Se nos va la pinza

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Tiene razón el juez de menores de Granada, Emilio Calatayud. Se nos va la pinza.  Deberíamos alabarle también cuando se refiere a cosas como con la que acaba de increpar nuestras conciencias y no solo cuando impone condenas de trabajos sociales a jóvenes que han cometido un delito.

Calatayud ha dado la voz de alarma respecto a la celebración de las comuniones, con su fiesta, sus trajes y vestidos, su restaurante con barra libre, sus regalos cada vez más costosos, etc, etc, etc.

“Lo que antaño era un chocolate con churros y un relojito hoy es un almuerzo master chef, un viaje a Eurodisney y el móvil de última generación. Y eso, como mínimo”. No le falta razón.

Empezamos a ver ya en nuestros pueblos y ciudades a niños y niñas vestidas como si fuesen a casarse. Hemos trasladado directamente la moda nupcial a las comuniones, actos que, en la mayoría de los casos, se celebran más como acto social que religioso. No se cuántos de los niños y niñas que durante este mes de mayo comulgarán por primera vez, volverán a poner los pies en una iglesia. Que es cierto que cada uno celebra las cosas como quiere, sí, pero hay otras opciones más allá de la religiosa para juntar a la familia y hacer una fiesta.

Dice el juez que al paso que vamos habrá familias que pidan créditos para pagar el festejo. Llega tarde a esto Calatayud. Ya se hace.

Los datos son de infarto: El gasto medio por familia para esta celebración se acerca a los 3.000 euros. El banquete es el principal gasto seguido de los atuendos de niños, niñas e invitados. El sector de las comuniones mueve en España más de 600 millones de euros.

Ver los comentarios que ha suscitado la entrada del juez en su página de Facebook nos da una idea de lo que se cuece en este mes de mayo: “Ya se piden créditos, y se falta a clase para las pruebas del vestido, del peinado, fotógrafo, la manicura de las niñas a las que incluso se les colocan uñas de porcelana”, “por no hablar de la competitividad en festejos de los papis y mamis para ver quién la lía más parda”; “recogidos complicadísimos, coche de caballo para traer y llevar a los niños a la iglesia, o si acaso una limusina…”.

Yo aún recuerdo mi libro de comunión, mi reloj y mi estilográfica Parker como regalo. Y mi vestido rosa de flores, que no era ni nuevo. Entiendo que han pasado muchos años y que los tiempos cambian, pero tiene razón el juez, se nos va la pinza. Hacemos ostentación en circunstancias que no lo requieren. ¿De verdad es necesario contratar a una compañía teatral para entretener a los niños y niñas tras el banquete? ¿Es obligatorio que haya viaje de comunión como si de una luna de miel se tratara?

Mesura, eso es lo que nos pide un juez al que alabamos cuando condena a aprobar un curso de corte de pelo a un adolescente que robó en una peluquería. O cuando condenaba a un joven aficionado al dibujo a narrar a través de un cómic de quince páginas los motivos por los que había sido sentenciado.

¿Vemos cordura en sus sentencias? Pues también la veo yo en su reflexión sobre las comuniones.

www.begoberistain.com 

 

Un comentario en “Se nos va la pinza”

  1. Recuerdo que, cuando hice la comunión, llevaba un traje de aquellos que parecían de monja (alquilado) y lo celebramos con mi tía, mi tío y mis tres primos en la cervecera de Deusto. Día feliz donde los haya. Por cierto. la tortilla y la ensaladilla, de casa.

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