Miguel Ángel Blanco

Hay fechas en la historia que se quedan grabadas en la memoria y en el corazón.

El 12 de julio de 1997 es una de ellas. Aquella mañana salió soleada a pesar de la negrura que rondaba las mentes de las personas no de un país sino de un planeta entero. Quedaban pocas horas para que expirase el plazo dado por la banda terrorista ETA para que el gobierno español acercase a los presos vascos a Euskadi a cambio de no matar a Miguel Ángel Blanco, un joven recién llegado a la política con todas sus ganas de cambiar el mundo. Había sido secuestrado y sentenciado a muerte.

Se preveía la manifestación más multitudinaria de la historia en Euskadi para pedir su liberación. Estábamos ante algo tan irracional que logró remover la conciencia de los más totalitarios.

Desde que se convocó la marcha no dudé, como miles y miles de personas, de que debía estar ahí. A pesar de mi avanzado embarazo, del calor, de la aglomeración, de todo. Imposible quedarse en casa esperando a que se consumase la barbarie. A pesar de la impotencia, todos sentíamos el deber de lanzar un último grito.

A primeras horas de la tarde el sol seguía luciendo. Fui a la playa. Nunca he estado en una playa tan silenciosa como aquella. El bullicio típico de un día playero había desaparecido. Solo se escuchaba el rumor de los transistores. Sí, en cualquier punto del país sonaban los aparatos de radio a la espera de la fatídica noticia. Era como cuando sabes que algo va a pasar y no quieres creerlo.

En torno a las cuatro de la tarde el silencio se hizo más denso si cabe. De grupo en grupo se fue transmitiendo la noticia del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y se nubló. Lo recuerdo con la nitidez con la que se recuerdan los momentos inolvidables. Entró de repente esa bruma oscura que tan bien conocemos en nuestra costa. Cambió el viento. Guardé mis cosas y abandoné la playa como casi todas las personas que la llenaban poco tiempo antes. No, no lo hicimos porque se hubiera ido el sol. Lo hicimos por respeto y porque sentimos tal agujero en nuestros corazones que necesitábamos recogernos.

Hoy, 12 de julio, volvemos a recordar a las víctimas de cualquier tipo de terrorismo encarnadas en el joven Miguel Ángel. A quienes no vivieron esos días negros hay que hablarles de ello y de aquel concejal al que trabajar por sus ideales le costó la vida.

Nunca más.

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