que el punto en el que termina una carrera.

Eso sí, la publicidad esta hecha, aunque dudo de si han logrado el objetivo previsto. Todo el mundo alaba la capacidad de Kipchoge de correr casi tanto como la luz (exagerando un poco) pero también ha sido casi unánime la constatación de que correr una maratón, lo que se dice correrla, no la ha corrido.

El keniata, magnífico atleta sin duda, no corrió por su cuenta como se han de correr los 42.195.  Lo hizo acompañado de varias liebres que le ayudaron a llevar el ritmo y le protegieron del viento. Es cierto que es esto algo que hacen todas las liebres pero no hay atleta que se presente a una carrera con tal legión de fondistas. El avituallamiento líquido y sólido se lo suministraron entrenadores en bicicleta acompañados de fisiólogos. Delante de él avanzaba un coche eléctrico que generaba aire favorable. Y un láser en el asfalto le indicaba el ritmo necesario. Nada parecido a una maratón “de verdad”. Resultado: un récord no homologado.

En una carrera, el maratoniano debe medirse a si mismo sean cuales sean las condiciones meteorológicas y  la orografía del terreno. Los avituallamientos se hacen cuando tocan y no con ayuda externa y no va a haber artilugio alguno que te ponga el viento a favor.

Total, que sin restar un ápice de mérito al tiempo de Kipchoge y a su capacidad de correr la mítica distancia en dos horas y veinticinco segundos, no se puede decir que se haya enfrentado a una maratón con todo lo que ese concepto implica más allá de la distancia.

Comparto la opinión de Carles Castillejo en su afirmación de que correr a esa velocidad es una barbaridad y que el keniata habrá tenido que entrenar como “un cabrón” para aguantar el ritmo, pero no sabemos si, como asegura, en una maratón comercial hubiera hecho uno o dos segundos minutos más. Solo lo sabremos cuando vuelva a enfrentarse a los 42.

Plantea Castillejo que puede que la Federación Internacional de Atletismo tenga que replantearse las normas de la maratón y adaptarnos a los avances. Esto no lo comparto. Estaríamos así poniendo la maratón a los pies de las marcas comerciales como la que ahora ha hecho este experimento. Ganarían mucho dinero, pero la esencia de los 42 quedaría desvirtuada.

Hay quien ha dicho que lo que ha hecho Kipchoge es honrar unas zapatillas. Amén.

www.begoberistain.com

 

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