El marido de la asaltacunas

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Las elecciones francesas nos han dejado algunas cosas claras. Por ejemplo, que cuando las amenazas son tan reales como la de que te gobierne la ultraderecha, la sensatez se impone entre los y las votantes.

Pero más allá de los análisis políticos, lo que está sorprendiendo, o no tanto, es la cantidad de comentarios que ha suscitado la esposa del nuevo presidente, Emmanuele Macron. La razón es única y exclusivamente la diferencia de edad entre uno y la otra. Bueno, y que se conociesen como profesora/alumno, que parece esto algo que despierta el morbo de algunos.

Donald Trump y su esposa Melania Trump, por establecer un paralelismo político, se llevan casi 30 años. El tiene 70. Ella 47. ¿Alguien ha cuestionado al presidente por estar casado con alguien 23 años más joven? Nadie. Nada se ha dicho de esa diferencia. Pasa desapercibida.

En el caso de Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte Macron, es ella la que saca 25 años a su marido. Bien, pues no ha habido medio de comunicación que no se haya hecho eco de este asunto. Ha habido titulares resaltando esa diferencia, comentarios en redes sociales con burlas recurrentes y memes que mostraban a Brigitte Macron acudiendo al altar el día de su boda ayundándose de un andador.

El tiempo y diferentes relaciones similares ha demostrado que cuando la mujer es más joven, la diferencia de edad es una señal de la superioridad del hombre. Lo injusto es que no exista una sensación equivalente para los hombres. 

Uno de los grandes problemas en esto es que no se percibe de igual manera el envejecimiento de los hombres y el de las mujeres. Ellos, con la edad, se convierten en sexis, interesantes y poderosos. Nosotras nos convertimos en invisibles. Desaparecemos de las pantallas de televisión, de los centros de decisión y de todos aquellos lugares públicos en los que se valora la juventud y belleza femenina más que la experiencia y la sabiduría. Perdemos valor y solo nos queda luchar contra las arrugas e intentar parecer lo que no somos. Es la tiranía, no solo de la imagen, sino de una sociedad que padece auténtica viejafobia.

Mucho ha tenido que escuchar Brigitte Macron, y lo que le queda. Menos mal que inteligencia le sobra para ignorar a quienes le han definido, por ejemplo, como la “esposa asaltacunas”.

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